lunes, 29 de octubre de 2007

LA GUERRA GAUCHA


La Batalla de Sipe-Sipe (1815) y el fracaso del Ejército del Norte La conducción de la defensa militar de la frontera de lo que fuera el virreinato del Río de la Plata en los años de lucha independentista, asediada por los españoles que por entonces habían recuperado todo el subcontinente, quedó a cargo del General Güemes con sus comandantes gauchos, quienes constituían una comunidad multiétnica con orígenes ancestrales indígenas sudamericanos, españoles, afroamericanos y lusitanos que se caracterizaba por el seguimiento del liderazgo su jefe y caudillo, demostrando disciplina militar y destrezas particulares para el combate a caballo y en la lucha abierta aun en medios adversos.

El combate se desarrolló en la línea de frontera que quedó bajo su responsabilidad, después del colapso militar producido por la derrota del Ejército del Norte, conducido por el general José Rondeau en manos del general español Joaquín de la Pezuela. Esto sucedió en la Batalla de Sipe Sipe, cerca de los macizos de Viluma, en el Alto Perú, el 28 de noviembre del año 1815. En esa batalla se perdieron más de dos mil hombres, cayendo prisioneros otros quinientos soldados, más de treinta oficiales, se perdieron nueve piezas de artillería, quedando desarticulada la defensa militar de los independentistas.


Martín Güemes y las milicias gauchas del norte Si bien en el Ejército del Norte (independentista) rioplatense no se contemplaba un Estado Mayor, esa jerarquía de conducción había sido adoptada de hecho por el Barón de Holmberg en la Batalla de Tucumán en 1812, basándose en su experiencia prusiana. El general Güemes, sin contar con una estructura precisa, repitió tal modalidad, montando una jefatura de campaña constituida por comandancias de áreas determinadas. El marqués de Yavi Juan José Feliciano Fernández Campero quedó a cargo de la Puna, el Coronel Francisco Pérez de Uriondo de Tarija, el Coronel Manuel Arias de Humahuaca, los Comandantes del Valle de San Salvador fueron Bartolomé de la Corte y José Gabino de la Quintana, los Coroneles de Perico Domingo Arenas y Domingo Iriarte, y de Río Negro Teniente Coronel Eustaquio Medina.

Güemes contaba con otros jefes con mayor movilidad, como José Ignacio Gorriti, Pablo Latorre o José Antonio Rojas. Tenía a su cargo un frente de combate con una extensión de más de setecientos kilómetros, que cubría con ejércitos de línea y guerrillas en una extensión que cubría desde Volcán hasta las proximidades de Oruro en la actual Bolivia. Este territorio se conoció como Línea del Pasaje.

Los grupos de combate gauchos fueron organizaron en partidas de veinte hombres al mando de un oficial y, cada cuatro grupos, un oficial superior elegido entre los más expertos era el responsable de administrar las armas de acuerdo con la capacidad para su manejo. Los gauchos de Güemes respondieron siete de las diez invaciones que se pretendieron realizar por la frontera del Alto Perú. La mayor de ellas fue la tercera. El ejército realista estaba por entonces al mando del general De la Serna, quién se desplazaba con su ejército desde Tupiza hacia el sur desde principios de 1816. Este ejército estaba compuesto por más de siete mil hombres organizados en catorce cuerpos de línea veteranos, repartidos por igual según sus armas en siete de infantería y otros siete de caballería: Húsares del Rey, Dragones de la Unión de Fernando VII, dos Batallones de Imperiales de Alejandro, el Batallón de Granaderos de la Guardia y el Destacamento de Cazadores a Caballo, a los que se sumaba el apoyo de los regimientos de Extremadura, Gerona y Cantabria que eran los más numerosos. Contaba además con más de mil caballos frescos sin monta, sólo utilizables en combate, más otras mil mulas de monte y el soporte de una fuerza de artillería de montaña de cuatro piezas que se completaba además con otra formación de dieciséis cañones.

Hasta 1822 se habían registrado en territorio argentino doscientos treinta y seis combates, habiendo muerto por acción de la guerra un tercio de la población de hombres de Jujuy. La Guerra Gaucha con Güemes tuvo en la Declaración de la Independencia (Argentina), el 9 de julio de 1816, un papel absolutamente crucial: sin ella no hubiera sido posible defender el norte del país después de las cuatro derrotas que sucedieron a los cuatro triunfos (desde la de Huaqui a Suipacha, Vilacapugio y Ayohuma a Tucumán y Salta y finalmente Sipe Sipe a Puesto Grande del Marqués), ni hubieran sido posibles las campañas libertarias posteriores de José de San Martín por la vía del Océano Pacífico. La lucha culminó cuando José de San Martín logró doblegar Lima por la vía de Chiledesde 1817. El último combate independentista fue en territorio boliviano, con las fuerzas patrotas ya por entonces al mando del mariscal Antonio José de Sucre en la Batalla de Tumusla, sucedida en el Alto Perú el 7 de abril de 1825 contra el general Pedro Antonio Olañeta, quién murió en el combate.

sábado, 6 de octubre de 2007

LA MAZORCA



No esta documentalmente probado, pero algunos dicen: que uno de los cuarteles de La Mazorca estaba en el barrio de San Telmo, sobre la calle Chacabuco. Si sabemos con mayor certeza, que la casa de Cuitiño, que a la vez fuera cuartel de la Mazorca estaba“sobre la calle Lujan (hoy Pje.Giuffra ) en una casa que hoy es de alto, antes de llegar a la esquina de Defensa”1 Las Lomas (actual Hospital Dr. Braulio Moyano) fueron ocupadas por otro de los cuarteles de Cuitiño, cuyas ruinas quedan aún como reliquia histórica. También en San Telmo, sobre la calle Balcarce se encontraba el Almacén y Pulpería La Paloma, lugar de reunión al que acudían Cuitiño y sus mazorqueros.



También en esa época, aquellos que disentían ideológicamente con el Régimen eran acusados, detenidos y condenados a muerte. A fines 1833 surge la Sociedad Popular Restauradora 1 brazo político liderado por Julián González Salomón y apoyado fervorosamente por Encarnación Escurra, esposa de Don Juan Manuel de Rosas y su mano ejecutora policial, La Mazorca, encabezada por Ciriaco Cuitiño antiguo vecino de San Telmo y creada con el propósito de atemorizar a todos los que se oponían al Restaurador de las leyes y para afianzarlo en el ejercicio del poder. La Mazorca había nacido de la facción “apostólica” federal, que se oponía a los “lomos negros”. Su nombre proviene de un emblema, que recuerda la mazorca de maíz, usado por algunas logias masónicas peninsulares, como símbolo de apretada unión. Aunque también podría venir de un “ritual” espontáneo del centro de la ciudad, en el que pandillas de jóvenes federales solían introducir una mazorca por la parte de atrás de los pantalones de los señorones opositores y unitarios.

Hilario Ascasubi describe el horror de otro ritual “La refalosa”: “Unitario que agarramos,/ lo estiramos/ o paradito nomás/ por atrás/ lo amarran los compañeros/ por supuesto, mazorqueros,/ con un maniador doblao. [...]”. Esteban Echeverría nos describe en un pasaje de su obra El Matadero un episodio en el que un personaje, el carnicero Matasiete, es alentado a enfrentar a un joven unitario al grito de: ¡ La Mazorca con él ![...] Matasiete dando un salto le salió al encuentro y con fornido brazo, asiéndolo de la corbata, lo tendió en el suelo tirando al mismo tiempo la daga de la cintura y llevándola a su garganta [...]- ¡ Degüéllalo, Matasiete, quiso sacar las pistolas. Degüéllalo como al toro[...]2 En este episodio Echeverría nos permite observar la manera como procedían los mazorqueros y el lugar de entrenamiento para sus partidas. “[...]El matadero fue el campo de ensayo, la cuna y la escuela de aquellos gendarmes del cuchillo[...]”3 El Matadero de la Convalecencia, también llamado del Alto, al que hace referencia la obra de Echeverría se ubicaba detrás del Hospital de Alienados, en Barracas, recordemos que el perímetro edificado de la ciudad alcanzaba por el Sur, a la calle San Juan. En esa época, los diarios “La Gaceta Mercantil” y “El Archivo Americano”; publicaban artículos de la Sociedad Popular Restauradora rubricados como LA SOCIEDAD y se transformaban progresivamente en voceros de la literatura mazorquera. Esta SOCIEDAD y su mano ejecutora la Mazorca para mostrar su poder usaban y abusaban de la violencia, para exigir entre otras cosas, por ejemplo, la divisa punzó (símbolo del federalismo). Que por Decreto imponía su uso obligatorio a partir de Febrero de 1832. “[...] esto es así no solo para los hombres sino también (para) las Señoras en la iglesia, en los bailes y reuniones, usando el moño al lado izquierdo en la cabeza, como está ordenado [...]”4 Dice una cuarteta de la época: Soy del Alto de San Pedro; donde llueve y no gotea; a mi no me asustan bultos ni sombras que se menean. Pero, el horror existía. El terror fue usado por el gobierno para eliminar enemigos, disciplinar disidentes, advertir a los irresolutos y para controlar a los propios partidarios. “La entrada de La Mazorca en una casa representaba una combinación infernal de ruido, de brutalidad, de crimen [...] Entraban en partidas de ocho, diez doce o mas forajidos [...] Unos empezaban a romper todos los vidrios, dando gritos. Otros se ocupaban en tirar a los patios la loza y los cristales, dando gritos también. [...]Unos descerrajaban a golpes las cómodas y los estantes. Otros corrían de cuarto en cuarto, de patio en patio, a las indefensas mujeres, dándoles con grandes rebenques, postrándolas y cortándoles con sus cuchillos el cabello, mientras otros buscaban, como perros furiosos por debajo de las camas, y cuanto rincón había, al hombre o a los hombres dueños de aquella casa , y si allí estaban, allí se los mataba, o de allí eran arrastrados a ser asesinados en las calles; y todo en medio de un ruido y un griterío infernal, confundido con el llanto de los niños, los ayes de las mujeres y la agonía de la victima[...]”5 Debemos aclarar que el terror no era un instrumento de clase pues se consideraba inútil matar a gente pobre e insignificante. Las victimas eran unitarios o personas vinculadas a la causa unitaria, directa o indirectamente. Cuando no podían poner las manos sobre ellos, tomaban un sustituto o equivalente, por el valor de la demostración. Me parece significativo relatar otro “ritual”de la barbarie mazorquera: la quema de los Judas”durante la Pascua de Resurrección, “Los jefes del Gobierno, dueños absolutos del culto, como de las creencias, se han servido de este uso para vengarse de aquellos sus enemigos, a los que no habían podido combatir o alcanzar de otro modo. Queriendo al menos inspirar el odio o el desprecio de sus adversarios les declaraban Judas. Era también un medio de adueñarse de la opinión pública, ya que la multitud resultaba así asociada a los resentimientos y a la política de los gobernantes [...] En muchas plazas públicas se alzaban horcas y, desde la mañana se cuelgan muñecos que representan a quienes se quiere librar a la execración general [...]”6 Siempre existe una elección, creo yo, y como nos sugiere el historiador Leáis Namier “el logro mas perdurable del estudio de la historia es sus sentido histórico- un conocimiento intuitivo- de cómo no transcurren las cosas” En la textualidad de Esteban Echeverría , en alguno de sus fragmentos póstumos, encontramos un ejemplo de aquella elección hecha por Rosas: “ ¿Al tomar en sus manos una autoridad ilimitada, se acuerda, acaso, este hombre de hacerlo valer para conciliar los ánimos, para traer la paz y la felicidad a su patria, para cimentar el orden sobre las bases de la justicia y las leyes? No, en lo único que piensa es en escarmentar, en vengarse, en llenar de luto a las familias, en violar todas las leyes y todos los derechos y en robustecer su despotismo, dividiendo y aterrando...”7 Los mazorqueros eran verdaderos terroristas, reclutados en sectores inferiores de la elite rosista. Arrestaban, torturaban y mataban. El método tradicional de ejecución era el degüello y generalmente los cadáveres eran colgados a modo de exhibición, al igual que la cabeza de las victimas en picas. Un antecedente para su formación como mazorqueros era una carrera previa en la milicia o en la Policía, que contaba con los cuerpos de los Vigilantes de día y Serenos. A partir de 1842, les cupo la obligación de cantar las horas de esta manera: ¡Viva la Santa Federación! ¡Mueran los salvajes unitarios!, ¡Vivid la Representación (especie de Legislatura rosista)! Concluido lo cual podían recién cumplir con su función de dar la hora y el estado del tiempo. Hay dos momentos de terror desatado por esta organización parapolicial que era La Mazorca en Buenos Aires y la Provincia, dirigidos por Rosas. Uno entre septiembre de 1840 y el intento de asesinato a Rosas del 28 de abril de 1841. El segundo inmediatamente después, ya que se desata un recrudecimiento del terror, hasta el 19 de abril de 1842, cuando Corvalan edecán de Rosas, se dirige a los jefes federales de alta graduación diciéndoles que el Gobernador “ha mirado con el mas profundo desagrado los escandalosos asesinatos que se han cometido en estos últimos días los que aunque habían sido sobre salvajes unitarios nadie absolutamente estaba autorizado para semejante bárbara feroz licencia, siendo por todo aún mas extraño a S.E., que la policía se hubiese mantenido en silencio sin llenar el mas principal de sus deberes[...]”8 La Mazorca fue oficialmente disuelta el 1º de junio de 1846. “A la caída de Rosas, después de Caseros fueron procesados numerosos miembros de la Mazorca aprehendidos en julio de 1853 acusados como: responsables de los asesinatos y excesos cometidos especialmente en los años 1840 y 1842. [...] La audiencia publica se realizó el 28 de septiembre [...] y Ciriaco Cuitiño y Leandro Alem (padre del conocido político) fueron ejecutados el 29 de diciembre de 1853, a las 9 de la mañana en la plaza de la Concepción (Independencia y 9 de Julio) [...]” 9 Las cifras de victimas de la represión de la Mazorca, según la versión oficial no pasaban de 500; mientras que para la oposición superaba las 22.000 personas. En toda época y lugar ha habido bárbaros que arremeten contra los valores de civilidad y la cordura, llevándose por delante derechos y libertades adquiridas. Hoy particularmente se sigue arrasando y destruyendo con la misma impunidad, solo que ahora “globalizada”. Tomemos conciencia del valor testimonial de toda documentación, de nuestras Bibliotecas y Museos, etc. Son los lugares, que mas allá de cualquier Institución debemos sostener, pues ellos son nuestra Cultura y preservan nuestra Memoria. Participemos activamente de su sentido y solo de esta manera conjuraremos nuestra barbarie.

LO ANTERIORMENTE ESCRITO ES UNA MENTIRA MAS DE CIERTOS ESCRITORES ARGENTINOS, QUE QUISIERON DESPRESTIGIAR LA IMAGEN DE UNO DE LOS PATRIOTAS MAS GRANDES QUE HUBO EN LA ARGENTINA. EL BRIGADIER GENERAL JUAN MANUEL DE ROSAS.


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miércoles, 3 de octubre de 2007

"LA BATALLA DE TUCUMAN NO DEFENDIO NADA IMPORTANTE"


El 26 de septiembre se conmemoró del 193° Aniversario de la Batalla de Tucumán. Con todo respeto por la conmemoración, debo señalar que la expresión “batalla definitoria” es errónea, la batalla de Tucumán fue de todo menos definitoria y, ni mucho menos, pudo convertirse en una «victoria clave para la historia de la independencia argentina y las campañas liberadoras de Chile y Perú». En términos militares consistió en un enfrentamiento con una avanzada del ejército realista(1) y no con el grueso del éste, lo cual ocurrirá tiempo después en Vilcapugio y en Ayohuma, donde las fuerzas al mando de Belgrano terminaron siendo aplastadas de manera rotunda. Estas derrotas, ocurridas en genuinos campos de batalla y no en escaramuzas mantenidas en los suburbios de ciudades(2) como Tucumán y Salta, fueron ciertamente definitorias, claro que en sentido inverso a lo que plantea en la Conmemoración.(3) Por ello, el ejército que enfrentó Belgrano en la región puede calificarse de «realista» pero no de «español»: sus comandantes, Goyeneche y Tristán eran tan criollos como los nuestros y la mayoría de sus soldados lo era también.(4)Esto quiere decir que, mientras que para Buenos Aires la batalla de Tucumán fue un hito en la gesta independentista (y así lo festejó el Río de la Plata), para la gente del Norte se trató de una de las primeras batallas de una guerra civil en ciernes que habría de transcurrir durante los siguientes cuarenta años.(5)
Mitre habría agrandado los modestos triunfos de Salta y Tucumán (6) para presentarlos-«empatando» con las tremendas derrotas que sufrió el creador de la bandera en Vilcapugio y Ayohuma.” ( Autor: Gustavo Ernesto Demarchi)

Comentario que me merece al articulo citado

(1) El autor de la nota parece ignorar lo que es una “avanzada” militar. La fuerza que comandaba el General Pío Tristan estaba integrada por 4.000 hombres; veteranos de guerra con un importante parque y poder de fuego, fuerzas de las tres armas; infantería, caballería y artillería. Esto en las guerras de la independencia sudamericana; era un ejército. Fueron muy pocas la batallas donde se enfrentaron fuerzas superiores a los cinco mil hombres por bando. En Chacabuco San Martín dispuso de 3.500 contra los 2.000 que dispuso el Brigadier Maroto (jefe español) esta batalla duro 3 horas comenzó a las 11 y a las 13 el resultado era incierto ante la falta de órdenes por parte de San Martín que no podía mantenerse sobre su caballo por su estado de embriagues, el General Soler por su cuenta –sin orden de su jefe (don José) arremetió con su división por el ala izquierda sorprendiendo a los españoles a los que casi duplicaban en número.. Que no hubieran dicho los denostadores de Belgrano si éste hubiera estado borracho en alguna de las muchas batallas que dirigió personalmente (varias mas que San Martín) En Maipú San Martín contó con una infantería de 4100 soldados y una caballería de 1200 granaderos mas 22 piezas de artillería de varios calibres, los españoles al mando de Osorio sumaban 4.500 en total y tan solo 12 piezas de artillería. El resultado de la batalla fue un craso error que cometió Osorio al mover sus posiciones de forma tal que dejo a San Martín la posibilidad de un ataque oblicuo sobre su retaguardia. San Martín en todas las batallas que condujo contó con superioridad numérica y de potencia de fuego sobre sus adversarios. Belgrano todo lo contrario; jamás libro un batalla donde no estuviera en inferioridad numérica y poder de fuego. La “avanzada” como la nombra el autor de la nota operaba a 1000 Km. de distancia de cuartel general. Seria algún general tan ingenuo para aventurar una “avanzada” a 1000 Km. de distancia, en el año 1812, cuando las marchas eran de20/30 Km. por día. Una “avanzada” que operaba a más de 50 días distancia de su Cuartel General. El autor de nota; o ignora lo que es la estragia militar , o su perversidad por denostar a Belgrano lo llevó a escribir los disparates citados.

(2) Este “genio” de la estrategia y tactica militar no leyó ni la carátula de obra alguna sobre el tema.Así que una batalla para ser tal debe librase a campo abierto, si se libra en la cercanía de un centro urbano no es batalla; es “escaramuza”. Bien en la “escaramuza” deTucumán se enfrentaron en total 6.000 soldados (500 mas que en Chacabuco) y hubo 400 muertos españoles y 150 “criollos”, casi el 10% de los combatientes. Belgrano quedo dueño del campo de batalla con 700 prisioneros (4 coroneles y el capellán del ejército español, por que esa “avanzada” llevaba un capellán; no era moco de pavo) 13 cañones (uno mas de los dispuso el ejercito español en MAIPU) 40 carretas con 70 cajones de municiones, 400 fusiles y 90 tiendas de campaña; ¡ vaya “avanzada” ! Justo como para librar una “escaramuza” en los suburbios de una ciudad y no en un “genuino campo de batalla”.
Hablando de “escaramuzas” (aplicando el concepto de Demarchi) linda fue la que libró Von Paulus en los suburbios de Stalingrado; más de 200.000 de muertos y casi 1 millón de prisioneros.

(3) Cual es el sentido inverso pretende hacernos creer Demarchi. Que Vilcapugio y Ayohuma “libradas en verdaderos campos batallas” fueron definitorias para la suerte de las armas españolas, además de haber no leído nada sobre la batalla de Vilcapugio, creo que al autor de la nota adolece grave falta de memoria, le faltó ver el final de la película. Se ve que no está enterado de Junín y Ayacucho.

(4) El ser “criollo” fue una elección, que no la dio sólo el lugar de nacimiento. Hubo una cultura, un modo de pensar y de vivir, un afán por la libertad en su más amplia acepción. Goyeneche, Pío Tristan y otros muchos mas nacidos en Sudamérica se sintieron siempre súbditos del rey de España, combatieron por ello, lo hicieron portando banderas y estandartes españoles, absolutamente convencido, de buena fe, por la causa que luchaban. También hubo del otro lado muchos nacidos en España que “eligieron” identificarse con los “criollos” y combatieron a su lado (como el general Azcuenaga un viejo soldado español que se enroló en filas “criollas” antes del 25 de mayo de 1810).

(5) Algunos escritores de “historias” han creído encontrar en las guerras por la independencia el origen de nuestra nefasta y prolongada guerra civil. Eso no fue cierto hay abundantes documentos que demuestran la idea separatista desde los primeros tiempos de la revolucion. El plan de Operaciones para el Rio de la Plata – de Mariano Moreno y Manuel Belgrano es uno –quizas el mejor- de los tantos ejemplo de ello. La Asamblea de 1813 definió claramente el espíritu separatista de la revolución. Demarchi como otros que escriben se dejaron engatuzar por los “coqueteos” de los gobiernos patrios que no fueron mas que estrategias dilatorias para afianzar la revolución. En España nadie se engaño ni se engaña hoy por las declaraciones de “resguardar estas tierras para don Fernando VII” . Esta muy claro que, desde el punto de vista político la guerra civil fue el desencuentro de los “criollos” por la organización del nuevo estado independiente y la forma de gobierno a darse y no la condición de republica forma de estado que nadie discutía cuando en 1825 se sublevó en Arequito el resto del ejercito Libertador, que venia del Alto Perú después de la batalla de Ayacucho (que dio fin a la guerra por la independencia de Sudamérica) dando comienzo a esa guerra fraticida. Desde el punto de vista económico-social la guerra civil tuvo su motivación en el enfrentamiento de los terratenientes de la nuevas provincias recelosos de ver disminuido su poder político que les aseguraba poder económico. Vieron en la constitución de los Estados Unidos una herramienta útil a sus propósitos y la hicieron suya, desde un comienzo. Gervasio de Artigas es el prototipo de ello. Hubo caudillos que se manifestaron partidarios del régimen unitario pero lucharon al lado de los federales, Facundo Quiroga fue uno de ellos. Es que esa forma de organización política les aseguraba el dominio en sus tierras a la vez que les permitía invocar el manejo de las economías provinciales. Se puede “simplificar” diciendo que importó la lucha de los terratenientes del interior contra los comerciantes porteños (Buenos Aires) por el predominio político-económico en la joven nación. Al fin triunfó el federalismo, todos se dijeron triunfaron las provincias; pero no. En la batalla de Pavón, Urquiza traicionó a las provincias y abandonó el campo de una batalla ganada entregándola a Mitre o sea a Buenos Aires, que aceptó una constitución federal pero jamás hasta el día hoy aceptó el federalismo económico, reteniendo los resortes de la economía para si. Vale decir nuestro federalismo lo es a “medias tintas”.

(6) Las batallas de Salta y Tucumán fueron evaluadas y consideradas como muy importantes mucho antes que Mitre fuera a la escuela para aprender a escribir.Los generales; Belgrano, José Maria Paz (uno de los mejores estrategas de esa época) y Gregorio Araoz de Lamadrid, protagonistas de esas batallas, las describieron con detalles y ya en época se las consideró como muy importantes en la guerra por la independencia porque significaron el abandono por parte de los ejércitos españoles de la pretensión de bajar del Alto Perú. El plan estratégico de Goyeneche era apoderarse de Tucumán y desde allí bajar hasta Santa Fe para establecer una cabeza de playa, ya que esa ciudad tiene puerto sobre el río Paraná signatario del estuario del Plata que la flota española dominaba por ese entonces, bajo la comandancia de Romarate.

EJERCITO DEL NORTE (1812)
Belgrano recibió en 1812 los siguientes restos del “ejercito” del Norte.
El ejercito 1.500 hombres,
Armamento 580 fusiles, 21 carabinas, 34 pistolas, 1 cañón de regular potencia y 1 cañón de montaña y 80 lanzas el resto de los soldados de caballería fueron armados con “chuzas” Solo había sables para los oficiales, Ese fue todo el armamento, que se dio a Belgrano para enfrentar a Goyeneche que disponía 9.000 hombres con un armamento 10 veces superior

EJERCITO DE LOS ANDES (1816)
San Martín inicio la campaña de Chile con los siguientes soldados argentinos solamente – (Chilenos aparte) y armamento dado por el gobierno argentino (aparte el armamento Chileno)
El ejercito
Más de 4000 soldados (caballería-infantería-artillería) y 1.500 milicianos.
La artillería
Dos obuses de seis pulgadas (2)
Siete cañones de batalla de a cuatro libras (7)
Nueve cañones de montaña de a cuatro libras (9)
Dos cañones de hierro de a una libra (2)
Dos cañones de diez onzas (2). Todos con sus respectivas cureñas y armones.
Las municiones
Trescientas granadas (300)
Doscientos tarros de metralla para obús (200)Dos mil cien tiros de bala (2.100)
Mil cuatrocientos tiros de metralla (1.400) para cañón
Dos mil setecientos tiros de bala para los cañones de montaña (2.700)
Treinta y un mil estopines (31.000)
Cuatro mil seiscientos cincuenta lanzafuegos (4.650)
Un millón de cartuchos para fusil a bala (1.000.000)
Quinientos mil cartuchos de fusil para fogueo (500.000)
Cuatro mil cartuchos para cañón, pero vacíos (4.000)
Trescientos morrones (300)
Trescientas teas (300)
Doce cohetes para señales (12)
Armas
Cinco mil fusiles con bayonetas completas (5.000)
Cinco mil fornituras de otro género (5.000)
Setecientas cuarenta y una tercerolas (741)
Mil ciento veintinueve sables con sus respectivos cinturones (1.129)
Setecientas cuarenta y una cananas completas (741)
Cuatro mil polvorines (4.000)

La masonería nuca dejó a sus “hermanos” en la estacada, les proveyó todo lo necesario para que puedan cumplir sus propósitos (los de la masonería). San Martín contó con ese apoyo necesario por lo menos hasta su entrada a Lima. Allí al “rey Don José” se le “nubló la estrella”, ¿no habrá cumplido con sus “hermanos” que lo abandonaron a su suerte?, junto con su secretario-asesor Monteagudo; que fue asesinado por el pueblo peruano.

Si a Belgrano le hubiesen proporcionado las tropas y el armamento que se dio a San Martín es mas que probable que en el Alto Perú (hoy Bolivia) se hubiera afianzado, cinco antes que en Chile, la idea revolucionaria y la independencia del “cono sur” se hubiera producido mucho antes que en 1816 y no hubiéramos tenido que caer en manos de la “masonería británica” que nos envió a San Martín y sus amigos para balcanizar América.

Sé que en el mundo muchos escriben idioteces pretendiendo que hacen historia pero en la Argentina además se las publican, el
nuestro es; "un pais generoso Sé que en el mundo muchos escriben idioteces pretendiendo que hacen historia pero en la Argentina además se las publican, el nuestro es; “un país generoso”.





martes, 2 de octubre de 2007







INTRODUCCION

25 de Febrero de 1813. En el gobierno realista de Lima cunde la desazón al recibirse en esa ciudad las noticias de la derrota de Salta. El Virrey Fernando de Abascal desaprueba la capitulación concertada por Pío Tristán con Manuel Belgrano y, al mismo tiempo, rechaza el armisticio de 40 días propuesto por José Manuel de Goyeneche al jefe patriota. Estima Abascal que Goyeneche cuenta con sobrados elementos para mantenerse en el Alto Perú: 3.000 infantes, 1.000 caballos, 300 artilleros y armamento para otros 3.000 soldados. Pero Goyeneche ha quedado desconcertado por el desastre de Salta. En su cuartel general de Potosí recibe un mensaje de Pío Tristán. Son unas pocas líneas escritas en francés que, en síntesis, le recomiendan poner a salvo su persona y retirarse en dirección al norte. De inmediato, Goyeneche convoca una junta de guerra donde anuncia su determinación de abandonar Potosí y la provincia de Charcas para replegarse hacia Oruro. El jefe español emprende la retirada con tanta precipitación que se ve obligado a destruir gran cantidad de municiones y tiendas de campaña ante la imposibilidad de trasladarlas por falta de mulas, liberando a más de 100 prisioneros patriotas que tiene en su poder.

Por su parte, Belgrano también es sumamente criticado por la capitulación celebrada con Tristán. El 1º de Marzo, el jefe del ejército del norte fustiga a sus detractores en una carta dirigida a su amigo Feliciano Chiclana, nombrado a la sazón gobernador de Salta: “Siempre se divierten los que están lejos de las balas y no ven la sangre de sus hermanos, ni oyen los clamores de los infelices heridos; también son ésos los más a propósito para criticar las determinaciones de los jefes: por fortuna, dan conmigo que me río de todo, y que hago lo que me dicta la razón, la justicia y la prudencia y no busco glorias, sino la unión de los americanos y la prosperidad de la Patria”.

Desde Jujuy, Belgrano envía otra misiva: "quién creyera! Me escribe otro por la capitulación, y porque no hice degollar a todos, cuando estoy viendo palpablemente los efectos benéficos de ella".

Belgrano se refiere a las versiones que difunden los realistas vencidos en Salta. En su marcha hacia el norte, éstos cuentan maravillas del ejército patriota y predisponen a las poblaciones a la insurrección. “Muchos de ellos -dice un historiador español- imbuidos de ideas nuevas, fue voz pública que empezaron a promover conferencias y juntas clandestinas, de cuyas resultas divulgaron especies subversivas que no dejarían de influir en la sensible deserción que menguaba las filas del ejército real”. La desmoralización comienza a cundir en las filas españolas y así, entre Marzo y Mayo, se registran alrededor de 1.000 desertores, que en su Mayor parte pasan al ejército patriota.

Las deserciones preocupan a Goyeneche que ve bastante raleadas sus filas. La capitulación de Tristán obliga a los soldados y oficiales realistas a no tomar las armas nuevamente contra el ejército de Buenos Aires, pero Goyeneche piensa que puede violar el compromiso. Logra que los capitulados se concentren, antes de llegar a Oruro, en un pueblo inmediato llamado Sepulturas. Centenares de soldados realistas aguardan la presencia de Goyeneche y su estado Mayor, que no tardan en aparecer. Aquél, sin desmontar, se dirige a los hombres con gesto enérgico y vehemente. Después de hacerles saber que el arzobispo de Charcas y el obispo de La Paz los han absuelto de su juramento, los incita a tomar otra vez las armas y unirse a sus tropas. Hay un pesado silencio en la muchedumbre de soldados. Las filas se mueven, y una regular cantidad de hombres se adelanta. En total, son 7 oficiales y unos 300 soldados los que aceptan la propuesta. Con ellos Goyeneche forma un cuerpo especial, al que bautiza Batallón de la Muerte. El resto, sin embargo, desoye la invitación, negándose a quebrantar su juramento y se dispersa por el Alto Perú.

LIBERACIÓN DE POTOSI

Mientras tanto, el gobierno de Buenos Aires exhorta a Belgrano a proseguir su marcha aceleradamente, aprovechando el desconcierto de los realistas tras el encuentro de Salta. Pero el general porteño prefiere esperar. El 6 de Marzo escribe a las autoridades para explicar su retraso: es la época de las lluvias en la región, y al problema de la creciente de los ríos se añade la tarea imprescindible de reorganizar sus efectivos y reparar las armas y el material. Todo ello “me impide volar como quisiera para aprovecharme del terror de los enemigos...después de una acción – explica - tanto el que gana como el que pierde queda descalabrado: así me sucede a mí". Por último, agrega que carece de dinero para emprender una campaña sobre un país pobre en que todo es necesario pagarlo. Considera un milagro que la tropa se mantenga impaga y contenta: “Después de la acción, en estos días he dado a los soldados 4 pesos, a los cabos 5 y a los sargentos 6, rebajando sus sueldos a todos los oficiales de comandante abajo”.

Después de permanecer algún tiempo en Salta, que emplea en reorganizar los destacamentos diezmados por las bajas de la batalla y las enfermedades, a mediados de Abril Belgrano avanza hasta Jujuy, dirigiendo los cuerpos de la vanguardia hacia Potosí. La paga de las tropas y los gastos de mantenimiento se cubren tanto con dos remesas de 80.000 pesos que le envía el gobierno porteño como con las contribuciones de los comerciantes de Salta y Jujuy.

Por oficios del 13 de Abril y del 10 de Mayo, el gobierno porteño incita enérgicamente a Belgrano para que acelere la campaña. El 3 de Junio alude en un nuevo oficio a la ayuda recibida Por Belgrano: “Cuando el gobierno había creído puntualizadas las diferentes órdenes que ha librado para que avanzaran rápidamente las divisiones disponibles del ejército que V. E. manda, ha visto en el contexto. de su comunicación del 22 de Abril eludidas sus esperanzas, fundarlas en los auxilios que constan remitidos desde Tucumán, en los recursos pecuniarios que se han proporcionado a V. E. y en las instrucciones que se le han remitido... Tenga V. E. presente que los enemigos han tenido auxilios y proporciones para llegar descansadamente, aunque en derrota, por el despoblado, desde Jujuy hasta Oruro, y que el ejército de la patria, después de dos meses y medio transcurridos por una parálisis de sus movimientos no ha podido ocupar la villa de Potosí con 300 hombres a lo menos ... "

Esta última reconvención coincide con los movimientos emprendidos por Belgrano. A principios de Mayo llega la vanguardia patriota a Potosí y desprende una avanzada de 500 soldados por el camino de Oruro para observar al enemigo que permanece concentrado allí.

Mientras tanto, Belgrano se queda en Jujuy y hace que esta provincia y los pueblos de su jurisdicción, incluso los del Alto Perú recientemente liberados - como Charcas y Santa Cruz de la Sierra-, juren obediencia a la Asamblea General Constituyente que en esos momentos delibera en Buenos Aires. A fines de Junio, Belgrano instala en Potosí su cuartel general. "Potosí - señala el general Paz en sus “Memorias” - es el pueblo que menos simpatía tuvo por la Revolución. Su grandeza y riqueza provenía de las minas que están a su inmediación, en el célebre cerro que lo domina; el progreso de esos trabajos se fundaba en la “mita” (tiránica ordenanza de los españoles, en virtud de la cual eran obligados los Indios, de 100 y 200 leguas de distancia, a venir a Potosí a trabajar 3 años en las minas, donde morían muchísimos) y otros abusos intolerables que un sistema más liberal debía necesariamente destruir; eran, pues sus intereses, en cierto modo, que hacían inclinar la opinión (a que debe agregarse el inmenso número de empleados dé la Casa de Moneda y Banco de Rescate) a favor de la causa real, o lo que es lo mismo, en la conservación de la antigua opresión".

PEZUELA ASUME EL MANDO

De Potosí ha partido, poco tiempo antes, el ejército de Goyeneche en su precipitada retirada. Desmoralizado, el jefe realista eleva su renuncia al virrey de Lima después de una destemplada correspondencia mantenida entre ambos. Abascal desea destituirle pero lo detiene la circunstancia del afecto que profesan a Goyeneche - que es americano - el grueso de las tropas realistas compuesto por nativos. Finalmente, Goyeneche decide retirarse, delegando interinamente el mando en su segundo, el Brigadier Juan Ramírez, quien se apresura a convocar una junta de guerra donde anuncia a sus lugartenientes que ha resuelto reanudar las operaciones y atacar a las fuerzas patriotas emplazadas en Potosí.

Un coro de murmullos de desaprobación se alza en la reunión. Los jefes entienden que es inapropiado arriesgar los escasos efectivos antes de la llegada de nuevos refuerzos. Algunos oficiales señalan que la provincia de Cochabamba también exige cuidadosa atención, por lo que resultaría suicida emprender la marcha hacía el sur dejando ese peligro en las espaldas.

Ramírez insiste en sus propósitos y, desechando aquellas opiniones, ordena el avance. Pero a los pocos días, encontrándose a mitad de camino entre Oruro y Potosí, la amenazante actitud de Cochabamba, donde se produce una sublevación, lo obliga a retroceder con premura, extenuando hombres y cabalgaduras.

El 19 de Julio arriba al Alto Perú el reemplazante de Goyeneche. Se trata del General Joaquín de la Pezuela, quien recibe un escaso refuerzo del Virrey de Lima: apenas 10 piezas de artillería, 400 fusiles y 360 soldados. Pero en poco tiempo logra levantar el ánimo de las tropas y obtiene también nuevas fuerzas que elevan los efectivos a 4.600 hombres.

Dedicado a la misma tarea de fortalecer la moral de sus tropas y reorganizar el ejército, se halla Belgrano en su cuartel general de Potosí. Este ordena formar un nuevo regimiento de caballería en Cochabamba; crea un tribunal militar encargado de reprimir la actividad subversiva de la oposición interna potosina, recluta más fuerzas en Chuquisaca y en la misma Potosí. Todo esto, sin perder de vista los problemas administrativos, ya que como capitán general debe ocuparse de ellos. Divide en 8 provincias al Alto Perú, en lugar de las 4 tradicionales. Nombra Gobernador de Potosí al coronel Apolinario Figueroa; de Cochabamba, al Coronel Juan Antonio Alvarez de Arenales, y de Santa, Cruz de la Sierra, al Coronel Ignacio Warnes. Para la presidencia de Chuquisaca es designado desde Buenos Aires el Brigadier Francisco Antonio Ocampo. Belgrano se ocupa del arreglo de la hacienda pública, que consigue regularizar, con lo que se logra cubrir ampliamente las necesidades del ejército. La Casa de Moneda, que ha sido saqueada por Goyeneche al retirarse, es rehabilitada. Todo comienza a tomar un carácter de orden y moralidad, altamente útil para aquellos pueblos y al progreso de la causa de la Revolución. Al respecto señala Paz en sus Memorias: “Preciso es decirlo francamente: la causa de la revolución bajo la dirección del general Belgrano, recuperó en la opinión de los pueblos del Perú lo que había perdido en la administración del señor Castelli”. Sus sólidas cualidades le granjearon la estimación y el respeto de los altoperuanos.

Las damas patriotas de Potosí, que lo agasajan constantemente, quieren que lleve de ellas un recuerdo duradero, en memoria y agradecimiento de la libertad dada, por él. Le obsequian una lámina de plata cincelada cuyo valor es de 7.200 pesos fuertes. Belgrano acepta el presente pero lo dona al Cabildo de Buenos Aires.

VISPERAS DE VILCAPUGIO

5 de Septiembre de 1813. El ejército patriota comienza desde Potosí su marcha hacia el norte. Son 3.500 hombres con 14 piezas de artillería, divididos en 6 batallones y un regimiento de caballería. Hay muchos reclutas nuevos y la artillería es deficiente, los hombres apenas tienen abrigos y escasean las mulas para conducción del parque.

En Chayanta, un caudillo de fuerte ascendencia entre la población Indígena, el Coronel Baltasar Cárdenas, recibe Instrucciones de Belgrano para moverse con sus fuerzas - 2.000 indios mal organizados y peor armados - y operar juntamente con las fuerzas de Cochabamba a las órdenes del Coronel Cornelio Zelaya. Ambos tienen órdenes de sublevar las poblaciones indígenas situadas a espaldas de los realistas. Belgrano, a su vez, planea atacar por el frente.

El 27 de Septiembre, el grueso del ejército comandado por Belgrano arriba a la pampa de Vilcapugio, meseta circundada por altas montañas, 25 leguas al norte de Potosí. Cuatro leguas más allá, en Condo-Condo, aguardan las tropas realistas. Son 4.000 hombres, reforzados con 18 piezas de artillería. Belgrano se limita a observar los desfiladeros que, bajando de Condo-Condo, llegan hasta la pampa de Vilcapugio. Piensa que Pezuela no tomará la ofensiva y, por su parte, espera la incorporación de las divisiones de Zelaya y Cárdenas con las que aumentarla sus efectivos hasta alcanzar los 5.600 hombres.

Cárdenas asome con sus indios por las espaldas del ejército realista – cumpliendo así las instrucciones de Belgrano -, pero con un destacamento enemigo al mando del Comandante Saturnino Castro le cierra el paso. En cuanto avista a los indios de Cárdenas, Castro se lanza con ímpetu sobre ellos y los dispersa por completo. La breve pero eficaz acción permite a los realistas cortar las comunicaciones entre el campamento de Belgrano y las tropas patriotas de Cochabamba. Además, entre los papeles que se le secuestran a Cárdenas, aparecen las instrucciones de Belgrano. El plan patriota - encerrar en un movimiento de pinzas a las tropas realistas - llega así a conocimiento del General Pezuela y éste decide pasar a la ofensiva antes de que la columna del coronel Zelaya ataque o se reúna con las fuerzas de Belgrano.

Septiembre 29. Pezuela se pone en marcha con sus tropas y ordena a Castro que permanezca a retaguardia en la localidad de Ancacato y se le incorpore el 19 de Octubre, en el campo de batalla.

Septiembre 30. Hora 12. Bajo un sol tibio y pálido, las tropas del General Pezuela escalan fatigosamente la cuesta. Del otro lado aparecerá la pampa de Vilcapugio donde Belgrano, ignorante de este movimiento, espera confiadamente comunicaciones de Zelaya. A las doce de la noche los realistas llegan a la cumbre, pero Pezuela ha tenido que dejar en el camino de ascenso buena parte de la artillería, ya que, como el jefe patriota, carece de suficientes transportes. Sin embargo, el avance prosigue con 12 cañones.

No es necesario apelar a los anteojos para divisar al ejército enemigo. Los fuegos del campamento de Belgrano se aprecian nítidamente en la oscura y fría noche, más triste y cerrada aún por la ausencia de luna.

LA BATALLA

Dos y media de la mañana del 31 de Septiembre de 1813. Por la ladera sur van descendiendo los soldados de Pezuela. Al alba, las avanzadas patriotas advierten su aproximación y corren a avisar al general en jefe, quien se resiste en un primer momento a dar crédito al informe. Pero verificada, en contados minutos, la presencia del enemigo, Belgrano se ve obligado a aceptar la evidencia. Un cañonazo en el campo patriota da la alarma y el ejército realista recibe, a su vez, orden de aprestarse para el ataque. El sol ya asoma en el horizonte. Calienta con más fuerza que el día anterior, y bajo sus rayos las aceradas bayonetas y el bronce de los cañones brillan con intensidad.

Belgrano dispone que a la derecha se sitúe el batallón de Cazadores, emplaza el regimiento Nº 8 en el centro, dos batallones del regimiento Nº 6 están preparados en la izquierda, mientras que más atrás forma el batallón de Pardos y Morenos. Flanquean esta línea de combate dos alas de caballería. El Coronel Gregorio Perdriel permanece al frente del regimiento Nº 1, que actuará como reserva. Mudos e impotentes testigos del drama que se avecina - impotentes debido a la carencia total de armas - contemplan la escena 2.000 indios ubicados sobre los cerros, a espaldas del ejército patriota.

Los realistas han concluido el descenso y se encuentran en el llano. Al son de la música de sus bandas las columnas se ponen en movimiento. A media legua, se repliegan en batalla dividiendo su línea en tres cuerpos, con 4 piezas de artillería cada uno. Pocos minutos más y ambos ejércitos estarán frente a frente. Belgrano da orden a la artillería de romper el fuego, y Pezuela detiene el avance de sus tropas. Las dos fuerzas cruzan un nutrido fuego y el jefe patriota dispone que se cargue a la bayoneta. Apoyado su flanco por la caballería, los Cazadores chocan con el batallón de Partidarios, un cuerpo español mandado por el coronel La Hera, quien no tarda en caer muerto. El batallón enemigo es destrozado por completo, con la pérdida de 100 soldados, 3 capitanes y 3 piezas de artillería. Se produce entonces la dispersión total de la izquierda realista. Parecida suerte corre el centro de ese ejército, que trata de resistir el ataque de los patriotas. Al sucumbir también sus jefes, los soldados se dispersan y abandonan el campo de batalla. Del lado patriota, el Comandante Forest, del regimiento Nº 6, cae seriamente herido, pero cuando este hecho inmoviliza por segundos a los soldados, aparece de pronto Belgrano que alienta y arenga a las tropas, las que contestan con un sonoro: ¡Viva la Patria! Los patriotas ven renacer sus fuerzas y se lanzan en persecución de los dispersos. Pezuela, impotente, no puede detener la tumultuoso fuga.

Once y media de la mañana. El jefe español se encuentra totalmente anonadado al ver perdida la batalla. De pronto, observa con estupor que los criollos se baten en retirada. No tarda en recibir el aviso de que su derecha se sostiene valerosamente y con ventaja en el campo de batalla. ¿Qué ha ocurrido? En las filas patriotas se acaba de oír un toque de clarín llamando a retirada. El toque paraliza a los soldados que, al volver sus cabezas, creen ver - según unos - el ala derecha del ejército totalmente destrozado; según otros, una fuerza enemiga sobre el flanco. El hecho es que el pánico se generaliza, y a los gritos de “¡al cerro!, ¡al cerro! ”, la Mayor parte de las fuerzas abandona, desordenadamente el campo de batalla.

La oportunidad es rápidamente aprovechada por Pezuela que, inmediatamente, ordena reagruparse a sus batallones. Su ala derecha, a las órdenes de Olañeta y Picoaga, ha chocado con furor contra la izquierda patriota, que se ve obligada a retroceder. El Coronel patriota Benito Alvarez, jefe del regimiento Nº 8, se pone a la cabeza de sus hombres tratando de variar la suerte de las armas, pero un balazo lo arranca de la cabalgadura y cae muerto instantáneamente. Con rapidez se acerca el Mayor Baldón para tomar su puesto, pero otro plomo acaba también con su vida. Entre los oficiales que quedan, el más antiguo es el Capitán Villegas, quien se apresura a tomar el mando de la columna. No llega a hacerlo. Cae muerto en pocos segundos. El Capitán José Apolinario Saravia lo sustituye y, cuando monta en su caballo para ponerse al frente de los soldados, una bala le hace impacto en el pecho. Saravia cae herido, confundiéndose su cuerpo con los cadáveres que cubren el terreno. Ya sin jefes, la columna patriota retrocede y se mezcla confusamente con uno de los grupos de la reserva. Ambas fuerzas se dejan ganar por el pánico y huyen; los soldados abandonan la artillería y se refugian algunos en el cerro cercano, mientras otros prosiguen la fuga en dirección a Potosí. Por otra parte, hace escasos minutos que ha aparecido con sus tropas en el campo de batalla el comandante realista Castro. El refuerzo permite a, Olañeta y Picoaga - que en esos momentos cuentan con sólo 600 soldados - proseguir la persecución. Castro acuchilla a los pocos dispersos que aún ofrecen resistencia. El Ayudante Mayor del regimiento patriota Nº 8, Domingo Saravia, busca, con desesperación a su hermano José Apolinario, a quien ve de pronto entre los muertos. Se inclina para abrazarlo, y cree ver en el cuerpo un destello de vida. Con rapidez lo alza y lo coloca en una mula, salvándolo en definitiva, y se incorpora al resto de las tropas.

RETIRADA DE BELGRANO

Mientras tanto, Belgrano ha tomado entre sus manos la bandera nacional. Ordena tocar a reunión a los pocos tambores sobrevivientes y, respondiendo al llamado, una escasa fuerza se une al general en jefe, quien se retira hasta lo alto de un cerro. Desde allí sigue llamando a sus tropas, logrando reunir unos 200 hombres, con los que intenta vanamente reanudar el combate. El enemigo, que ha quedado dueño de toda la artillería patriota, no cesa de cañonear la posición de Belgrano.

Dos de la tarde. Comienzan a regresar al campo parte de los fugitivos del ejército realista y se reincorporan a sus batallones. La suerte de la jornada queda irrevocablemente fijada. Ahora los patriotas no pueden pensar en proseguir la lucha sino en salvarse de una completa destrucción. Así lo comprende Belgrano y acuerda con Díaz Vélez que éste tome la ruta de Potosí para reunir los hombres que se han dispersado en aquella dirección, mientras él se dirige a Cochabamba, con el resto para buscar la incorporación de Zelaya, colocándose a espaldas del enemigo.

Tres de la tarde. Belgrano decide comenzar la marcha y, dirigiéndose a sus soldados, que a la sazón suman ya unos 400, les dirige estas palabras: “Soldados: hemos perdido la batalla después de tanto pelear; la victoria nos ha traicionado pasándose a las filas enemigas en medio de nuestro triunfo. No importa. Aún flamea en nuestra manos la bandera de la Patria”.

Se inicia, la retirada, penosa por muchas circunstancias: la noche, ya, cercana, amenaza con ser muy fría y venir acompañada de una nevada. A poco andar se incorpora, a la columna un escuadrón de Dragones con los que logran reunirse cerca de 500 hombres. La marcha continúa silenciosa en medio de la oscuridad. La tropa, acosada por el frío, se encuentra rendida de fatiga y hambre. Así relata el general Paz la retirada: "Caminamos el resto de la tarde y llegamos al anochecer a un lugar árido, llamado El Toro, que dista 3 leguas de Vilcapugio, y donde sólo había uno o dos ranchos inhabitados. Es la primera vez que comí carne de llama; la noche era extremadamente fría y sólo habíamos escapado con lo encasillado. Había oficiales que se tuvieron por felices de hallar un cuero de llama, chorreando sangre, en qué envolverse... Al día siguiente se continuó la marcha, llevando mi regimiento (los Dragones) la retaguardia. A poco trecho del lugar en que habíamos pasado la noche, se presentaba una cuesta larga, pendiente y muy arenosa; a la fatiga de la ascensión se agrega la de enterrarse un palmo los pies en la arena; cuando menos, era preciso un par de horas para subirla, atendido el estado de nuestros caballos, los que iban tirados por la brida y los jinetes a pie, prolongando inmensamente la columna. Yo subí de los últimos y me maravillé de no encontrar ni jefes, ni general, ni infantería, ni columna, ni cosa que se pareciese a una marcha militar. Todos, desde que hubieron llegado a la cumbre desde donde seguía el camino por unas alturas que presentaban menos quiebras, habían continuado sin parar y sin esperar a los demás, de modo que el pequeño ejército se redujo a una completa dispersión... y después de ser muy de noche y haber fatigado nuestras cabalgaduras, llegamos a un pueblecito llamado Caine, donde por fin supimos que estaba el General. Nos metimos en un rancho y pasamos la noche. Al día siguiente el General, de cuyos movimientos estábamos todos pendientes, no marchó; antes, por el contrario, empezó a destacar oficiales que recorriesen los alrededores y volviesen por el camino del día anterior, para indicar que allí estaba él y que allí debían reunirse. Es seguro que esa mañana (3 de Octubre) no había 100 hombres en Caine, de los 500 que estuvimos en El Toro; pero fueron llegando partidillas, de modo que por la tarde había cerca de 300... Todo el día 3 pasamos en Caine; el 4 sólo anduvimos una legua, hasta el pueblito de Ayohúma, dando siempre tiempo a que se reuniesen los dispersos. El 5 anduvimos 3 leguas y llegamos a Macha, pueblo de bastante extensión, donde se fijó el cuartel general".

Para entonces, es posible evaluar ya las pérdidas: 300 muertos, entre ellos muchos buenos oficiales, más de 400 fusiles y casi todo el parque de artillería, salvándose únicamente 1.000 hombres entre los reunidos en Macha y Potosí, pues los demás se han dispersado. El enemigo, sin embargo, no queda mejor; sus pérdidas no bajan de 550 muertos y heridos, habiendo sufrido una gran dispersión por la persecución patriota a raíz de la huída del centro e izquierda. Esto, unido a la falta de cabalgaduras, induce a Pezuela a no perseguir a los patriotas, manteniéndose inmóvil por algún tiempo.

El desastre de Vilcapugio circula por la región con asombrosa rapidez. Los primeros dispersos llegados a Chuquisaca anuncian al Presidente Ocampo que todo está perdido. Luego se sabe que Díaz Vélez se encuentra en Potosí a la cabeza de un cuerpo de tropas, y que el general Belgrano está situado con el resto del ejército sobre el flanco izquierdo del enemigo. Entonces se comprende que el desastre no es irreparable.

La Mayor parte de los dispersos que huyeron por el camino de Potosí se reúnen en esta ciudad bajo las órdenes de Díaz Vélez, quien después de separarse de Belgrano en Vilcapugio llega a reunir 400 de los dispersos que siguen aquella ruta y marcha con ellos hasta Yocalla, a 6 leguas de Potosí, donde encuentra al coronel Aráoz con otros 500 hombres. Ambas columnas forman unidas una fuerza como de 800 soldados que, aunque desmoralizados por la derrota, pueden sostenerse fortificándose en la ciudad.

El enemigo se limita a destacar a Olañeta con su batallón de cazadores por el camino despoblado, y a Castro con su escuadrón por el de Potosí, mientras el resto del ejército realista se repliega a Condo-Condo. Castro desafía a Díaz Vélez que se sostiene con firmeza en Potosí y logra que los perseguidores se replieguen al fin a sus posiciones de Condo-Condo.

HACIA AYOHUMA

Tras Vilcapugio, Belgrano reúne sus fuerzas en Macha. Allí reorganiza el ejército, pidiendo auxilios a los gobernadores. El 7 de Octubre escribe al Presidente de Charcas, Ocampo: “Fortaleza, ánimo, constancia y esfuerzos (no de los comunes) son los que necesita la Patria. Ella será libre e independiente si no nos amilanamos. Si en ese pueblo hay cobardes, que vengan a Macha, y sepan que no hemos de abandonar el puesto, sino cuando sea imposible sostenerlo. Aún hay sol en las bardas y hay un Dios que nos protege”.

Ocampo contesta a la solicitud de Belgrano enviándole 200 caballos, hombres, municiones y algunas piezas de artillería. El gobernador de Cochabamba Juan Antonio Alvarez de Arenales, hace lo mismo. Warnes, gobernador de Santa Cruz de la Sierra, no se muestra menos decidido y Belgrano, contestando sus comunicaciones, le escribe: “Con el contraste de Vilcapugio han creído que se repetía la escena del Desaguadero; se engallan, el ejército vive, y vive con su general para escarmentar a los enemigos, y triunfar de ellos, Dios mediante".

Belgrano no sólo levanta, la moral de las tropas, sino que inyecta optimismo en el gobierno porteño, al cual escribe el 21 de Octubre: “En balde se fatigan nuestros enemigos así interiores como exteriores; en vano sufriremos con ras es; en vano, al vez, nos veamos casi a las puertas de nuestra total ruina, como ya lo hemos estado en algunas épocas de nuestra gloriosa empresa; las Provincias Unidas del Río de la Plata serán libres, y las restantes del continente se le unirán afirmando con sus sacrificios y esfuerzos la libertad e independencia que el ciclo mismo ha puesto en nuestras manos”.

La provincia de Chayanta, casi totalmente poblada por indígenas, da pruebas de su patriotismo. Desde todos los puntos de su territorio acuden hombres, mujeres y niños con sus ofrendas, Cargándolas la Mayor parte sobre sus propios hombros. Artículos de guerra, víveres, ganado, cabalgaduras, forrajes, bálsamo y vino para los enfermos, y hasta objetos de lujo para los oficiales; todo es espontáneamente ofrecido por los indios de Chayanta. Belgrano, en recompensa, expide un bando distribuyendo tierras entre los indígenas y perjudicados por la guerra, con lo cual acaba de afirmar su popularidad en aquella comarca. Gracias a esta cooperación decidida de la población y de todas las autoridades, el ejército puede hacerse de un tren de artillería, aunque de inferior calidad; un parque bien provisto, suficientes caballos para los escuadrones y víveres para más de dos meses.

Los realistas, mientras tanto, a pesar de su reciente victoria, carecen de provisiones y caballos. Refugiados en las alturas y rodeados de poblaciones hostiles, quedan inmovilizados y no pueden emprender ataque alguno contra el ejército patriota. Belgrano, aprovechando esta circunstancia, envía montoneras y partidas en todas direcciones, a fin de acosar a las tropas de Pezuela. Con el objeto de conocer sus movimientos llama un día a un joven teniente de Dragones, el futuro General Gregorio Aráoz de La Madrid, y le ordena: - Escoja usted cuatro hombres de su compañía y marche a traerme noticias exactas de la vanguardia enemiga que está en Yocalla.

La Madrid no tarda en volver con los cuatro soldados:

- Mi general, ya estoy pronto y sólo falta que V. E. me dé un pasaporte para que se me permita entrar en el campo enemigo y poderle traer las noticias con la exactitud que desea.

El General porteño sonríe levemente y replica:

-Usted sabrá proporcionarse el pasaporte.

El Teniente sale a cumplir su misión y apresa una partida de cinco realistas. De ellos dos pertenecen al Batallón de la Muerte y ambos son enviados a Belgrano para que le suministren los informes que necesita. Belgrano ordena que los perjuros sean fusilados por la espalda. Cumplida la ejecución, sus cabezas son cortadas, y con una inscripción sobre la frente “Por perjuros”, son colocadas en el camino donde sin duda pasará el enemigo, colgadas de altos maderos.

A fines de Octubre, el ejército de Belgrano, gracias a la actividad infatigable de su jefe, logra reunir alrededor de 3.400 hombres, aunque de ellos apenas un millar son veteranos. El General porteño tampoco descuida los problemas ajenos a la guerra. El 23 de Octubre escribe al gobierno de Buenos Aires señalándole el nuevo estado de opinión que Impera en el Alto Perú:

"Las ideas de federalismo han cundido mucho, y creo que Dios nos manda trabajos nuevos para que nos amoldemos y sujetemos al orden; confieso que temo a los pueblos después de la victoria, que a los enemigos hoy. Es mucha la ignorancia y conviene que todavía en mucho tiempo estén las atenciones fijadas en los peligros exteriores, sin perder de vista los objetivos interiores". Buenos Aires no tarda en contestarle: “En cuanto a los temores de los pueblos, cuando cesen los peligros exteriores, no obstante que el gobierno conoce que para sofocar las pasiones, guiar la ignorancia y traerlos al camino de la felicidad sería preciso trabajar mucho; creo, sin embargo, más urgentes y espantosos los males que los amigos nos preparan, pues éstos atacan la existencia misma del Estado, y amenazan cortar de raíz el árbol naciente de la libertad de estas provincias; así es preciso concluir que siempre será más útil y seguro que desaparezcan enteramente los peligros exteriores”.

29 de Octubre. Pezuela levanta su campamento de Condo-Condo. Su situación es difícil y no han desaparecido las causas que determinaron su inacción desde de la victoria. Pero el Jefe español comprende que es forzoso salir de la inmovilidad y tomar la ofensiva antes de que los patriotas se robustezcan más. Preocupado por la carencia de transporte, logra sin embargo reunir 600 burros y llamas, suficientes para movilizar el parque. En cuanto a la artillería, la arrastran a pulso los indios.

Comienzos de Noviembre. El general realista se ve do por la época de las lluvias, que dificultan la movilidad. En diez días, apenas puede avanzar 15 leguas. El 12 de Noviembre, las fuerzas realistas llegan a Toquiri, un promontorio a los pies del cual se extiende la pampa de Ayohúma. Dos leguas más allá el ejército patriota aguarda el ataque. En su cuartel general, Belgrano ha convocado a una junta de oficiales, donde se discute el plan de operaciones a seguir. Algunos, como Díaz Vélez, prefieren retirarse a Potosí, antes que arriesgar las fuerzas. Esta es, en realidad, la opinión Mayoritaria, pero después de escuchar a todos, Belgrano toma la palabra para señalar con voz firme:

- Yo respondo a la Nación con mi cabeza del éxito en la batalla.

Por la noche los patriotas abandonan Macha, y antes del amanecer del 9 están en la pampa de Ayohúma a donde los encuentra Pezuela.

DERROTA PATRIOTA

Hay cierta desproporción en los ejércitos que están listos para entrar en lucha. La caballería patriota dobla en número a la del enemigo, pero los realistas los duplican en infantería, y cuentan con 18 piezas de artillería, contra 8 de las fuerzas de Belgrano.

Seis de la mañana del 14 de Noviembre. Las columnas realistas van descendiendo por la cuesta de Taquiri. Pezuela, montado en su caballo, arenga a sus soldados y éstos replican animosamente con el grito de: -¡Viva el Rey! ¡Viva el Rey!

Mientras se produce el descenso de las tropas españolas, uno de los. oficiales patriotas, el futuro General La Madrid, advierte la conveniencia de atacar en esos instantes, y así lo sugiere a Belgrano. Pero el general, en tono confiado, replica:

- No se aflija usted: deje que bajen todos, para que no escape ninguno. La victoria es nuestra.

Los realistas completan la operación, atraviesan el río cercano y forman en columnas detrás de una loma, ocultándose así de los patriotas, que en esos momentos escuchan misa ante un altar que Belgrano ha ordenado levantar. Poco después los enemigos reaparecen, pero en lugar de presentarse por el frente se corren por el flanco, amagando la derecha de Belgrano. Los realistas tornan el cerro en que se apoya el ala derecha y se ponen en óptimas condiciones de batir a los patriotas.

Diez de la mañana. El ejército de Pezuela rompe el fuego con sus cañones, abriendo grandes claros en las filas de sus adversarios. La escasa potencia de la artillería patriota hace que ésta carezca de efectividad al contestar las andanadas realistas, ya que sus disparos apenas llegan a la mitad de la distancia. En un alto de la ofensiva enemiga, Belgrano ordena el ataque general a cargo de la infantería, a la que sigue la carga del ala izquierda, de la caballería al mando del coronel Cornelio Zelaya. Pero éste no puede resistir el fuego del enemigo, que espera el ataque con dos batallones, 10 piezas de artillería y el grueso de su caballería. Por su parte, la infantería se encuentra entre dos fuegos, ya que los soldados realistas, apostados en el cerro del cual poco antes se han posesionado, hacen un nutrido fuego de fusilaría. Los patriotas no tienen otra alternativa que el retroceso.

Belgrano y Díaz Vélez advierten el desastre, y se preocupan por salvar a los dispersos, reuniéndolos a medía legua del campo de batalla. El llamado del clarín atrae a unos 400 infantes y 80 hombres de caballería, pero en el llano quedan 200 muertos, 200 heridos, 500 prisioneros y casi todo el parque y la artillería.

Han pasado más de tres horas,. El esfuerzo de Belgrano por reunir los restos de su ejército peligra ante el avance de los realistas. El general porteño llame entonces al coronel Zelaya y le ordena detener al enemigo con su caballería. La acción de Zelaya cumple los deseos de Belgrano, y los patriotas logran ponerse a salvo a través de los desfiladeros de la montaña. El 16 de Noviembre los restos del ejército arriban a Potosí, pero esta ciudad debe ser evacuada ante la cercanía del enemigo. Dos días después, Belgrano se dirige hacia Jujuy, siempre perseguido por la vanguardia realista que el 26 ocupa Potosí.

Concluye 1813. En Jujuy, Belgrano se aboca una vez más a reorganizar sus fuerzas. “Las acciones de Vilcapugio y pampas de Ayohúma - escribe a amigo - han sido crueles, y casi he venido a quedar como al principio". Aunque logra reunir aproximadamente 1.800 soldados, el general porteño debe continuar su retroceso hacia el sur. Nombra al Coronel Manuel Dorrego jefe de la retaguardia, y pone a sus órdenes una compañía de infantería montada, la caballería de línea que se halla en Humahuaca, y un escuadrón de granaderos a caballo que está próximo a llegar: en total 500 hombres. Con fuerzas Belgrano encarga a Dorrego que dispute el terreno al enemigo que avanza sobre Salta a marchas
forzadas.

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lunes, 1 de octubre de 2007

SEMANA TRAGICA


Se conoce como la semana trágica a una serie de disturbios que sucedieron en Buenos Aires en enero de 1919. Para esa época estaba viva entre los obreros la llama de la revolución social; corrientes de pensamiento revolucionario marxista y anarquista habían llegado a las costas del Río de la Plata de la mano de la abundante inmigración europea. Las recientes experiencias de la Revolución Mexicana y la Revolución Rusa eran además vistas como un estímulo por los obreros y como una amenaza por las clases dominantes. Simultáneamente, se daba en Argentina un incipiente proceso de industrialización en forma paralela al modelo agroexportador imperante, lo que permitió la formación de un proletariado urbano.


Los sucesos comenzaron el 7 de enero con una huelga en los Talleres Metalúrgicos Vasena en la Ciudad de Buenos Aires, que se encontraban donde hoy se encuentra la Plaza Martín Fierro (Barrio San Cristóbal). Los huelguistas reclamaban la reducción de la jornada laboral de 11 a 8 h, el descanso dominical y aumento de salarios. La empresa intentaba seguir funcionando con obreros rompehuelgas provistos por la Asociación del Trabajo, una asociación patronal. Un disturbio entre los obreros en huelga terminó con la intervención de la policía, que disparó con armas largas contra la multitud. Los disturbios no tardaron en extenderse a las zonas cercanas, con rotura de vidrios y levantamiento de adoquines de las calles. El saldo fue de cuatro obreros muertos y más de treinta heridos, algunos de los cuales fallecieron después.

En repudio a este hecho las asociaciones obreras del momento, la Federación Obrera Regional Argentina del IXº Congreso (FORA del IXº), socialistas, comunistas y sindicalistas revolucionarios y la Federación Obrera Regional Argentina del Vº Congreso (FORA del Vº), anarquistas, propiciaron una huelga general que se dio a partir del día 9 de ese mes. Desde las 15:00, numerosos obreros se convocaron para asistir al entierro de los asesinados el día 7. A las 17:00, llegaron al cementerio. Allí, mientras se oía el discurso de uno de los delegados, un grupo de policías y bomberos armados abrió fuego sobre la concurrencia. El diario La Prensa contabilizó 8 muertos, el diario socialista La Vanguardia elevó la suma a más de cincuenta. Este incidente marcó el inicio de una lucha desordenada y caótica contra la policía.


De entre las clases altas surgieron grupos paramilitares, como la llamada Liga Patriótica, creados para defender los valores conservadores, la tradición y fundamentalmente la propiedad. Estos grupos no dudaron en perseguir y matar a dirigentes obreros, anarquistas, pero también arremetieron contra todo aquel que pareciera extranjero. Así, apalearon y detuvieron a judíos, rusos, polacos y alemanes, entre otros. El caso de los judíos fue notorio por el alto grado de antisemitismo de estos grupos. Según fuentes obreras (el periódico ‘La Vanguardia’ del 14 de enero), el saldo de la Semana Trágica fue de 700 muertos y 4.000 heridos. De la comunidad judía hubo 1 muerto y 71 heridos.

De todos modos, los obreros superaban a los policías y los grupos paramilitares; el diario La Prensa mencionaba la amenaza de "guerra revolucionaria". Ante esta situación el presidente Hipólito Yrigoyen puso la ciudad bajo las órdenes militares del coronel Luis Dellepiane, quien movilizó tropas por toda la ciudad, dando lugar a semanas de enfrentamientos en las calles que dejaron un saldo cercano a los 1.000 muertos. Posteriormente la situación fue medianamente controlada y el Ministerio del Interior ofició de interlocutor con los obreros, quienes consiguieron aumentos que iban en el rango del 20 al 40%, además de la liberación de dirigentes de la FORA.



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MANUEL DORREGO


Esta figura dramática vio la luz en Buenos Aires el 11 de junio de 1787, siendo sus padres el portugués José Antonio Dorrego y María de la Asunción Salas, porteña. Manuel Dorrego hizo sus primeros estudios en el Colegio de San Carlos, siguiendo luego la carrera de jurisprudencia. Siendo muy joven demostró las inquietudes de su alma romántica y turbulenta al salvar a su primo Salvador Cornet, complicado en la sedición contra Liniers, que escapó al fracasar el movimiento, facilitándole la huida a Montevideo, consiguiendo caballos y embarcación, simulando una autoridad que, naturalmente, no tenía. Vuelto a Buenos Aires se trasladó a Chile para continuar en Santiago sus estudios jurídicos, sorprendiéndolo así los sucesos de mayo de 1810. El proceso emancipador se propagó rápidamente, concretándose en Chile el 18 de setiembre del mismo año. Dorrego tomó parte activa en los sucesos, mereciendo del gobierno trasandino una medalla con la leyenda "Chile, a su primer defensor". El 1 de abril del año siguiente estalló una contrarrevolución dirigida por el coronel español Figueroa, que Dorrego reprimió eficaz y rápidamente. La gratitud contraída por Chile se expresó en un escudo con el texto "Yo salvé la patria" y los nombramientos de Benemérito y capitán del batallón de Granaderos. Creyendo cumplida su misión cruzó la cordillera y llegó a Buenos Aires en junio de 1811, coincidiendo con la noticia del desastre de Huaqui. Su prestigio impulsó a Saavedra a llevarlo en su comisión al Norte en compañía de Warnes, Regalado de la Plaza, Oyuela, Martínez y Echeverría. En agosto de 1811 fue promovido al grado de capitán, e incorporándose a la división de Díaz Vélez intervino en el combate de Nazareno, el 11 de enero en Sansana, a cuatro leguas de Pumaguasí. Dorrego sólo perdió tres hombres, en tanto los españoles sufrieron catorce bajas, dos heridos graves y seis prisioneros. Siempre bajo el mando de Díaz Vélez intervino en el combate de Nazareno, el 11 de enero de 1812, donde fue herido en el brazo derecho y en un pie. Al atravesar el río Suipacha, al día siguiente, recibió un balazo en el cuello. "Su resuelta bravura ha admirado nuestras tropas y aterrando al enemigo", manifestó en su parte el general Díaz Vélez. Pueyrredón dijo: "Don Manuel Dorrego ha servido en la Vanguardia de este Ejército sin sueldo ni gratificación alguna, y su valor lo ha distinguido de un modo singular, mereciendo la confianza del general de la Vanguardia para emplearlo en las acciones de mayor riesgo". Las poblaciones de Pozo Verde y Yatasto fueron salvadas del saqueo merced a su acción infatigable y diligente.

Manuel Belgrano lo despachó a Buenos Aires con el encargo de informar sobre la situación del Ejército del Norte y pedir auxilios. Era a la sazón teniente coronel graduado. En la batalla de Tucumán desarrolló una meritoria labor al mando de la infantería de reserva, mereciendo esta opinión del general Paz: "Los que tuvieron los honores de la jornada fueron el teniente coronel Dorrego y el mayor Forest". En la batalla de Salta, dirigiendo el Batallón de Cazadores, destrozó el flanco izquierdo español.

Su genio vivo lo unió con su amigo Carlos Forest y los mandos de artillería contra el general Belgrano, que por lógicas razones disciplinarias se vio obligado a separarlo del mando, enviándolo encausado a Jujuy. Las diferencias con Belgrano obedecían fundamentalmente a la atención especial con que éste trataba al militar alemán barón de Holmberg.

Tras las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma -en las que al notarse la ausencia de Dorrego los soldados parecieron presentir el desastre-, el héroe fue reincorporado por Belgrano, mandando una avanzada en Guachipas y formando, con quinientos soldados, un Regimiento de Partidarios que se replegó hasta Tucumán con el grueso de las fuerzas al aparecer San Martín en escena. Como jefe de retaguardia y comandante de la infantería montada, la caballería de línea y un escuadrón de granaderos, Dorrego cubrió la retirada de Belgrano en Jujuy. Replegado a Salta concentró sus fuerzas, y en San Lorenzo fue atacado por ochocientos realistas. En guerrillas, durante cuatro horas infernales, se retiró por la noche hacia el río Arias. El sistema fue repetido con éxito en Guachipas.

En el mes de enero entró en acción contra el coronel español Saturnino Castro en la quebrada de Humahuaca, luego de lo cual sus desinteligencias con San Martín le costaron un confinamiento en Santiago del Estero (febrero de 1814). Dorrego no conseguía reprimir las travesuras de su espíritu inquieto y a menudo hiriente, se burló dos veces de Belgrano en una de las sesiones de la academia militar que dirigía San Martín. Cuando Belgrano, al poco tiempo, pasó por Santiago del Estero, Dorrego, resentido, le hizo objeto de una burla lamentable que su antiguo jefe y amigo asimiló con la sobria dignidad de su silencio.

El 15 de junio, no obstante, Dorrego regresó a Buenos Aires y formó parte del Ejército de Operaciones que al mando del general Alvear actuaba en la Banda Oriental. Dirigió, así, una división contra Artigas, derrotando brillantemente en Marmarajá, el 6 de octubre, a Otorguez, a quien apresó con toda su familia, tomándole también la artillería.

No siempre la suerte de las armas le resultó propicia. Fue derrotado por el temible Rivera en Salsipuedes, y el 10 de enero de 1815, en Arerunguá, a escasa distancia de Guayabos. Debió entonces atravesar el río Uruguay, concentrando la mitad de sus tropas en la otra orilla. Pese a estos contrastes, el 14 de enero fue reconocido como coronel efectivo.

Al volver a Buenos Aires se incorporó al Ejército de los Andes como jefe del Regimiento 8º de Infantería. En 1815 contrajo matrimonio en San Isidro con Ángela Baudrix, con quien tuvo dos hijas: Isabel, nacida el 5 de junio de 1816, y Angelita, que vio la luz en 1821.

En julio de 1816 Dorrego siguió a Díaz Vélez en su campaña de Santa Fe como mayor general. Desde esta provincia ofreció sus servicios a San Martín, contestándole el Libertador el 13 de noviembre:

"Créame que soy ingenuo en medio de mis defectos: la venida de usted me es de la mayor satisfacción; trabajaremos juntos y yo le acreditaré que soy su amigo sincero y que sé apreciar su valor y talento".

Como se opusiera a la designación de Pueyrredón como Director Supremo, éste no le concedió la baja que solicitaba. Disponíase a viajar a Mendoza cuando sintió las consecuencias de su ataque contra el Director desde las columnas de "Crónica Argentina", pues cuarenta y ocho horas después era violentamente detenido, embarcado en el "25 de Mayo" y transbordado el 20 a la goleta "Congreso", que mandaba el capitán José Almeida. Cuatro días antes se publicó el decreto de destierro, fundado en la "insubordinación y altanería con que el coronel Dorrego había manchado sus servicios en la carrera militar". La "Congreso" se hizo a la vela hacia la isla de Santo Domingo, pero al llegar a Cuba el capitán Almeida se apoderó del navío realista "San Antonio", trasladando a éste a Dorrego con el destino primitivo. Como el capitán designado por Almeida para mandar el "San Antonio" se dedicara en Jamaica a operaciones de contrabando, fue capturado por los ingleses, que procesaron a los argentinos, incluso a Dorrego, a quien no le valió de nada su condición de prisionero. Tras diecinueve días de prisión en el castillo de Villa Montego fue condenado a expulsión por la mayoría del tribunal, mientras una minoría de tres jueces votaba por su muerte en la horca. Así, en marzo de 1817, embarcó para Baltimore, en los Estados Unidos, donde suavizó la amargura del destierro publicando sus "Cartas Apologéticas", conmovedor documento que en doce páginas rechaza con verosimilitud y firmeza los cargos contenidos en los decretos de Pueyrredón. Su nerviosa acción política en los Estados Unidos subrayó su animosa personalidad, sazonada con el aporte de otros compañeros de infortunio: French, Chiclana, Pagola y Valdenegro, arrojados al país del Norte por la energía indomable de Pueyrredón. Mas como los hombres pasan, pasó también Pueyrredón y pudo Dorrego reintegrarse a su tierra (6 de abril de 1820), en compañía de Moldes, fugado de una prisión chilena a la que había sido enviado por orden del Director Supremo. Sarratea le exoneró de culpa y cargo rehabilitando sus títulos y honores y el pago de los sueldos correspondientes. El 17 de abril asumió la comandancia general de la tercera sección de campaña, en tanto Soler lo designaba comandante militar de Buenos Aires. Mientras Soler era derrotado en Cañada de la Cruz, Dorrego salía en dirección a Perdriel, mas al tocar Caseros se le acercó un mensajero del Cabildo invitándole a regresar. En aquellas horas de convulsión y confusión Dorrego fue inexplicablemente vitoreado como un héroe en Buenos Aires mientras Pagola entraba como un dictador triunfante. Ni tres días duró el gobierno de este militar aventurero porque el 3 de julio dos mil hombres acaudillados por Dorrego irrumpían a las puertas de Buenos Aires. El desorientado clima porteño se advierte en el hecho extraordinario de que al llegar a la plaza de Monserrat, Dorrego topó con un fuerte contingente armado pagolista y, altivo el gesto, se adelantó solitario ante el presunto pero circunstancial enemigo exhortándolo a deponer rencores y sumarse al esfuerzo de la concordia nacional. Los milicianos rompieron la formación y, en efecto, se agregaron al ejército dorreguista. Pagola debió rendirse. "El Cabildo -escribió Mitre comentando estos sucesos-, de acuerdo con Dorrego, enarboló en su torre la bandera de alarma y de conflicto, destituyendo a Pagola y nombrando a Dorrego comandante militar de la plaza, y convocó al pueblo a reunirse en torno de su autoridad".

El mismo día, sin embargo, Dorrego desafiaba otro peligro: el sitio de los vencedores de Soler. Investido por la Junta Electoral con los poderes de gobernador interino, se aprestó a la lucha, obligando a retroceder a sus adversarios hasta Morón. Publicó entonces una inspirada proclama así concebida en lo fundamental:

"Los patriotas, decididos a conservar su dignidad, defender sus fortunas, y asegurar sus personas y las de sus mujeres e hijas, que injustamente son atacados por esa gavilla de vándalos y asesinos, que roban y talan el suelo que pisan, asesinan hombres desarmados, violan mujeres y no dejan con vida ni aun a los niños inocentes como lo han ejecutado en la Villa de Luján; esos patriotas han empezado hoy a escarmentar a los infames traidores de tantos crímenes. El entusiasmo corre como un fuego eléctrico, y muy pronto verá esa gavilla de bandidos cuánto les cuesta su atrevida y temeraria empresa de envolver en sangre un país inocente por la ambición de quererlo mandar con Alvear".

La retirada definitiva de los revoltosos se produjo el 12 de julio, dividiéndose en dos grupos; uno, a cuyo frente marchaba Estanislao López, en dirección a Pilar, y otro, mandado por Alvear y Carrera, hacia Luján. Carrera atacó y asoló salvajemente en su apresurada marcha la población de San Isidro, pagando pronto su crimen, pues el 18 Dorrego se puso en marcha a la cabeza de 1.000 hombres bien pertrechados, a los que se sumaron en Luján Rosas y Martín Rodríguez con 400 paisanos. En Buenos Aires quedó Marcos Balcarce como gobernador sustituto. El 2 de agosto la fuerza combinada venció fácilmente a Carrera en el puente de San Nicolás, matando e hiriendo a 100 sublevados y capturando 400 soldados, 46 oficiales, 5 cañones, 3.000 caballos y numeroso armamento. Infortunadamente las tropas mancharon su victoria entregándose al saqueo. Dorrego actuó noblemente al devolver a la esposa de Carrera al campo enemigo convenientemente escoltada.

Diez días más tarde atacaba a Estanislao López en Pavón, al fracasar las conversaciones de paz, luego de pasar el Arroyo del Medio al frente de una fuerza considerable. Fue una victoria brillante. López huyó, tenazmente perseguido por Dorrego. El 14 de agosto el vencedor quiso entablar negociaciones pacíficas pero López exigió arrogantemente que repasara el Arroyo del Medio, operación que naturalmente no podía ni debía ejecutar. El caudillo santafecino confiaba seguramente mucho en sus fuerzas, pues al seguir avanzando Dorrego cayó vencido en el Gamonal el 2 de setiembre.

Dorrego pidió refuerzos al Cabildo, que no se le otorgaron por la negativa de Rosas y Martín Rodríguez, empeñados en lograr la pacificación. El 26 de setiembre este último fue designado gobernador, debiendo enfrentar a los pocos días una nueva insurrección del inquieto Pagola, que el 5 de octubre fue derrotado por Rodríguez y Rosas. En Luján, Dorrego obedeció la orden de retroceder, quedando en su estancia de Areco. Desde allí envió al mayor Miguel Planes en misión de saludo al gobernador Rodríguez, dimitiendo en seguida su mando, que entregó al coronel Blas José Pico, retirándose a continuación a San Isidro.

Noblemente Martín Rodríguez le ofreció el grado de brigadier, que Dorrego prefirió rehusar. Sin embargo, continuó conspirando, pues en marzo de 1821 fue confinado a Mendoza. En mayo se acogió a los beneficios de la generosa Ley del Olvido, y en julio obtuvo su reposición militar regresando a Buenos Aires en el crítico momento de estallar la revolución de Tagle (19 de marzo de 1823). Rivadavia le dio inmediatamente el mando de 200 hombres, son los que persiguió a los sublevados hasta Cañuelas. En setiembre fue electo diputado. Por entonces su personalidad acusaba un cambio considerable. No era ya un hombre arrebatado y si bien conservaba el "genio inquieto y valor fogoso", según lo llamó Mitre, que lo definió como "tribuno bullicioso, carácter inquieto, caudillo populachero, republicano ardiente, militar valeroso, con bastante inteligencia y mucha audacia", había adquirido la seguridad de la experiencia. Fue un legislador consciente, vigoroso, permanente custodio de las libertades republicanas. Alternó la labor parlamentaria con la tribuna periodística, defendiendo enérgicamente los derechos orientales conculcados por la invasión brasileña y preconizando la intervención argentina. En 1826 era diputado por Santiago del Estero al Congreso Constituyente. Formando en las excelencias teóricas del federalismo, cimentó su personalidad con la defensa doctrinaria de las instituciones republicanas oponiéndose a la filosofía unitaria. En 1827 el presidente provisional Vicente López le nombró para ocupar la cartera de marina y relaciones exteriores, y el 13 de agosto asumió la gobernación de Buenos Aires, acumulando Relaciones Exteriores y Guerra Nacional. Su designación de Gobernador y Capitán General se concretó por el voto de 31 diputados. Al prestar juramento prometió en un solemne y sencillo discurso, "religiosa obediencia a las leyes, energía y actividad en el cumplimiento de ellas y deferencia racional, más que nada, a los consejos de los buenos".

Como primer magistrado tuvo aciertos, como la firma de tratado secreto con Federico Báwer, delegado de las tropas mercenarias alemanas al servicio del Brasil, que se obligó a agregarlas al mando argentino. Formalizada la paz con el Imperio, Dorrego comisionó a Azcuénaga, Guido y Brown para ratificar el tratado en Montevideo, que el 25 de noviembre de 1828 fue aprobado en Santa Fe por la convención nacional. El 10 de octubre el gobernador se presentó ente la Legislatura "para expresar su gratitud por el apoyo parlamentario prestado al esfuerzo bélico".

Dorrego había ganado un sólido prestigio como gobernante.

Cuando parecía que Dorrego estaba llamado a rendir más altos servicios, hombres y circunstancias se aliaron contra él. El 26 de noviembre llegaba a la capital la división de Lavalle, descontenta por el resultado del conflicto argentino-brasileño, que había acarreado la pérdida de la Banda Oriental. Sublevado Lavalle el 1 de diciembre, el desastre se propagó por la ciudad. Dorrego entregó el mando al ministro de guerra y se dirigió a la campaña con el propósito de concentrar elementos adictos a su persona o, al menos, fieles a la majestad de las instituciones republicanas que él trataba de encarnar con sobria dignidad. Pero alzado también el cuerpo de húsares, al mando del coronel Escribano, sus esperanzas se desvanecieron rápidamente. El 9 de diciembre cayó vencido en la Laguna de Navarro, y si bien logró huir, fue capturado más tarde en el Salto por el mayor Mariano de Acha.

Uno de los dramas más dolorosos de la historia argentina se gestó entonces con aterradora rapidez. El indeciso Lavalle se vio presionado por bastardos y oscuros intereses. Salvador María del Carril y Juan Cruz Varela entre otros, lo empujaron a cumplir una fatal decisión: el fusilamiento de Dorrego. Conducido a Navarro recibió la visita del comandante Juan Elías, portador de esta orden tremenda de Lavalle: "Vaya usted e intímelo que dentro de una hora será fusilado". Dorrego se dio un golpe en la cabeza y exclamó con dolor: "¡Santo Dios!" No era el grito de quien se ve frente a la muerte, sino la voz acongojada de la patria próxima a hundirse en la guerra civil. El condenado se repuso, llamó al padre Castañer y escribió una carta a su esposa que llegaría a destino, y otra a Estanislao López, que fue detenida por Lavalle. A su esposa le decía escuetamente: "Mi vida: mándame hacer funerales, y que sean sin fausto. Otra prueba de que muero en la religión de mis padres". Debía ir ya al patíbulo pero quiso antes abrazar a su amigo y compañero de armas Aráoz de La Madrid, a quien regaló su chaqueta y sus tiradores de seda, bordados por su hija Angelita. Se acercó a la muerte apoyado en La Madrid y Castañer.

"Acabo de hacer un sacrificio doloroso que era indispensable", dijo sordamente Lavalle a Elías al oír los estampidos asesinos. Era el 13 de diciembre de 1828.

Drama tan enorme sólo era comparable -pero ni siquiera justificable- con la ejecución de Liniers. Conmovedor testimonio de un proceso devorador constituyó el prólogo del despotismo que Viamonte aplazó con talento y buena voluntad. El gobernador Viamonte, precisamente, reparó la injusticia cometida con Dorrego. "Su nombre, restaurado al honor del país, fue dignificado solemnemente con un decreto de honras, el 29 de octubre. Un mes antes, resolvía el pago de cien mil pesos a la viuda e hijas de Dorrego, que oportunamente había sido dispuesto por la Sala de Representantes, y que Dorrego rechazara modestamente".

Rosas dispuso el 14 de diciembre de 1829 que sus restos fueran inhumados en Navarro, siendo sepultados el día 21 en el cementerio de la Recoleta.

La viuda, desamparada, debió recurrir al trabajo personal para poder subsistir. Casi veinte años después, el 21 de octubre de 1847, Rosas le otorgó una subvención mensual de cien pesos que Urquiza dobló tras la victoria de Caseros. En 1860 el Presidente Mitre le asignó medio sueldo de coronel, que Sarmiento transfirió a su hija Isabel pues la viuda del mártir había fallecido el 6 de abril de 1872.

"Enemigo del Congreso, opositor al Director, contrario a la expedición a Chile, partidario de la guerra contra el Brasil, enviciado en la agitación politiquera de la Atenas argentina"; tal el juicio categórico que Dorrego le mereció a Bartolomé Mitre, y sin embargo, en él encontramos la permanente vitalidad de la acción dorreguista, fogueada en el nervioso afán de un federalismo doctrinario que el ilustre biógrafo de San Martín omitió consignar, aunque reconoció que "Dorrego tenía algo de la fisonomía de los generales ilustres de las antiguas repúblicas griegas, con quienes fue comparado en aquella época, cuando se le apellidó el JOVEN TEMISTOCLES, por haber salvado a la Atenas del Plata de los bárbaros".

Su herencia política fue recogida por Viamonte. En una época plagada de ideas monárquicas Dorrego y Viamonte fueron, en efecto, de los pocos que sostuvieron una meritoria fidelidad a los más sanos principios republicanos. Quizás sea éste -un claro sentido del porvenir democrático y federal argentino-, el rasgo sobresaliente de una personalidad vigorosa, cuya estatua se ofrece a la veneración pública en una esquina céntrica de Buenos Aires.