domingo, 30 de septiembre de 2007

LOS TEHUELCHES CONTRA LOS INGLESES: LA PARTICIPACIÓN INDÍGENA DURANTE LAS INVASIONES INGLESAS



Todos saben, que fueron, las invasiones Inglesas. El 27 de junio de 1806 un ejercito ingles de mas de mil quinientos hombres y cuatro piezas de artillería conquista Buenos Aires, una ciudad que al momento contaba con no más de 40.000 habitantes. La ciudad es reconquistada por las fuerzas locales, 2.500 hombres al mando de Liniers, el 12 de agosto del mismo año.

Lo que muy pocos saben es el papel que jugaron los indígenas en las Invasiones Inglesas. Cuando hablo de los indígenas, no me refiero a los que integraban los "cuerpos voluntarios" que se constituyeron para resistir al invasor, estos vivían y trabajaban en Buenos Aires. Los cuerpos Voluntarios contaron al menos con dos agrupaciones principales: Indios, Morenos y Pardos (que contaban con 426 hombres en 1806) y cuerpo de Indios, Morenos y Pardos de Infantería (con un total de 352 hombres). Pero de ellos no se trata este articulo. Si, de los indígenas libres de la provincia de Buenos Aires, cuyos caciques concurrieron al cabildo de Buenos Aires a ofrecerse en la lucha contra el invasor. Estos indígenas eran los tehuelches, que habitaban en la Pampa y Patagonia, y luchaban constantemente con los araucanos provenientes de Chile.
Cinco días después de la rendición de los ingleses, el 17 de agosto de 1806, mientras los miembros del cabildo tratan sobre los problemas del momento, "... se apersono en la sala -dice el acta correspondiente- el indio Pampa Felipe con don Manuel Martín de la Calleja y expuso aquel por intérprete, que venía a nombre de dieciséis caciques de los pampas y cheguelches a hacer presente que estaban prontos a franquear gente, caballos y cuantos auxilios dependiesen de su arbitrio, para que este I. C. echase mano de ellos contra los colorados, cuyo nombre dio a los ingleses; que hacían aquella ingenua oferta en obsequio a los cristianos, y porque veían los apuros en que estarían; que también franquearían gente para conducir a los ingleses tierra adentro si se necesitaba: y que tendrían mucho gusto en que se los ocupase contra unos hombres tan malos como los colorados,...".


Los cabildantes agradecen el ofrecimiento y piden a Felipe que comunique a los caciques que harían uso de la oferta "en caso necesario y la tendrían muy presente en todo tiempo". Y, además, se le dio al cacique Felipe tres barriles de aguardiente y un tercio de yerba.

Al mes los indígenas vuelven al Cabildo. Esta vez Felipe acompaña al cacique pampa Catemilla, ratifican la oferta anterior "y expuso que solo con el objeto de proteger a los cristianos contra los colorados (...), habían hecho las paces con los Ranqueles, con quienes están en dura guerra". La escuadra de Popham seguía en el río esperando refuerzos. Los cabildantes otra vez agradecen la ayuda ofrecida, les dicen que los llamaran en caso necesario y le entregan un regalo igual que a Felipe el mes anterior.

En otra sesión, 22 de diciembre, se presentan diez caciques. Los cabildantes le dicen a los indígenas que "La fidelidad, amor y patriotismo de las numerosas y esforzadas tropas que en cuerpos se hallan formadas, aseguran la defensa de esta hermosa capital y por lo mismo sólo os encomiendan hoy el celo y vigilancia de nuestras costas, para que los ingleses nuestros enemigos y vuestros a quienes llamáis colorados, no os opriman ni priven de vivir con la tranquilidad que disfrutáis y os profesan las mejores y más benignos de los Soberanos del Mundo."

El 29 de diciembre se presentan los caciques Epugner, Errepuento y Turuñanquu que ofrecen además de su colaboración la de los otros caciques: Negro, Chulí, Laguini, Paylaguan, Cateremilla, Marcius, Guaycolan, Peñascal, Lorenzo y Quintuy. Ofrecen hombres y ayuda.

Los caciques estaban dispuestos a no ser menos unos que otros en cuanto a ofrecer ayuda. Dos meses antes de la segunda invasión inglesa, abril de 1807, se presenta el cacique Negro de Patagones a ofrecer su ayuda y la de otros jefes que lo acompañan.

A pesar de tantos ofrecimientos de ayuda indígenas y los agradecimientos de españoles y criollos, la alianza no se concreta. Los gobernantes desconfiaban y despreciaban a los indígenas. Esa desconfianza fue la causa de que no se los convocara a la lucha contra los ingleses durante la segunda Invasión Inglesa.

Los refuerzos llegaron, y los ingleses volvieron a desembarcar, en junio de 1807, nuevamente en Quilmes. Esta vez son muchos, cerca de diez mil hombres al mando de John Whitelocke. Buenos Aires estaba preparada, con una fuerza de siete mil hombres comandados por Liniers, el héroe de la reconquista. La ciudad entera combatió, un soldado ingles dijo que cada chico, cada mujer, cada vieja y cada casa eran su enemigo.

Las calles de Buenos Aires fueron el campo de batalla, un infierno. Los "colorados" dejaron definitivamente sus ideas colonialistas con Buenos Aires.

¿Hacia falta que la ciudad se convirtiera en un infierno? ¿Que los campos fueran devastados por el enemigo? ¿Se habría rechazado a los ingleses antes con la ayuda indígena? No se sabe, y no se pudo saber por la desconfianza que tuvieron los cabildantes a los indígenas, y a la idea de tener miles de indios y sus caballos dando vueltas por la ciudad.



MANUELA PEDRASA


Fue una heroína de la Primera Invasión Inglesa. Los días 10, 11 y 12 de agosto de 1806 se combatió encarnizadamente en las calles de Buenos Aires para reconquistarla de manos se sus usurpadores ingleses. Todos participaron en la lucha, las mujeres con el mismo fervor que los hombres. Cuando el combate había llegado a su culminación en la plaza mayor (hoy Plaza de mayo), donde las fuerzas al mando de Liniers trataban de tomar la Fortaleza (hoy Casa Rosada), una mujer del pueblo se destacó entre los soldados, uno de los cuales era su marido, a quien había resuelto acompañar. La metralla no la acobardó. Por el contrario, se lanzó al lugar de mayor peligro siempre al lado del soldado de patricios, con el que formaba una pareja de leones. El hombre cayo atravesado por una bala. Manuela tomó su fusil y mató al inglés que había disparado sobre él. Pasada la lucha, el general vencedor la recompensó con el grado de alférez y goce de sueldo. En su parte dirigido a la metrópoli decía: "No debe omitirse el nombre de la mujer de un cabo de Asamblea, llamada Manuela la Tucumanesa (era nacida en Tucumán), que combatiendo al lado de su marido con sublime entereza mató un inglés del que me presentó el fusil".

Manuela termina trastornada y en la miseria. Una calle de la ciudad que ayudo a reconquistar lleva su nombre.


domingo, 16 de septiembre de 2007

LA ENCARNACION DE DOS ALMAS


Don Juan Manuel de Rosas nació en Buenos Aires el 30 de marzo de 1793, en el seno de una familia de estancieros. Luchó contra los portugueses en la Banda Oriental y conformó la compañía de niños del regimiento de Patricios durante las invasiones inglesas, donde se desempeñó como ayudante de Santiago de Liniers. Se unió desde temprano al movimiento y a la causa patriotas conducidos por Rodríguez Peña, Belgrano y Moreno, participando como sargento mayor del Cabildo abierto de mayo de 1810. Acompañó al ejército del Alto Perú y combatió en Suipacha y en Huaqui.

Doña Encarnación Ezcurra nació también en Buenos Aires el 25 de marzo de 1795. Se casó con Rosas el 16 de marzo de 1813. Fue la más fervorosa colaboradora de su marido, por quien sentía una verdadera devoción. Actuó en forma brillante en las circunstancias políticas más delicadas y difíciles. Gozaba de una enorme popularidad entre los humildes, débiles y desposeídos, a los que protegía y halagaba, recibiéndolos en su casa. Llegó a ser el brazo derecho de su marido amado, con esa impunidad, habilidad, perspicacia y visión que es peculiar de la mujer. De una lealtad y fanatismo inclaudicables, sin embargo ella sólo inducía, sugería, sugestionaba, dueña de una inteligencia exquisita. Rosas se refirió a su esposa así: "digna compañera de mis cansados días, mi fina esposa y amiga". Falleció en Buenos Aires el 20 de octubre de 1838, y su sepelio dio lugar a grandes demostraciones de duelo por la desaparición de quien recibiera el título popular de heroína de la santa Federación. El solemne cortejo fue acompañado hasta el convento de San Francisco por una doliente multitud de más de 25.000 personas en una ciudad de 60.000 habitantes.

Don Juan Manuel de Rosas y doña Encarnación Ezcurra: la encarnación de aquellas dos almas fue completa, en forma nominal, afectiva y efectiva.

Tras los primeros años de la Revolución de Mayo, consumidos en la obra de diseminar y difundir sus propósitos dentro y fuera del virreynato, todas las energías del impulso patriota se invirtieron en la inmensa gesta americanista, y hasta Ayacucho, cada una de las luchas del continente contaron en primera fila con los mejores cuadros de la Argentina. Pero en realidad de verdad, mientras tanto, y por más de dos décadas, la anarquía era la que estaba al mando del vasto y deshabitado territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata, el país en formación era un hervidero y la violencia cerril proyectaba su sombra. Será Rosas el que creará los fundamentos y el principio de una autoridad nacional en la Argentina, y quien la aplique exitosamente por primera vez en el ejercicio del poder por veintipico de años.

El 1º de diciembre de 1828 el general Juan Lavalle –el "sable sin cabeza" como lo llamara San Martín, un militar brillante pero manipulado por los "doctores" unitarios sin escrúpulos provenientes del partido directorial- había depuesto y luego fusilado al gobernador de Buenos Aires, el coronel Manuel Dorrego, héroe de cien combates en todas las guerras de la independencia y caudillo federal indiscutible de los barrios bajos. Rosas unió sus fuerzas con las del santafecino Estanislao López y ambos vencieron a Lavalle en Puente de Márquez el 26 de abril de 1829. Ya para entonces todos ponían los ojos en ese ganadero, el más importante de Buenos Aires, administrador de las estancias más organizadas, disciplinadas y productivas del país, el creador de la industria del saladero y el fundador del capitalismo en la Argentina –y al mismo tiempo el fundador de una forma de superarlo, mediante el ejercicio de la justicia social-. Capitán general de campaña y jefe de un ejército de gauchos victorioso en la guerra contra el indio –los Colorados del Monte-, base verdadera del ejército popular y nacional.

En diciembre de 1829 Rosas fue nombrado gobernador de Buenos Aires con poderes extraordinarios. Designó un gabinete de lujo, incluyendo a Tomás Guido como ministro de Gobierno y de Relaciones Exteriores, Manuel J. García como ministro de Hacienda y Juan Ramón González Balcarce como ministro de Guerra y Marina. Confiscó las propiedades de los conspiradores de 1828 y utilizó estos fondos para recompensar a los veteranos de su ejército restaurador y a los agricultores y peones que habían sufrido grandes pérdidas en la lucha, en medio de una persistente sequía de tres años.

En diciembre de 1832 Rosas fue reelecto gobernador pero no aceptó el cargo, rechazándolo por tres veces, a pesar de las súplicas del pueblo y de la Legislatura. Para entonces el partido Federal estaba ferozmente dividido entre los "doctrinarios", "cismáticos" o "lomos negros" y los leales al Restaurador, los "ortodoxos" o "apostólicos". Rosas no acepta presiones y organiza un Ejército Expedicionario de dos mil hombres, se aleja de la ciudad y de la provincia, y se interna en el desierto por más de mil kilómetros hasta el Paralelo 42, alternativamente combatiendo y negociando con los caciques indios. Conquista cerca de 100.000 kilómetros cuadrados de territorio hasta Neuquén y Río Negro en los Andes, rescatando también a dos mil blancos cautivos de las tolderías. Además lleva científicos, geógrafos, médicos, ingenieros, astrónomos. Es un ejército politizado y adoctrinado. El santo y seña de cada día lo fija el propio Rosas: por ejemplo, "para ser amado del pueblo / hay que aliviarlo", "para mandar es necesario / aprender a obedecer". Toda esta obra lo hace acreedor por la Legislatura al título de "héroe del desierto", el que por extensión se aplica popularmente a doña Encarnación, a la que el pueblo llama, significativamente, "la heroína".

Por lo demás, Rosas guarda estricto silencio sobre los sucesos de la capital. Juan Ramón Balcarce había asumido la gobernación de Buenos Aires. Es un hombre honrado pero débil y sin ningún talento administrativo. Desde el principio comenzaron a surgir desavenencias entre sus partidarios y los de Rosas. Su primer desatino fue designar como ministro de Guerra al general Enrique Martínez, referente y director de la facción federal sin Rosas, sin los hombres de Rosas y sin la política de Rosas, quien se hizo de inmediato el hombre fuerte del gobierno. Muy pronto la situación se tornó insostenible. Juan Manuel le escribe a su mujer aconsejándola: "Ya has visto lo que vale la amistad de los pobres y cuánto interesa atraerlos. Escríbeles con frecuencia y mándales cualquier regalo... Los amigos fieles que te hayan servido, déjalos que jueguen al billar en casa".

Doña Encarnación finalmente resuelve actuar. Le escribe a Rosas: "Cada día están mejor dispuestos los paisanos, y si no fuera que temen tu desaprobación, ya estarían reunidos para acabar con estos pícaros antes que tengan más recursos" (23/ago/1833). Rosas no contesta. "Yo les hago frente a todos y lo mismo me peleo con los cismáticos que con los apostólicos... aquí a mi casa no pisan sino los decididos" (14/sep/1833) (...no parece la mejor expresión del mal llamado "sexo débil"). Rosas guarda silencio. Pero su casa en la ciudad es un centro febril de actividad tejido por la heroína de la Federación. Ahí se cruzan señores de levita con hombres de poncho, "federales de categoría" con caudillos de parroquia, informantes de toda índole con el prestigioso general don Facundo Quiroga, y todos mezclados con mestizos y mulatos, negros libertos y gauchos de las orillas: la chusma que tanto escandalizaba a unitarios y cismáticos.

Hace hoy ciento setenta años, el 11 de octubre de 1833, se inicia el levantamiento. Ese día va a sesionar un tribunal para enjuiciar al propietario de "El Restaurador de las Leyes", órgano de prensa de los apostólicos. La ciudad amanece empapelada desde el centro hasta los suburbios con grandes afiches que en enormes letras coloradas anuncian: "Hoy juzgan al Restaurador de las Leyes". Una multitud se congrega en el Cabildo, sede de la administración de justicia, ocupando las galerías y el patio. El griterío y las consignas determinan que el tribunal decida que no está en condiciones de sesionar. La guardia desaloja el edificio, pero la multitud crece en la calle y en la plaza. Sale la guardia del Fuerte y cruza la Recova, formando frente a la enardecida concentración popular. Se viven momentos de gran tensión y conatos de enfrentamiento. Finalmente la multitud se dispersa, pero sólo para reconcentrarse en Barracas. Esta multitud es el alma del pronunciamiento, y en ella hay muy pocos "federales de categoría". Es una revolución política, pero también es una revolución social. El verdaderamente salvaje unitario Juan Cruz Varela los describe como "ilustre comitiva de negros changadores, mulatos, los de poncho en general". Es la ilustre comitiva que promueve, representa y conduce la heroína.

Ahora la concentración de la Revolución de los Restauradores se fija tras el puente de Gálvez, junto a la orilla sur del Riachuelo. El día 13 una partida asalta el cuartel de Quilmes y se apodera de las armas. El gobierno imparte la orden de reprimir, pero gran parte del ejército, al mando del guerrero de la independencia general Mariano Rolón, se pliega al pronunciamiento con fuerzas y oficiales. Se aclama entonces al general Agustín de Pinedo como jefe militar de la revolución.

Al amanecer del 1º de noviembre Pinedo da la orden de avanzar sobre la ciudad. Sus fuerzas suman en ese momento 7.000 milicianos armados y bien decididos. La Legislatura, reunida precipitadamente, pide veinticuatro horas. Al día siguiente es exonerado Balcarce y se designa gobernador a Juan José Viamonte. El general Enrique Martínez se exilia en Montevideo y se inicia una serie de gobiernitos provisionales sin estabilidad que no terminan de resolver la crisis.

La Revolución de los Restauradores amalgamó a caudillos de barrio y sus séquitos de hombres de avería con soldados y guerreros de la independencia, a gauchos de "hacha y chuza" con hacendados de la viejas familias patricias como los Anchorena, Arana y Terrero. De esta amalgama resultará la creación de Sociedad Popular Restauradora, mejor conocida como la "Mazorca", nombre proveniente de su emblema, que ya era usado por algunas logias peninsulares como símbolo de apretada unión. Pero también de un "ritual" espontáneo del centro de la ciudad, en el que pandillas de muchachones federales solían introducir una mazorca por la parte de atrás de los pantalones de los señorones unitarios y lomos negros.


Bajo la inspiración y habilidad de doña Encarnación se acabó así con "la flor y nata de la chocarrera pillería, de la más sublime inmoralidad y de la venalidad más denigrante" (carta del general don José de San Martín a Tomás Guido, 1º/feb/1834). [...] "En ella [la ciudad de Buenos Aires] se encuentra la crema de la anarquía; de los hombres inquietos y viciosos; de los que no viven de los trastornos, porque no teniendo nada que perder, todo lo esperan ganar en el desorden; porque el lujo excesivo multiplica las necesidades y éstas se procuran satisfacer sin reparar en los medios; ahí es donde un gran número no quiere vivir sino a costa del Estado y no trabajar". [...] "Yo creo que los últimos acontecimientos van a poner fin a los males que nos han afligido desde el año 10, y que a nuestra patria se le abre una nueva era de felicidad... Concluyo diciendo que el hombre que establezca el orden en nuestra patria –sean cuales sean los medios que para ello emplee- es el solo que merecerá el noble título de su Libertador" (San Martín a Guido, ídem).

Desalojados del poder Balcarce y Martínez, pero con la revolución no del todo decidida, para sorpresa de los lomos negros, Rosas concluye la campaña y ¡licencia el ejército en Bahía Blanca! Ha ganado una batalla de aproximación indirecta, pero ha sido una batalla política de aproximación indirecta. Su abandono del gobierno ha sido un riesgo sobradamente calculado en una brillante operación de distracción. Vuelve entonces -¡solo!- a la ciudad y se esparce el rumor de que abandona la vida pública y se exilia del país. Evidentemente, Rosas es el precursor de un estilo muy nacional y propio de ejercicio de la política popular.

A la caída de Viamonte le sucederá en la dilación de la resolución de la crisis el interinato de Manuel Maza, presidente de la Legislatura. Pero en febrero del año siguiente, ante la masacre de Barranca Yaco y el tremendo crimen que se lleva la vida del general Quiroga –junto a Rosas y a López una de las tres personalidades hegemónicas del país-, en gravísimas circunstancias, la Legislatura de Buenos Aires sanciona la ley del 7 de marzo de 1935, por la que se otorga el gobierno a don Juan Manuel de Rosas por cinco años, y con la suma del poder público. La significación de esta decisión es extraordinaria no sólo por el hecho del poder que confería, sino porque era la culminación de la larga lucha por el poder interno del partido Federal, y en este sentido el verdadero y definitivo resultado del pronunciamiento popular del 11 de octubre. Desde el punto de vista institucional significó la imposición de una dictadura legal que perduraría por diecisiete años hasta la derrota popular y nacional de 1852 . Pero Rosas no aceptó la decisión de la Sala. Dada la naturaleza del poder que se le confería y para asegurar su mayor legitimidad, contestó que sólo aceptaría si era una resolución explícita del pueblo. La Legislatura decidió entonces llamar a un plebiscito en la ciudad, ya que se descartaba por innecesaria la consulta de opinión de la campaña, unánimemente favorable.

El plebiscito del 26 de marzo de 1835 arrojó un resultado aplastante: 9.316 votos a favor y 4 en contra. La pluma completamente insospechable de Domingo Faustino Sarmiento en Facundo reconoce: "Debo decirlo en obsequio a la verdad histórica: no hubo gobierno más popular, más deseado, ni más sostenido por la opinión". Por primera vez desde la Revolución de Mayo, se unieron las provincias argentinas bajo un gobierno central, venciendo a la anarquía y la disgregación.



sábado, 15 de septiembre de 2007

CIVILIZACION Y BARBARIE TODA UNA GRAN MENTIRA DE SARMIENTO





A unitarios y federales no los separó una polémica teórica por centralismo o descentralismo. Fue una división profunda: dos concepciones antagónicas de la realidad argentina, dos maneras opuestas de sentir la patria. Civilización y Barbarie, dice Sarmiento errónea pero elocuentemente. Los “civilizados” admiraban e imitaban a Europa y servían sus propósitos dominadores; los “bárbaros” descreían de las intenciones de los europeos y defendían obstinadamente a la Argentina. La patria de los unitarios no estuvo en la tierra, ni en la historia, ni en los hombres; era la Libertad, la Humanidad, la Constitución, la Civilización: valores universales. Libertad para pocos, humanidad que no se extendía a los enemigos, constitución destinada a no regir nunca, civilización foránea La patria compatible con el dominio extranjero que encontramos en todas las colonias.
Federal en el habla del pueblo, equivalía a argentino. El grito ¡Viva la Santa Federación! significaba vivar a la Confederación Argentina. La patria era la tierra, los hombres que en ella habitaban, su pasado y su futuro: un sentimiento que no se razonaba, pero por el cual se vivía y se moría. Defender la patria de las apetencias extranjeras era defenderse a sí mismo y a los suyos: conseguir y mantener un bienestar del que están despojados los pueblos sometidos.
Comprender es amar; incomprender es odiar. Unitarios y federales separados tan profundamente formaron dos Argentinas opuestas y enemigas. De allí el drama argentino. Una minoría por el número, pero capacitada por su posición económica y social – una oligarquía en términos políticos – formó el partido unitario. La mayoría popular, el federal. No hubo, en este último, “clase dirigente” que pudiera tomar los destinos de la patria. Faltaba el ingrediente primario; el patriotismo, para construir la Gran Nación por los unitarios. Faltaba la capacidad técnica para formar un elenco, a los federales.
Pero desde 1835 la Confederación Argentina toma aspecto y conciencia de Nación. Las Provincias Unidas de 1816 o la República de Rivadavia en 1826 haba sido un caos de guerras internas, ensayos constitucionales, fracasos exteriores, sometimiento económico, pobreza interior, que llevaron a la disgregación de la patria de 1810. En 1831 las trece provincias que agrupa Rosas en el pacto Federal dejan el instrumento de la nacionalidad; desde 1835, la férrea mano del Restaurador construye la nación, paso a paso, lentamente, llevándose por delante los intereses internos y los apetitos exteriores.
Obra personal, es cierto, porque sólo había un Gran Pueblo y un Gran Jefe, y se carecía de un conjunto de hombres capaces, consagrados y plenamente identificados con su patria para formar un equipo homogéneo. La verdad es que la poderosa personalidad del Restaurador y su enorme capacidad de trabajo eran toda la “administración” en la Argentina de 1835 a 1852.
Un gran pueblo y un gran jefe no bastan para consolidar una gran política. Pero Rosas no podía sacar de la nada una clase dirigente con sentido patriótico. Por eso fue derrotado.
Por la Confederación Argentina, por el pueblo federal, por el sistema americano, jugó Rosas su fama, fortuna y honra, aún sabiendo que habría de perderlas. Las perdió, como necesariamente tenía que ocurrir. “Creo haber llenado mi deber – escribió la tarde de Caseros con absoluta tranquilidad de conciencia –, si más no hemos hecho en el sostén sagrado de nuestra independencia, es que más no hemos podido”. La Argentina no pudo cumplir su destino en 1852. Y no lo podrá mientras no eduque una clase directora con conciencia de su posición. Los hombres providenciales serán relámpagos en su noche.

TRATADO DE LA TRIPLE ALIANZA


1. La República Oriental del Uruguay, Su Majestad el Emperador del Brasil, y la República Argentina contraen alianza ofensiva y defensiva en la guerra provocada por el gobierno del Paraguay.

Art. 2. Los aliados concurrirán con todos los medios de que puedan disponer, por tierra o por los ríos, según fuese necesario.

Art. 3. Debiendo las hostilidades comenzar en el territorio de la Rca. Argentina o en la parte colindante del territorio paraguayo, el mando en jefe y la dirección de los ejércitos aliados quedan a cargo del Pdte. de la Rca. Argentina y general en jefe de su ejército, brigadier don Bartolomé Mitre. Las fuerzas navales de los aliados estarán a las inmediatas órdenes del Vice Almirante Visconde de Tamandaré, comandante en jefe de la escuadra de S.M. el Emperador del Brasil. Las fuerzas terrestres de S.M. el Emperador del Brasil formarán un ejército a las órdenes de su general en jefe, el brigadier don Manuel Luís Osorio. A pesar de que las altas partes contratantes están conformes en no cambiar el teatro de las operaciones de guerra, con todo, a fin de conservar los derechos soberanos de las tres naciones, ellas convienen desde ahora en observar el principio de la reciprocidad respecto al mando en jefe, para el caso de que esas operaciones tuviesen que pasar al territorio oriental o brasileño.

Art. 4. El orden interior y la economía de las tropas quedan a cargo exclusivamente de sus jefes respectivos. El sueldo, provisiones, municiones de guerra, armas, vestuarios, equipo y medios de transporte de las tropas aliadas serán por cuenta de los respectivos Estados.

Art. 5. Las altas partes contratantes se facilitarán mutuamente los auxilios que tengan y los que necesiten, en la forma que se acuerde.

Art. 6. Los aliados se obligan solemnemente a no deponer las armas sino de común acuerdo, y mientras no hayan derrocado al actual gobierno del Paraguay, así como a no tratar separadamente, ni firmar ningún tratado de paz, tregua, armisticio, cualquiera que ponga fin o suspenda la guerra, sino por perfecta conformidad de todos.

Art. 7. No siendo la guerra contra el pueblo paraguayo sino contra su gobierno, los aliados podrán admitir en una legión paraguaya a todos los ciudadanos de esa nación que quisieran concurrir al derrocamiento de dicho gobierno , y les proporcionarán los elementos que necesiten, en la forma y condiciones que se convenga.

Art. 8. Los Aliados se obligan a respetar la independencia, soberanía e integridad territorial de la Rca. del Paraguay. En consecuencia el pueblo paraguayo podrá elegir el gobierno y las instituciones que le convengan , no incorporándose ni pidiendo el protectorado de ninguno de los aliados, como resultado de la guerra.

Art. 9. La independencia, soberanía e integridad territorial de la República, serán garantizadas colectivamente, de conformidad con el articulo precedente, por las altas partes contratantes, por el término de cinco años.

Art. 10. Queda convenido entre las altas partes contratantes que las exenciones, privilegios o concesiones que obtengan del gobierno del Paraguay serán comunes a todas ellas, gratuitamente si fuesen gratuitas, y con la misma compensación si fuesen condicionales.

Art. 11. Derrocado que sea el gobierno del Paraguay, los aliados procederán a hacer los arreglos necesarios con las autoridades constituidas, para asegurar la libre navegación de los ríos Paraná y Paraguay, de manera que los reglamentos o leyes de aquella República no obsten, impidan o graven el tránsito y navegación directa de los buques mercantes o de guerra de los Estados Aliados, que se dirijan a sus respectivos territorios o dominios que no pertenezcan al Paraguay, y tomarán las garantías convenientes para la efectividad de dichos arreglos, bajo la base de que esos reglamentos de política fluvial, bien sean para los dichos dos ríos o también para el Uruguay, se dictarán de común acuerdo entre los aliados y cualesquiera otros estados ribereños que, dentro del término que se convenga por los aliados, acepten la invitación que se les haga.

Art. 12. Los aliados se reservan concertar las medidas más convenientes a fin de garantizar la paz con la Rca. del Paraguay después del derrocamiento del actual gobierno.

Art. 13. Los aliados nombrarán oportunamente los plenipotenciarios que han de celebrar los arreglos, convenciones o tratados a que hubiese lugar, con el gobierno que se establezca en el Paraguay.

Art. 14. Los aliados exigirán de aquel gobierno el pago de los gastos de la guerra que se han visto obligados a aceptar, así como la reparación e indemnización de los daños y perjuicios causados a sus propiedades públicas y particulares y a las personas de sus ciudadanos, sin expresa declaración de guerra, y por los daños y perjuicios causados subsiguientemente en violación de los principios que gobiernan las leyes de la guerra. La Rca.Oriental del Uruguay exigirá también una indemnización proporcionada a los daños y perjuicios que le ha causado el gobierno del Paraguay por la guerra a que la ha forzado a entrar, en defensa de su seguridad amenazada por aquel gobierno.

Art. 15. En una convención especial se determinará el modo y forma para la liquidación y pago de la deuda procedente de las causas antedichas.

Art. l6. A fin de evitar discusiones y guerras que las cuestiones de límites envuelven, queda establecido que los aliados exigirán del gobierno del Paraguay que celebre tratados definitivos de límites con los respectivos gobiernos bajo las siguientes bases: La República Argentina quedará dividida de la República del Paraguay, por los ríos Paraná y Paraguay, hasta encontrar los límites del Imperio del Brasil, siendo éstos, en la ribera derecha del Río Paraguay, la Bahía Negra. El Imperio del Brasil quedará dividido de la República del Paraguay, en la parte del Paraná, por el primer río después del Salto de las Siete Caídas que, según el reciente mapa de Mouchez, es el Igurey, y desde la boca del Igurey y su curso superior hasta llegar a su nacimiento. En la parte de la ribera izquierda del Paraguay, por el Río Apa, desde su embocadura hasta su nacimiento. En el interior, desde la cumbre de la sierra de Mbaracayú, las vertientes del Este perteneciendo al Brasil y las del Oeste al Paraguay, y tirando líneas, tan rectas como se pueda, de dicha sierra al nacimiento del Apa y del Igurey.

Art. 17. Los aliados se garanten recíprocamente el fiel cumplimiento de los acuerdos, arreglos y tratados que hayan de celebrarse con el gobierno que se establecerá en el Paraguay, en virtud de lo convenido en este tratado de alianza, el que permanecerá siempre en plena fuerza y vigor, al efecto de que estas estipulaciones serán respetadas por la Rca. del Paraguay. A fin de obtener este resultado, ellas convienen en que, en caso de que una de las altas partes contratantes no pudiese obtener del gobierno del Paraguay el cumplimiento de lo acordado, o de que este gobierno intentase anular las estipulaciones ajustadas con los aliados, las otras emplearán activamente sus esfuerzos para que sean respetadas. Si esos esfuerzos fuesen inútiles, los aliados concurrirán con todos sus medios, a fin de hacer efectiva la ejecución de lo estipulado.

Art. 18. Este tratado quedará secreto hasta que el objeto principal de la alianza se haya obtenido.

Art. 19. Las estipulaciones de este tratado que no requieran autorización legislativa para su ratificación, empezarán a tener efecto tan pronto como sean aprobadas por los gobiernos respectivos, y las otras desde el cambio de las ratificaciones, que tendrá lugar dentro del término de cuarenta días desde la fecha de dicho tratado, o antes si fuese posible.

En testimonio de lo cual los abajo firmados, plenipotenciarios de S.E. el Presidente de la República Argentina, de S.M. el Emperador del Brasil y de S.E. el Gobernador Provisorio de la República Oriental, en virtud de nuestros plenos poderes, firmamos este tratado y le hacemos poner nuestros sellos en la Ciudad de Buenos Aires, el 1º de Mayo del año de Nuestro Señor de 1865

25 DE MAYO DE 1810


Fervor patriótico. Ansias de dejar atrás la colonia. Una plaza llena, una llovizna, paraguas que se alzan. En los pechos, en los sombreros, las cintas celestes y blancas que reparten, animosos, French y Beruti. Un pueblo que golpea a las puertas del recinto y alguna voz que expresa a todos: Queremos saber de qué se trata. Detalles más, detalles menos, esta es la historia del 25 de Mayo impresa en la memoria de los argentinos con la fuerza de las estampas escolares.Toda comunidad tiene su mito de origen. El punto en el que empiezan a recorrer juntos la historia. El mito no tiene por qué estar estrictamente ajustado a la realidad: su función es ser un factor de unión. Pero tampoco es necesario que todo lo que en él se afirma sea falso. La plaza, las cintas, el pueblo... ¿qué es mito y qué es realidad? Los historiadores consultados tienen algunos puntos de acuerdo, pero también disidencias:El 25 de mayo de 1810 estaba el pueblo en la plaza.Había poca gente -dice Fermín Chávez- y eran empleados públicos, preocupados por sus trabajos. Al pueblo no habían llegado las últimas noticias, que hablaban de la caída de la Junta de Sevilla.Eran pocos -coincide Félix Luna- los que estaban en la calle, no más de 100. La burguesía estaba en el Cabildo y serían unas 400 personas.La idea de pueblo -amplía María Sáenz Quesada- no era la de una multitud. Había gente curiosa y otra que había sido convocada, acaudillados por Domingo French. Esa gente, el 22 había tenido una actitud amenazante hacia los del partido realista. Eran lo que hoy llamaríamos cuadros políticos.El 25 de Mayo -dice Patricio Clucellas- hubo tres actas. En la de la renuncia de Cisneros se habla de presión de la plaza. Y de interrupciones a las deliberaciones.La gente -dice María Elena Infesta- eran los regimientos que se habían formado con las invasiones inglesas.Del Cabildo -explica Marcela Ternavasio- sólo podían participar quienes tuvieran condición de vecinos, es decir: casados, afincados y arraigados. No asistieron más de 200. Los que estaban en la plaza eran, además de los vecinos, gente de los arrabales o los considerados bajo pueblo, sectores reclutados por French y Beruti.Ternavasio agrega: Tomás Guido, un testigo, escribió: Los ciudadanos de todas condiciones acudían de tropel atraídos por la novedad. Las tropas permanecían en los cuarteles. El pueblo aguardaba impaciente. Quien más énfasis pone en la presencia del pueblo en la plaza es Bartolomé Mitre. Pero en su historia también puede advertirse que lo que constituía una presencia verdaderamente amenazante era la potencial movilización de las milicias, dominadas por el sector patriota.Se repartieron cintas celestes y blancas.Fermín Chávez dice que no: Las cintas eran blancas y rojas, simbolizaban la unión y la lucha.María Elena Infesta también cree que fueron de estos colores, pero que el celeste y el blanco se empezaron a usar después, cuando el ejército de la revolución entró al interior y tuvo que diferenciarse de los realistas. En Mayo no se pensaba en un distintivo porque la idea no era separarse de España.Eran cintas blancas -dice Félix Luna-, las más fáciles de conseguir.María Sáenz Quesada remite a una investigación de Roberto Marfany y afirma: eran blancas, con un retrato de Fernando VII. Se trataba de impedir el avance francés sobre colonias españolas. Y se da la división entre españoles y criollos, el tema era quiénes iban a tomar el gobierno.Ternavasio muestra las memorias de Cornelio Saavedra: La plaza de la Victoria estaba toda llena de gente ya con la divisa en el sombrero de una cinta azul y otra blanca. La historiadora afirma: Hay una carta firmada C.A. que habla de cintas blancas y celestes, cuyos pedazos se reparten a los jóvenes.Llovía y la gente fue con paraguas.En algo hay coincidencia: llovía. La carta de C.A. (algunos creen que se trata de Cosme Argerich) cuenta: La tarde ha estado lluviosa y a la noche ha continuado lo mismo.Infesta especula: Entraba tanta mercadería de contrabando que no sería raro que hubiera habido paraguas.María Sáenz Quesada agrega: En el archivo de Martín Thompson hay documentos de la introducción de cargamentos de paraguas ingleses, de manera legal.Clucellas dice que en una de las actas levantadas ese día se menciona la lluvia.Se gritó: El pueblo quiere saber de qué se trata.Parece que fue así. En la versión de Mitre -dice Ternavasio- lo hicieron French y Beruti.Clucellas vuelve a sus fuentes: En las actas del día se dice que de afuera venían golpes y se gritaba esa frase. La frase figura en actas.Sáenz Quesada, en cambio, dice que no hay testimonios, pero es creíble, responde a un ritual que ya había comenzado en otros puntos de América, con repiques de campanas, el pueblo irrumpiendo con reclamos...Los revolucionarios conspiraban en la jabonería de Vieytes.Fue un lugar de reunión, dice Chávez. Existía, se hacían reuniones y, como se estaba conspirando contra funcionarios de la Corona, es de creer que fueran reuniones clandestinas, dice Infesta.La jabonería existió, pero en la Semana de Mayo las reuniones fueron en la casa de Rodríguez Peña; allí se tomaron las decisiones. Justamente, quien urgió a Saavedra a tomar una decisión fue Casilda Igarzábal de Rodríguez Peña.

ROSAS Y LA REPUBLICA INDEPENDIENTE DE RIO GRANDE


La provincia de San Pedro de Río Grande – conocida como Río Grande del Sur – había sido una preocupación constante de las autoridades brasileñas desde que en 1815 se deslizara, a través de las no bien delimitadas fronteras, la prédica artiguista sobre independencia, gobiernos populares y federación de Pueblos Libres. Los ríograndenses, sobre todo los habitantes de la campaña, tenían mucho de común con los pobladores rurales de las Provincias Unidas del Plata: eran gaúchos, tan de a caballo como los gauchos de las cuchillas orientales o de la pampa occidental; vestían bombachas (como los uruguayos y entrerrianos), en vez del chiripá de los porteños, pero usaban el lazo con igual destreza, bebían mate y expresaban en un portugués de acento sudista, giros de lenguaje curiosamente semejantes. Hasta su manera de combatir era, como aquellos, el clásico entrevero de la “montonera” : grupos de jinetes cargando de sorpresa, para desbandarse y rehacer el ataque inmediatamente.

En 1835, se inicia en Río Grande la guerra separatista de los farrapos o faroupilhas (harapos, harapientos) que durará diez años. El jefe de la insurrección en Bento Gonçalvez da Silva, en todo un caudillo rioplatense : estanciero de pocas palabras y letras, su gran prestigio – por sereno, valiente y servicial – estuvo entre los gaúchos de la campaña que no entre los doctores y comerciantes de Porto Alegre y las ciudades de la costa; y se entendió mejor con los estancieros como él que gobernaban en el Plata, que con los políticos y cortesanos de Río de Janeiro Su gran defecto, el mismo de tantos caudillos argentinos, fue su bondadosa ingenuidad.

Los gaúchos, la gran mayoría de la provincia, fueron el fermento y el apoyo de la revolución : por eso se la llamó despectivamente de los farrapos. Sólo una minoría de habitantes de las ciudades, apoyados en funcionarios y militares imperiales, permaneció leal a la unidad brasileña : se les dijo caramurús, como a los portugueses de los tiempos coloniales.

La insurrección del “continente” – nombre familiar de Río Grande – fue precedida por un acercamiento de los farrapos con los orientales y argentinos; pues nada querían saber aquéllos con Río de Janeiro, extraña por cortesana y alejada por la distancia, y mucho los acercaba en cambio a sus vecinos del sur: las estancias ganaderas de Río Grande poco tenían de común con las fazendas y engenhos del norte donde se plantaba y elaboraba el azúcar y el café. Era otra manera de vivir, y tal vez por eso, esos otros ideales, otra mentalidad.



Federación con los Estados del Plata.



La idea de separar a Río Grande de Brasil y federarlo con las repúblicas del Plata cunde hacia 1882. En esos años vivía desterrado en Cerro Largo, en el Estado Oriental del Uruguay, cerca de la frontera con Río Grande, un viejo revolucionario pernambucano – el padre Caldas – quien en 1825 fuera uno de los promotores de la fracasada Confederación del Ecuador, la cual mantuvo por algún tiempo, la independencia del Imperio. La animosidad del padre Caldas contra Brasil y la monarquía lo llevará a poner en contacto a Bento Gonçalvez con Lavalleja, el héroe de los 33 orientales contra la dominación brasileña. Por medio de Lavalleja, Gonçalvez establece comunicación con Rosas, gobernador de Buenos Aires. En 1834 – Rosas había dejado el poder, pero era grande su prestigio en la provincia y en la Confederación Argentina – un emisario de Gonçalvez, Antonio Pauso de Fontoura, va a Buenos Aires a entrevistar al Restaurador porteño y pedirle su apoyo para insurreccionar Río

Grande. Rosas habría contestado que éste no faltaría...

"... desde a hora em que os liberaes do Continente erguessem uma bandeira que traduzisse por manera inilludivel as suas efeectivas aspiraçoes políticas.” (1)

En otras palabras que apoyaría a los insurrectos de Río Grande, si éste se independizaba de Brasil.

Los contactos habrían seguido durante 1835; el historiador riograndense Walter Spalding afirma que ese año la esposa de Lavalleja, Ana Monterroso, actuaba en Porto Alegre como agente de Rosas. (2)

Hasta 1834 había existido un obstáculo para el levantamiento. Fructuoso Rivera ocupaba la presidencia del Estado Oriental y estaba vinculado a los caramurús, especialmente al general Bento Manuel Ribeiro, jefe imperial de la provincia. Era imprescindible para los farrapos la pérdida de influencia de Rivera. En 1834 cuando es Presidente Manuel Oribe, y ha roto estrepitosamente con su antecesor (Rivera debe correr a refugiarse cerca de Bento Manuel), parece llegado el momento del estallido. Gonçalvez sondea a Oribe, quien promete su apoyo con esperanzadas palabras :

“... unidas las dos repúblicas de Uruguay y Río Grande, formarían un coloso capaz de resistir la totalidad de las falanges brasileñas.” (3)



El 20 de septiembre de 1885 se inicia la revolución, de apariencia inocua en su etapa inicial: deponer al Presidente de la provincia, amigo de los caramurús, y sustituirlo por el vicepresidente simpatizante con los farrapos. Gonçalvez habla en sus proclamas del “trono constitucional” y de la “integridad del imperio”. Pero Rosas y Oribe saben a qué atenerse. El primero

– desde abril es nuevamente gobernador de Buenos Aires y jefe virtual de la Confederación Argentina – instruye a los gobernadores de Entre Ríos y Corrientes por circular reservada (según informa un agente imperial)...

“... previniéndoles que conviene a los intereses de la Confederación que triunfe el coronel Bento Gonçalvez, y que para ese efecto espera de los dichos gobernadores que presten directamente la cooperación que les fuere posible, y muy particularmente para vigilar que no pase de dichas provincias ningún hombre que pueda tener parte a favor del Ecmo. Señor general Bento Manuel.” (4)



Independencia de Río Grande. (1836).



Las primeras acciones bélicas no son felices para los revolucionarios. En junio de 1836 el mayor caramurú Manuel Márquez de Souza, consigue, por un audaz golpe de mano, apoderarse de Porto Alegre, la capital de la provincia que estaba en poder de los farrapos desde la iniciación de la lucha; ya no volverá a recaer en los insurrectos. A su vez Bento Manuel, reforzado con tropas llegadas de Río de Janeiro y protegido por la escuadra imperial de Juan Pascual Grenfell, apresa el 2 de octubre en Fanfa a Bento Gonçalvez y al ideólogo de la revolución, el conde italiano Tito Livio Zambecarri.

Tal vez para levantar el entusiasmo o para erguir la bandera inilludivel exigida por Rosas, el coronel revolucionario Souza Netto había proclamado el 11 de septiembre, después de derrotar a una partida imperial en Seival, la “República Independiente de Río Grande”. No obstante el apresamiento de Gonçalvez, el 6 de noviembre se instala en forma solemne en la villa de Piratinim el “Congreso Nacional” de la nueva República, que dispone el aparato exterior de un estado soberano : bandera (oro y verde, atravesada en diagonal por la franja punzó de Artigas), escudo, constitución, representantes diplomáticos, etc. Gonçalvez es elegido presidente, reconociéndolo caudillo de Río Grande no obstante su prisión; en su ausencia ejercerá un vicepresidente.

Poco antes de la instalación del Congreso (14 de octubre), el comandante de las fuerzas revolucionarias Joao Manuel de Lima é Silva (hermano del ex Regente del Imperio, general Francisco de Lima é Silva, y tío del futuro duque de Caxias, Luis de Lima é Silva), escribe a Rosas :

“En nome dos Livres desta parte de América reclamo de V. Excia. que se ha sempre rapresentado como o denodado Deffensor da systema federativo, sua enérgica e valiosa protecçao. Nao consintió V. Excia, que os retrógados unitarios tryumphem dos Livres federais riograndenses.

V. Excia. nao ignora a protecçao que Fructuoso Rivera e seus complices tem escandalosmante dado ao traidor Bento Manuel. E os maiores compions da monarchia no Brasil, quanto a sorte desde provincia se acha ligada ao Estado vizinho.

Finalmente Senhor : A independencia do Río Grande do Sul, é a Federaçao com esse Estado, está solememente proclamada pelas forças liberaes que se achao em campo. Protegea V. Excia., e a causa da Razao e da Justica tryumphará, e o nome de V. Excia. será repetido com a gratidao e respeito de que se torna credor o Protector da independencia da Republica da Río Grande.” (5)



El 14 de noviembre el ministro de Relaciones Exteriores de la nueva República, José Pinheiro de Ulhoa Cintra, envía a Buenos Aires al médico José Carlos Pinto portando a Rosas la comunicación oficial de la independencia. Lo acredita también...



“... para tratar com essa Republica negocios, que nao só direm respeitos de reconhocimento de sua independencia e soberanía, mas tambem a boa amizade e recíprocos intereses d’ambos Estados.” (6)

Pero Rosas, envuelto en la guerra con Bolivia, no puede tomar en 1836 una actitud definida de protección a Río Grande, que lo llevaría a una guerra formal con el Imperio. Se limita a recibir “particularmente” a Pinto, y a ofrecerle bajo cuerda la ayuda posible.



Cambio de frente. (marzo de 1837).



Fructuoso Rivera, como lo anuncia Lima é Silva en su carta a Rosas, era enemigo de los farrapos y amigo de los caramurús. En la misma posición estaban los emigrados argentinos en Río Grande pertenecientes al partido unitario, entre ellos Lavalle. Tanto Rivera como Lavalle tomaban parte en la guerra riograndense a las órdenes de Bento Manuel.

Manuel tiene un plan para sujetar a los poderosos amigos de los farrapos: apoyar con las fuerzas imperiales a Rivera para que recobre el poder en la República Oriental; luego ayudar a los unitarios para derrocar a Rosas. En enero de 1837 le da los medios de invadir el Uruguay y derrocar a Oribe, porque según informa el jefe caramurú a Río de Janeiro :

“... aposandose o general Rivera do mando da República, fará cesar a protecçao que presentemente se acorda aos rebeldes dos quaes he odiado; é como tem absolutamente rompido com o Governo de Buenos Aires, de neccesidade lhe hé de manter a melhor harmonía com o Brasil afim de poderse sustentar.” (7)

Trescientos hombres juntan Rivera y Lavalle con la ayuda de Manuel, No son muchos, pero están bien pertrechados y sus proyectos son ambiciosos : apoderarse de la República Oriental, desde allí proteger a los caramunús, y luego, con el apoyo del imperio, tentar la insurrección unitaria en la Argentina.

Aun no habían cruzado la frontera cuando se produce un cambio radical en la guerra de los farrapos : Manuel, disgustado con el Imperio, se pasa con su ejército a los republicanos y jura fidelidad al Río Grande Independiente (marzo de 1837). Significa la victoria para éstos. Junto con Manuel, Rivera y Lavalle se encuentran inesperadamente convertidos de caramurús en farrapos. Alarmado Rosas hace interrogar a Pinto por su ministro Felipe Arana sobre los alcances de la conversión del general imperial y sus aliados a la causa de Río Grande; Pinto elude y trata de “afeitar todas as suspeitas de existencia de humas mínimas relaçoes com os inimigos da Santa Causa da Federaçao”.(8)

Las cosas se presentan mal para el Imperio. En noviembre Gonçalvez escapa de su confinamiento en el Fuerte do Mar de Bahía y consigue volver a Río Grande a ponerse al frente de la República. Al mismo tiempo llega un italiano de espíritu aventurero y rara habilidad, a quien Gonçalvez propusiera ejercer el corso con la bandera independiente. Es José Garibaldi. Al poco tiempo se ha hecho de una escuadrilla y siembra el terror en la laguna dos Patos.

La causa comprometida, ahora está fuerte. En 1889 Garibaldi por agua, y el general farrapo David Canabarre por tierra, se apoderan de la provincia de Santa Catalina; la independizan de Brasil con el nombre de República Juliana, y la federan a Río Grande.

La conversión de Manuel provoca un vuelco en la actitud de los farrapos hacia la Confederación y el Estado Oriental. Manuel convence a Gonçalvez que es preferible la alianza de Rivera y Lavalle, que la federación con Rosas y Oribe. Aquellos dependerían de Río Grande que los ayudará a tomar el gobierno, mientras éstos se cobrarían su apoyo preponderando en la nueva república; es mejor ser acreedor que deudor. José Mariano de Mattos, dirigente de la masonería de Río Grande y partidario de la nueva política, ocupa el ministerio de Relaciones Exteriores : el 21 de agosto de 1838 firma en Cangüe, con Andrés Lamas, representante de Rivera, y Martiniano Chilavert de Lavalle, un curioso tratado de ayuda militar y política. Río Grande apoyaría a Rivera y a Lavalle, y éstos a su vez a los farrapos.(9)



Tratado de Cangüe. (21 de agosto de 1836)



Rivera se compromete...

“Art. 1º – ... a hacerse elegir y proclamar por el pueblo oriental, en el más corto espacio de tiempo posible, Presidente de la misma República empleando toda su influencia.

“Art. 2º – Se obliga... a no descender jamás de la silla de Presidente sin pasar a ocupar inmediatamente el cargo de Comandante general de campaña, a fin de que pueda suceder a su turno a su propio sucesor... y así sucesivamente pasando de Presidente a Comandante y de Comandante a Presidente, por todo el tiempo que dure la actual guerra de independencia gloriosamente sustentada por el pueblo riograndense.

“Art. 3º – ... Río Grande se obliga a mantener con todas sus fuerzas y recursos, aún cinco años después de conquistada y reconocida la independencia... la influencia y preponderancia política del general Rivera en el Estado Oriental.”



No tenía grumos la tinta de los diplomáticos de Cangüe. Por la influencia de Manuel y de Mattos, los farrapos trocaban el claro apoyo de Rosas y Oribe – que llevaba a una federación o íntima alianza de los Estados del sur de América – por el engañoso de Rivera y los unitarios argentinos. La promesa de una “Federación del Uruguay” (comprensivo de Río Grande, el Estado Oriental, las provincias argentinas de Entre Ríos, Corrientes y Misiones, y tal vez el Paraguay) a constituirse con predominio de los farrapos, fue alentada por Rivera y Lavalle.

La “Federación del Uruguay” empezó en 1839; terminaría en Paysandú en 1842.



Fructuoso Rivera.



Iniciada con el apoyo imperial, continuada con el farrapo, la revolución de Rivera se impondría solamente por la ayuda francesa.

Francia, en conflicto con la Confederación Argentina desde fines de 1837, había bloqueado el puerto de Buenos Aires. Pero Rosas no parecía dispuesto a doblegarse ante los gabachos, y el bloqueo se prolongaba. El almirante Leblanc necesita una base de operaciones en el Río de la Plata, y por pronta providencia se apodera de Martín García después de vencer la resistencia de la guarnición Argentina. Pero no basta la posesión de la isla y solicita, en forma amenazadora, que las presas del bloqueo puedan venderse en Montevideo y Colonia. Oribe se niega invocando la neutralidad oriental en el conflicto franco-argentino. (10) El almirante dispone la eliminación del obstinado y su reemplazo por Rivera, más complaciente. Sus emisarios tienen en Santa Lucía una entrevista con éste, que ha iniciado ya la invasión del territorio oriental. Le facilitarán dinero y armas a cambio de su promesa de cooperar en la guerra contra la Argentina.(11) No por recibir ayuda, más o menos secreta, de farrapos y franceses, queda satisfecho Rivera; secretamente se pone en contacto con los agentes imperiales y les urge dinero a cambio de no cumplir sus compromisos de Cangüe. El caramurú Pedro Fernández Chávez lo provee en abundancia.(12)

Vencido por el bloqueo que el almirante Leblanc impone a los puertos uruguayos, y derrotado por Rivera en Palmar, Oribe se encuentra obligado a abandonar Montevideo y refugiarse en territorio argentino. Antes hace formal protesta por “la actitud francesa”. Rivera pasa a ocupar el gobierno de hecho del Estado Oriental. Llegaba comprometido más o menos secretamente con todo el mundo : unitarios argentinos, farrapos riograndenses, imperiales brasileños, franceses. Se habría ligado al mismo demonio si lo hubiera encontrado cerca de Montevideo con las faltriqueras bien provistas. A Fernández Chávez, el delegado imperial, lo ha convenciáo diciéndole que...

“...as circumstancias o tinham feito sucesivamente caramurú o farouphilha pará tirar de uns o outros. Pero seus sentimentos, comtudo, fóram sempre a favor dos legalistas, por causa dos quaes tiveram, em partem, suas desavenencas com Oribe.” (13)



Como informa éste a Río de Janeiro.

Tiraba de todo. Sacaba francos al cónsul francés para preparar la guerra contra Rosas, y reis a Río Grande y Brasil para ayudar o exterminar, indistintamente, a los farrapos o a los caramurús. “Que insaciavel sede de dinheiro!” (14) exclamará, harto de sus apetencias, el nuevo diplomático imperial

en Montevideo Almeida de Vasconcellos. Se comprometía con todos, para no hacer nada a favor de ninguno. Francos y reis salían de sus manos pródigas, apenas llegados, para correr a las ávidas de sus amigos sin que adelantaran los preparativos de su campamento en Durazno ¡ Cómo debió reírse en la intimidad el taimado caudillo de los macacos y gabachos que pretendían untarle la lanza en sus respectivos provechos! ¡Y de qué manera superlativa de los cajetillas que diariamente escribían en las gacetas de Montevideo que el riverismo era la “causa de la civilización”, de Lerminier, Lerroux, Massini y otros gringos!

Firmaba todo lo que le trajeran porqué no daba importancia a papeles y o palabras. Con tal de llegar con dinero, todo comisionado era bien recibido en Durazno. Una noche del carnaval de 1839 fueron a su campamento el doctor Andrés Lamas y el cónsul francés Aimé Roger llevándole nada menos que la declaración formal de guerra contra la Confederación Argentina. Rivera, que estaba en un baile vestido de moro, la firmó sin leer y sin sacarse los guantes, y volvió al baile. No tenía intención de cumplirla porque había hecho proposiciones a Rosas, por medio del cónsul inglés Hood y de don Joaquín Muñoz, para pasarse a sus filas si se le mandaba el dinero suficiente; en prenda de lo cual hostilizaba la expedición “libertadora” que los franceses preparaban en Martín García bajo el mando de Lavalle. Rosas que tenía otra calidad de carácter contestó a los correveidiles con un seco Jamás trataré con Rivera.



Se afirma la política antirrosista en Río Grande.



No se hace el cambio total en la orientación de los farrapos después de la conversión de Manuel, sin que ocurran algunos episodios sospechosos. El 19 de agosto de 1837 es entregado a los imperiales el comandante Lima é Silva, partidario de la federación con la Argentina y enemigo decidido de los unitarios y de Bento Manuel. Unos días después es misteriosamente asesinado por la guardia que lo conducía. El 10 de mayo de 1839 parte en misión al Paraguay el prestigioso riograndense Antonio Manuel Correa de Cámara (que fuera en 1822 Encargado de Negocios del Imperio en Asunción) a fin de gestionar del Dr. Francia, Presidente Supremo de Paraguay, el reconocimiento de la nueva república. Como no es recibido por éste (15), va a la Argentina a negociar la federación. Carece de instrucciones precisas, pero ha de valerse de sus amplios poderes para iniciar las conversaciones con los gobernadores de la Confederación. Desde San Roque (Corrientes) escribe a Juan Antonio Romero, gobernador de Corrientes.

“Revestido de todos os poderes da joven Republica Riograndense, eo los tinha para ós por em evidencia antes de a confisçao de huma convençao ou tratado que tivesse por objecto constituir a Republica alliada ou federada a Nacçao Argentina.” (16)

Pone al tanto a Romero de las intrigas que ocurren en Piratinim y han demorado el paso. Mattos es “masón” y “unitario“, y estos “continuam a levar pelo cabresto a inorante bonhomía e naturale simplicidade da Presidente Gonçalvez”.(17)

En el mismo sentido escribe al general Pascual Echagüe, gobernador de Entre Ríos.

Correa da Cámara procura terminar con los “masones” y “unitarios” de Piratinim, y federar Río Grande a la Argentina. Llega a escribirle, desde San Roque, en ese sentido, a Bento Manuel el 15 de agosto de 1839. El mismo día Mattos envía a Cámara su cesantía “por sus originalidades”. La política “unitaria” de Manuel se afirma en Río Grande. El despechado comisionado remite a Rosas los documentos de su misión. (18)



Congreso de Paysandú. (octubre de 1842).



Después de su apogeo en 1839, la revolución de Río Grande empieza a declinar. La República Juliana tiene una efímera vida de cuatro meses, pues la antigua Santa Catalina será prontamente reconquistada por los imperiales. En 1840 Bento Manuel, en otra de sus rápidas y originales conversiones, abandona a los farrapos resentido por no encontrar el puesto a que se consideraba acreedor; promete formalmente, no obstante, no tomar las armas a favor de los imperiales. Por esa defección los farrapos pierden la posesión de la ribera y se constriñen a defenderse en el interior. El 18 de septiembre de 1841 Garibaldi, tal vez porque la pérdida de la costa impide sus expediciones de corsario, escapa hacia Montevideo y desde allí se disculpa con el Imperio y obtiene su perdón. Ofrecerá luego sus servicios y su escuadrilla corsaria para hostilizar a la Confederación Argentina, que Rivera acepta complacido.

No obstante la defección de Manuel, Rivera sigue apoyándose en los farrapos. Estos al verle consolidado en la presidencia oriental le exigen que cumpla sus promesas de Cangüe, y retribuya en algo los beneficios recibidos.

El hábil Pardejón,(19) consigue convencerlos una vez más, en el pacto de San Fructuoso (28 de diciembre de 1841), que la salvación de la República independiente está en la caída de Rosas y la Federación del Uruguay. En consecuencia el general farrapo Souza Netto se pone a sus órdenes con una división (18 de enero de 1842) que toma parte en la batalla de Sauce Grande. También le llega dinero para separar las provincias litorales argentinas de la Confederación.

Los franceses, hartos de gastar francos y no sacar nada, han acabado por hacer la paz con la Confederación Argentina (octubre de 1840). Lavalle abandonado por los franceses en su expedición “libertadora”, ha sido derrotado por Oribe en Quebracho Herrado y Famaillá,, y acaba muriendo misteriosamente en una casa de Jujuy (8 de octubre de 1841). El ejército de Oribe se dirige hacia el litoral, donde el gobernador Ferré de Corrientes y Juan Pablo López, de Santa Fe, mantienen la resistencia antirrosista.

Gonçalvez empieza a desconfiar de Rivera y sus promesas de triunfo. Exige, o poco menos, que éstas se materialicen en algo concreto. Un día del mes de septiembre de 1842 se presenta en persona en el campamento de Rivera : las cosas no pueden seguir así, el mantenimiento del aliado inmóvil costaba a los farrapos más que su mismo frente de guerra. Es cierto que en Cangüe se había firmado la ayuda a Rivera “hasta cinco años después de llegar a la presidencia”, pero no había que exagerar. El farrapo se obstina en pasar revista a los gobernadores argentinos que Rivera dice tener bajo su influencia, y para quienes sacaba continuamente dinero y armas de Río Grande.

Rivera hace en Paysandú un engaño semejante al de Santa Lucía, años atrás, para extraerle dinero a los franceses. Prepara un desfile de gobernadores. Cita por circular a los de Corrientes, Entre Ríos, Santa Fe y “autoridades del Paraguay”. Paraguay no contesta; Entre Ríos y Santa Fe han sido ocupadas por Oribe. Pero Rivera no es hombre de achicarse y presenta formalmente a Rento Gonçalvez al general Paz y a Mascarilla López (20) como gobernadores de Entre Ríos y Santa Fe; también a don Pedro Ferré, de Corrientes, el único efectivo de la reunión.

De ese congreso de Paysandú integrado por tres gobernantes efectivos (Gonçalvez, Rivera y Ferré), y dos in partibus (Paz y López), surge el “protocolo” del 14 de octubre, para formar...



“... un todo compacto... para el buen éxito de la lucha contra el tirano, Juan Manuel de Rosas... bárbaro opresor de aquella República (la Argentina), cuyas libertades y organización eran el fin que tenían al combatir.” (21)



Confirmando lo resuelto anteriormente en Galarza por Rivera y Ferré, se ratifica el mando del ejército de la “Federación del Uruguay” a Rivera. El general Paz comprende entonces, después de verse preferido por Rivera, que “los intereses argentinos no están consultados”, y dispone “separar mi persona (ni provincia ni ejército tenía) de la lucha”, como dice.(22) Se va a Montevideo a denunciar a las autoridades imperiales la presencia del farrapo en la reunión. Que por supuesto no había pasado inadvertida a éstas.

Gonçalvez no firma el protocolo de Paysandú, pues se lo convence de mantenerse al margen hasta la victoria final para evitar conflictos con Brasil. Con la comedia de Paysandú el ingenuo presidente de Río Grande queda satisfecho del prestigio de su protegido de Cangüe y San Fructuoso, que podía llamar ante sí a tres gobernadores argentinos.



Tratado del 24 de marzo de 1834.



Poco después de la conferencia de Paysandú, Rivera es completamente derrotado por Oribe en Arroyo Grande, territorio argentino de Entre Ríos (diciembre). La presencia de Gonçalvez en Paysandú y la derrota de Rivera, deciden al gabinete imperial (Honorio Hermeto Carneiro Leao, Rodríguez Torres, etc.) a un cambio en su política rioplatense. La esperanza de recuperar el Estado Oriental, o impedir la influencia argentina, deben ceder ante la perspectiva más inmediata de perder definitivamente a Río Grande.

En marzo de 1843, Honorio ofrece a Guido, ministro argentino en Río de Janeiro, una formal alianza para terminar conjuntamente, Rosas y Brasil, con farrapos, unitarios y Rivera. Guido asiente con entusiasmo, pues la propuesta llegaba en un momento difícil para Rosas amenazado de una intervención anglofrancesa. Con la alianza brasileña se aleja la posibilidad de la ingerencia europea, se afianza a Oribe para recuperar el Estado Oriental y se concluye el foco de propaganda y acción antirosista de Montevideo. En cambio, ¿qué arriesgaba Rosas? Contribuía a terminar con los farrapos, ya abiertos enemigos suyos y aliados de Rivera y los unitarios.

Las bases propuestas por Honorio a Guido consisten en una acción común contra Rivera y los farrapos, dando preponderancia a la ingerencia brasileña en Río Grande, y a la argentina en el Estado Oriental. Guido no lo piensa mucho: la alianza le parece tan favorable a los intereses políticos de Rosas, significaba de manera tan elocuente la consolidación definitiva de gobierno y la influencia argentina en la Banda Oriental que, con premura, redacta el proyecto. Este dispone la “alianza ofensiva y defensiva de la Confederación Argentina y el Imperio de Brasil” empleándose...



“.. todas sus fuerzas de mar y tierra contra los rebeldes de San Pedro del Río Grande, y contra el poder y autoridad que ejerce Fructuoso en la República Oriental...

“Las fuerzas argentinas en territorio brasileño serían mandadas por el jefe del ejército imperial, y las brasileñas en territorio oriental por el jefe de las fuerzas de la Confederación...

“Terminada la guerra... no será permitido a Bento Gonçalvez ni a los otros jefes rebeldes residir en el territorio oriental ni en la Confederación Argentina. El gobierno imperial se compromete igualmente a expulsar del territorio brasileño a Fructuoso Rivera y otros jefes que indicará el gobierno de la Confederación Argentina. Los demás asilados no podrán residir en territorio brasileño a menos de 200 leguas de la frontera...

“Se firmará a la mayor brevedad posible el tratado definitivo de límites.” (23)



Honorio, jefe de gabinete y ministro de Negocios Extranjeros de Brasil, encuentra conforme el proyecto; y como espera oponer a Inglaterra un frente unido argentino-brasileño, se apresura a firmarlo el 24 de marzo. Guido, por la misma urgencia, lo hace sub sperati de la aprobación descontada de Rosas. Es remitido con urgencia a éste. Y sin aguardar su respuesta el emperador lo ratifica. (27 de marzo)



Rosas rechaza la alianza. (abril).



Con sorpresa para todos, Rosas lo rechaza. El 18 de abril devuelve el tratado a Guido porque...



“... sin la concurrencia del Gobierno Oriental (Rosas reconocía como tal a Oribe) aparecería humillada la Suprema autoridad legal de aquella República, y violada su soberanía e independencia.” (24)



La actitud de Rosas ha sido juzgada diversamente. El brasileño Pandiá Calógeras, sin ir más allá de su ventaja inmediata para Rosas y la “ofensa al emperador” que había ratificado el convenio, dice :



“fue un gran error del gobierno argentino... En 1848 Brasil admiraba a Rosas y acreditaba que le merecía confianza. Después del rechazo del tratado, además de la ofensa no provocada que se hacía a nuestro país, tornábase público el malquerer de nuestro vecino para con nosotros. Era, pues, mera prudencia natural las consecuencias... si el tratado hubiera sido ratificado por el Dictador argentino, probablemente el orden se habría restablecido al poco tiempo evitándose las cosas que llevaron a la guerra de 1852.” (25)



El punto de vista oriental lo da Luis Alberto de Herrera :



“Gesto internacional de singular gallardía y lealtad, cumplido sin el menor aparato, con toda naturalidad, cual es la ley de las relaciones honorables... Nada pesó el interés material frente al derecho público; inadmisible que los fronterizos dispusieran del destino oriental sin previa anuencia... Dígase lo que se quiera, lo cierto es que el tratado propiciado por el Imperio vulneraba nuestra soberanía, disminuía nuestra personalidad : a lo que la Confederación Argentina no se prestó.” (26)



Rosas conocía bien la vieja altivez de la tierra de Artigas Imponiendo con ayuda brasileña un gobierno amigo en Montevideo – por más que fuera el “gobierno legal” expulsado por los franceses en años anteriores –, levantaría en contra suya y de la Confederación el susceptible espíritu de independencia uruguaya. Y Rivera, que por dinero se había entregado a todos los extranjerismos, vería caerle inesperadamente en las manos la bandera de la defensa de la soberanía oriental, mientras Oribe, expulsado en 1838 por defender la libre determinación de su pueblo, aparecería como instrumento de una pacificación resuelta desde afuera.

La herida uruguaya sería difícil de cerrar, y alejaría para siempre la posibilidad de formar entre los estados del Plata un bloque sólido de mutua comprensión y común respeto. El carácter férreo de Rosas, su escaso temor ante las complicaciones internacionales (aunque vinieran en forma de una intervención de Inglaterra y Francia), le permitían trazar con seguridad las líneas de su política sin modificarlas por las conveniencias del momento.

Los gobernadores brasileños comprendieron quién era Rosas, y el gran peligro que encerraba su política. Comprendieron que su decantada “ambición” no lo llevaba a reconstruir el virreinato del Plata como decían los unitarios, apoderándose con mayor o menor prepotencia del Uruguay, Paraguay y Bolivia. Que trazaba algo más seguro y definitivo : la solidaridad de los estados surgidos del tronco español, en igualdad de posiciones, respetando sus autonomías y defendiendo sus personalidades. Eso era el sistema americano del que hablaban sus gacetas.

Comprendieron que Rosas, al rehusar el espléndido regalo del Estado Oriental que le hacía intencionalmente Brasil no era un Santa Cruz de Confederaciones endebles como la Perú-Boliviana recientemente caída con estrépito. El creador de la Confederación Argentina era un político de largas vistas, coraje, patriotismo y habilidad. Un hombre así al frente de las repúblicas del Plata (a las cuales, tal vez, se añadiera Río Grande), significaría tarde o temprano la caída del Imperio y la disolución de la unidad brasileña, o por lo menos su pérdida de gravitación en el continente. Desde entonces la política imperial tendrá como finalidad la caída de Rosas. Iba en el juego la existencia de Brasil y de la institución monárquica.



Fin de la República Independiente de Río Grande. (febrero de

1845).



La tendencia argentinista, se mantenía entre los viejos farrapos, pese a las complacencias del gobierno de Gonçalvez con Rivera. Antonio Paula de Fontoura, que fuera en 1834 el primer comisionado de Gonçalvez ante Rosas, ocupaba en 1842 el ministerio de Hacienda de la república. Renunciará el 12 de diciembre de ese año, al conocer el verdadero objeto del viaje del presidente a Paysandú. Llevado por su carácter impulsivo llega a llamarle mulato a José Mariano de Mattos, a quien considera responsable de la orientación política antirrosista.(27) Poco después Fontoura aparece misteriosamente asesinado en las calles de Alegrete, por entonces capital de la República (8 de febrero de 1843).(28)

La resistencia de los farrapos se derrumba después del asesinato de Fontoura. Desde septiembre del año anterior, Luis de Lima é Silva, conde de Caxias, había sido nombrado jefe de las fuerzas imperiales que operaban contra los revolucionarios. En diciembre ha ofrecido a Bento Manuel – a quien asciende a Mariscal – un puesto en el ejército de los caramurús: no obstante su promesa de neutralidad, Manuel lo acepta. Las derrotas de los revolucionarios se suceden : en marzo de 1843 son vencidos en Cima da Sena, en mayo en Poncho Verde. En agosto, Gonçalvez, acusado de complicidad en la muerte de Fontoura, debe renunciar a la presidencia; Canabarro toma el mando militar de la expirante República.

Caxias ofrece una paz honrosa. No habrá vencedores ni vencidos si los rebeldes reconocen al emperador y acatan a las autoridades imperiales. Mientras se delibera, Mattos se hace apresar (junio de 1844) por el jefe caramurú “Chico Pedro” (Francisco Pedro de Abreu), llamado el Cid Riograndense, el destemido guerrilheiro (imperial). En octubre Vicente Fontoura, hermano de Paulo, es comisionado por los farrapos para negociar las definitivas condiciones de paz. Conferencia con Caxias en Bagué; las propuestas son aceptables : a nadie se perseguirá por la rebelión, los rebeldes serán admitidos en la guardia nacional, ejército de línea y en los cargos públicos, en el mismo pie que los leales. El 10 de noviembre regresa Fontoura al campamento de Canabarro en Porongos, y el Congreso de Río Grande acepta las condiciones; el comisionado parte a Río de Janeiro para hacerlas ratificar por el gabinete. Las operaciones militares quedan detenidas. Los farrapos son dueños del interior y los caramurús de la costa, posiciones que no han variado mayormente en los años de lucha. Aprovechando la tregua, Chico Pedro cae sorpresivamente sobre el campamento de Canabarro y se da el gusto de destrozar al último ejército republicano. Caxias lo desaprueba con estrépito, pero el destemido guerrilheiro con sus fuerzas irregulares está bajo el control del jefe imperial. Será premiado con un título de nobleza : barón de Sacuhy.

Fontoura regresa con la paz y una amplia amnistía (enero de 1845). En Río de Janeiro quieren terminar cuanto antes la guerra, pues las relaciones con la Confederación Argentina se encuentran tirantes. El vizconde de Abrantés ha partido a Londres y París a gestionar su intervención contra el Plata. En la proclama de paz, Sanchara anuncia la inminente guerra contra los castelhanos como motivo de la pacificación :



“Um poder estranho ameaça a integridade da Imperio, e tao estólida ousaria jamaís deixaria de écoar nos coraçoes brasileiros. O Río Grande nao será o theatro de sus iniquidades, e nós partilharemos a gloria de sacrificar os ressentimentos criados ao furor dos partidos, ao bem geral do Brasil.” (29)



Párrafo sin duda introducido por Caxias, como prenda de brasileñismo de los farrapos. Los caramurús quisieron celebrar en Porto Alegre un te-deum por la victoria. Caxias les niega permiso, y hace rezar en cambio un solemne funeral “por todos los caídos en la lucha”. Gesto hábil que le valdrá el nombre de Pacificador.

MORAL DE SEÑORES Y MORAL DE BURGUESES


El pacto feudal producía recíprocos derechos y obligaciones: el vasallo debía entregar parte del producido de la tierra al señor, y este proteger la vida y haciendas de aquel. De allí que al señor se lo educara para la guerra, pues hacer la guerra era su oficio natural. Por eso la esencial virtud señorial fue el coraje: desde niño se le enseñaba a templar sus nervios asistiendo a batallas y familiarizándose con la muerte; de hombre acababa de adquirir un completo dominio sobre el miedo en arriesgadas cazas de jabalí o en los torneos caballerescos. Y mientras los juegos señoriales le creaban las condiciones físicas del coraje, juglares y troveros preparábanle el espíritu cantando, para su ejemplo, las estupendas hazañas de los Amadís o Pentapolines cuyos brazos invencibles se encontraban siempre al servicio de Dios y de los débiles.

La vida del señor era perpetuo combate hasta que flaqueara el vigor de su brazo o se mostrara esquiva la suerte de las armas. El señor valía más cuanto menor fuera su capacidad de miedo. Si no podía dominar sus nervios, si en el combate el temor trababa sus acciones, era mejor que buscara en la meditación o en el claustro un oficio mas de acuerdo a espíritus pacíficos y reflexivos.

El honor señorial consistía en ser valiente, leal y generoso. Era la suya una interpretación heroica de la moral cristiana. Valía el valor, y esta palabra ha llegado a nosotros con el doble significado de coraje y medida de todas las cosas. Valía la lealtad, en ese mundo feudal de contratos verbales y de obligaciones imprescriptibles. Valía el desprendimiento y la generosidad, pues el oro fue siempre un medio, nunca un fin.

Fuera de eso despreciaba todo lo demás: jugábase la vida en cada lance de guerra, tirando el dinero que jamás le faltó ni le sobraba tampoco. Odiaba, con todo el odio de su corazón generoso, a los infieles que no creían en su Dios, a los herejes que lo interpretaban torcidamente o a quienes le disputaban su tierra o su dama y todos quienes – como sus vecinos los burgueses – no ponían como el, su honor en el coraje o daban la vida para defender a los débiles, eran objeto de su altivo desprecio.

Esos amores y esos odios, esas admiraciones y esos desprecios señalaban la pauta de la conducta señorial. Era esta una moral que toleraba el despanzurramiento de un burgués para destinar a mejor provecho el oro de sus talegas, pero que tachaba inexorablemente a quienes dieran la menor muestra de flaquear el coraje, o no tuvieran el valor de atenerse a la palabra empeñada.

Diferente al señor, el burgués ajustaba su conducta a otras normas. Lo que valía para el era el oro, y su educación utilitaria le enseñaba a conseguirlo y atesorarlo. Todo giraba en el burgo alrededor del dinero, y el joven dependiente aprendía en la barraca desde niño la calidad y el precio de las mercaderías. Y al anochecer volaba su imaginación escuchando en la trastienda mencionar las grandes fortunas acumuladas por los Fugger germánicos, o las andanzas productivas de algún Polo viajero, que recorriera las islas misteriosas donde se daban las especias valiosísimas.

De la misma raíz latina – honos – nos han llegado dos palabras, que no obstante ser sinónimas, suenan distintas a nuestros oídos: honor y honra. El honor es señorial; la honra, burguesa. El caballero jugaba su honor allí donde el mercader no ponía su honra, y a la inversa. Así como en los castillos señoriales hablábase del honor de quién jamás rehuyó un combate; en los burgos mercantiles tratábase de honrado al rico, al hombre práctico que entregó su vida a la labor remunerativa.

El burgués odiaba la guerra. La odiaba porque no podía compartir sus entusiasmos, porque temía sus saqueos , y porque no habiendo educado sus nervios, ni precisado hacerlo, sentía miedo en los combates. Además odiaba todo lo que perturbara su trabajo, pues para el mundo empezaba y concluía en su barraca. El “burgo” era solo una prolongación de su comercio teniendo como única misión la de alquilar mercenarios para la custodia de sus negocios y hacienda.

De esos dos mundos tan distintos, desprendíanse dos morales diferentes, dos maneras diversas de valorar la conducta: uno era el mundo del coraje , el otro el del oro. Uno era el combate , el otro la diaria labor; uno era la guerra, el otro la paz. Aquel la fidelidad, la generosidad, la valentía; este la temperancia, el trabajo el ahorro.

Estas dos morales no son pasibles de comparación valorativa. Son dos escalas apoyadas en bases diferentes, irreductibles por lo tanto la una en la otra. La conducta era distinta según se apreciara con criterio señorial o con criterio ciudadano. Visto en señor, el burgués era un sujeto sórdido y cobarde, que falto de coraje, recurría a su oro para suplirlo. Juzgado en burgués el señor era un bribón y un indolente que, necesitado de oro, se valía de su coraje para obtenerlo.

No fueron estas las únicas tablas de valores en el complejo mundo medieval. El artesano del burgo, “de pequeña burguesía”, no apreciaba tanto el oro como la fama de su industria: el maestro no era fuerte en coraje ni en dineros, sino en destreza. Otro valor: lo bello constituía el meridiano de su moral. En esos maestros de talleres medioevales latía el espíritu que habría de producir, años mas tarde, la magnífica eclosión del renacimiento: los artesanos tornaron en artífices; los artífices en artistas. La ética confundíase con la estética.

La belleza material en los talleres, la belleza espiritual en las universidades. La armonía del silogismo en los maestros de las escuelas corrió pareja con lo acabado de las formas materiales de los maestros de las artes. También, para mayor analogía, las universidades medioevales fueron organizadas como corporaciones, donde al taller se le llamaba aula, facultad al gremio y discípulos a los aprendices. Un viejo valor – la inteligencia – se mantiene en las silenciosas bibliotecas de los conventos o en las boardillas obscuras de los alquimistas o en las heladas terrazas de los astrónomos. Valer es saber, con inteligencia – intus legere - leer adentro de las cosas

Y otra escala distinta trajo Francisco de Asís enseñando que había un coraje más fuerte que el caballeresco, un tesoro mas rico que el dinero, una belleza mas hermosa que la armonía de las formas, y una sabiduría mas profunda que la ciencia de Aristóteles: que era la bondad, el supremo valor de los actos humanos. Con esa escala de valores los hermanos mínimos se lanzan – harapientos y mendigos – por los caminos de Europa a enseñar que lo bueno es lo que vale.

TENIENTE CORONEL CLAVERO


Los investigadores no han sabido hasta ahora cuando y donde nació Francisco Clavero. Debió ser en Buenos Aires en los primeros años del siglo XIX. Sabemos que su hogar fue muy humilde, de “orilleros” tal vez, que le trasmitieron junto con el amor irreprimible por la patria, el culto al coraje y la desconfianza por los doctores que gobernaban a espaldas del pueblo.
Siendo niño integra en 1813 el cuerpo de Granaderos a Caballo que San Martín formaba en la plaza del Retiro. Aprendió junto al gran Capitán la disciplina militar y fue su bautismo de sangre San Lorenzo. Ya no abandonó a San Martín. En 1817 está en Mendoza en el ejército de los Andes; cruza la cordillera con la división de Soler y su comportamiento en Chacabuco le merece las jinetas de cabo no obstante su corta edad. Se bate en los alrededores de Talcahuano, está en Cancha Rayada y en Maipú, y con la presilla de sargento va con San Martín al Perú, para volver de allí convertido en oficial de caballería.
En 1826 lo encontramos como capitán de milicias rurales combatiendo con los indios en los cantones fronterizos de Buenos Aires. Allí conoció y trató a Juan Manuel de Rosas, comandante general de milicias de Buenos Aires en 1827 y no se separó de él, con el mismo apego que tuvo a San Martín hasta que el libertador dejó la patria. Como capitán de milicias combate a las órdenes de Rosas contra los revolucionarios unitarios de 1828, y asiste a la capitulación de Lavalle – que tal vez fuera su jefe en Perú – en la estancia de Miller, en Cañuelas, el 24 de junio de 1829.
En diciembre de 1829 Rosas ocupa el gobierno de Buenos Aires y nombra a Clavero su ayudante mayor, con el grado de capitán de línea (enero de 1830). En abril de 1831 es jefe de una compañía en el regimiento de Patricios Libertos a caballo, escolta del gobernador. Al año siguiente, no bien Rosas deja el gobierno, Clavero pide su traslado a la frontera. En 1833 como jefe de una compañía de Blandengues, acompaña a Rosas en le campaña del desierto. Terminada esta en 1834, queda en Bahía Blanca, entonces un fortín avanzado sobre tierra que había sido de los indios. Tiene el grado de Mayor.
Entre 1834 y 1848 cumple distintas comisiones en los fortines de campaña y destacamentos rurales. Su gran conocimiento de la tropa, veteranía sobre los indios y la lealtad federal probada lo hacían un elemento precioso en las filas del ejército-. En junio de 1848 Rosas lo lleva junto a sí, designándolo en la División Escolta de Palermo de San Benito. Como Mayor del Escolta, desfila junto a Rosas en la última parada militar del Restaurador del 9 de julio de 1851, cuando ya había empezado la guerra con Brasil y sus auxiliares argentinos. El 3 de febrero (de 1852), toma parte en la batalla de Caseros, siempre en el regimiento Escolta que Rosas había puesto a las órdenes de un prestigioso Coronel de filiación unitaria, pero cuyo acendrado patriotismo lo obligó a ofrecerse al gobierno de su patria en su lucha contra el imperio y su aliado Urquiza: el Coronel Pedro Díaz.
Derrotado Rosas, Clavero pide su baja, que Urquiza no acepta porque prefiere mantener en el ejército a oficiales federales. Clavero fue destinado nuevamente a las guarniciones rurales, encontrándose en mayo y junio de ese año en los Dragones del Sud con asiento en Chascomús. Toma parte con su regimiento en la revolución del coronel Hilario Lagos en diciembre de 1852 que intenta refirmar la divisa federal. Con Lagos sitia Buenos Aires y con Gregorio Paz derrota en San Gregorio el 22 de enero de 1853 a quienes venían a levantar el sitio. Cuando el dinero de la máquina de imprimir de la casa de la moneda de Buenos Aires compra a la mayoría de los sitiadores, y Urquiza escapa en un buque norteamericano después de entregar los ríos como premio por su salvación, Clavero se retira al interior.
En 1856 lo encontramos en San Rafael (Mendoza), como segundo jefe del 3 de caballería, revistando como teniente coronel.
En 1861 acompaña al gobernador de San Luis, Juan Saá, en su misión a San Juan. Los liberales (nuevo nombre que han tomado los unitarios) han separado al gobernador José Virasoro con sus amigos y parientes, inaugurando el reino de la libertad masacrándolos implacablemente. No le parece el procedimiento correcto al Presidente Santiago Derquí, que manda como interventor a Saá. Como los liberales sanjuaninos acumulan armas - mandadas por los liberales porteños – y recurren a la leva (incorporación forzada al ejército) “para defender a la provincia”, Saá ha debido acompañarse de algunos regimientos nacionales. Entre ellos va el 3 de caballería a las órdenes de Clavero.
El gobernador revolucionario de San Juan, el Dr. Antonino Aberastain, intenta resistir en la Rinconada del Pocito (11 de enero de 1861), pero su tropa se le desbanda y es capturado. Clavero, en cumplimiento de órdenes recibidas, hace fusilar al responsable del asesinato de Virasoro y los suyos. Desde entonces Aberastain será “el mártir del Pocito” y Clavero su indigno y cruel asesino. Sin embargo Clavero pidió un consejo de guerra para juzgar su conducta, y este – reunido en Paraná, capital de la confederación – lo absolvió de cualquier culpa.
El 17 de setiembre de 1862, Francisco Clavero toma parte como coronel en la batalla de Pavón. No obstante encontrarse victoriosas las tropas nacionales y derrotadas las del “Estado” de Buenos Aires que comandaba Mitre (cuya caballería se ha dispersado, ha perdido todo el parque de municiones y con el resto de sus tropas debe encerrarse en la estancia de Palacios esperando la propuesta de rendirse), Urquiza, - jefe del ejército Nacional – se retira con los regimientos entrerrianos “espantado por el encarnizamiento de la batalla”, pues al curtido veterano de cien hecatombes parece que se le ha despertado una sensibilidad de niña clorótica. El abandono de Urquiza permite a Mitre escapar de la estancia de Palacios junto al arroyo Pavón y esconderse en San Nicolás. Días después, seguro que Urquiza no volverá y los federales se han ido, festejará su única – y decisiva en nuestra historia – victoria militar.
A Clavero lo encontramos en noviembre del 61, en la provincia de Córdoba defendiéndola del avance de los “guías de la libertad” porteños, que a sangre y fuego imponían el liberalismo por el procedimiento, aconsejado por Sarmiento (en carta a Mitre de 20 de setiembre de 1861 – Archivo Mitre, tomo IX pag. 336 - ) de “no ahorrar sangre de gauchos, es abono útil que debemos a la tierra. La sangre es lo único que tienen de humano”. Derrotado Clavero en el Molino de López, cercanías de Córdoba, por tropas muy superiores, con sus últimos compañeros debió escapar a las tolderías Ranqueles, donde recibe la hospitalidad que los caciques brindan generosos a los perseguidos. Poco después, y siempre por tierra de indios de la cual era baqueano, Clavero pasa a Chile.
Poco tiempo dura su estadía en Chile. En mayo de 1863 el general Ángel Vicente Peñaloza ha dado su grito de guerra en los llanos de La Rioja contra los guías de la libertad, que hacían una “guerra de hermano contra hermano”. El caudillo solo pide que no se eche a los riojanos a los contingentes militares, y no se mande a las riojanas a los prostíbulos de los acantonamientos militares. Clavero cruza los andes para ponerse a sus órdenes.
En alguna otra ocasión narraremos las dos largas guerras del Chacho, terminadas con el asesinato del caudillo en Olta. Clavero, su compañero, gravemente herido es apresado por las fuerzas nacionales (junio de 1863). La circunstancia de encontrarse muy mal herido o tal vez su prestigio de viejo veterano de San Martín, hizo que no se lo fusilase, a pesar de condenado a muerte un consejo de guerra. Lo curioso es que se dio la noticia de su muerte “para escarmiento de bandidos”, pero no se le mató. Sarmiento, en uno de sus fugaces raptos de sinceridad, explica por que no ejecutó la sentencia “en un hombre herido de muerte”. Dice Clavero no era un salteador ni un encubridor, ni caudillo, ni gaucho malo. Era un veterano de los granaderos a caballo de San Martín, que a fuer de antiguo soldado y de valiente, había llegado a coronel al servicio de Rosas y de la montonera. (D.F.Sarmiento – Los Caudillos). Lo remitió a Mitre para que este lo fusilase si se animaba. Pero Mitre no se atrevió, y Clavero, en muy mal estado quedó en el Hospital de Hombres de la capital, pendiente siempre su condena a muerte.
Por el interior corrió la noticia que había muerto fusilado por Sarmiento en San Juan.
Llegó la noticia a Southampton y entristeció a Juan Manuel de Rosas. Este ya se había puesto en contacto con su jefe de escolta por intermedio de Josefa Gómez, escribiéndole el 7 de marzo de 1867: “...Al coronel Clavero dígale que no lo he olvidado, y no lo olvidaré jamás. Que Dios ha de premiar las virtudes de su fidelidad”, se lamenta de la muerte de su antiguo subordinado, encargando a Josefa Gómez depositar una flor en la tumba de su amigo leal “si era posible”.
En el verano de 1866-67 empieza la tremenda revolución de los colorados de Cuyo. Los contingentes amontonados en Mendoza para llevarlos a morir al Paraguay se subleva al grito de ¡Viva el Paraguay! ¡Viva la Unión Americana! ¡Muera Mitre sirviente de los Brasileros!. Los viejos federales – Juan y Felipe Saá, Carlos Juan Rodríguez, Juan de Dios Videla, el padre Castro Boedo – levantan la insignia punzó. Felipe Varela llega de Chile con un pequeño ejército, dos bocones (cañoncitos ligeros) y una banda de musicantes. Y establece su campamento en Jachal donde se le suman, montados y con caballo de tiro, los criollos de los alrededores. Mendoza, San Juan, San Luis y La Rioja reverdece al canto Montonero:



De Chile salió Varela

y vino a su patria hermosa

Aquí ha de morir peleando

Por Vicente Peñaloza”



Con los lánguidos compases de la zamba, que ha traído de Chile un grupo de músicos que vienen con Varela, cantan los montoneros el cruel destino de la patria, en la noche ardiente del verano cuyano. A veces lamentaban que no estuviese junto a ellos el bravo coronel “que en San Juan es sepultado”. En una de esas noches un forastero pide la guitarra. Es un hombre de setenta años, barba y melena blanca, cara cruzada de chirlos y cicatrices y el andar claudicante de quién ha sufrido heridas en las piernas. * No obstante, según dice la tradición, su porte es arrogante y su voz grave y segura. Puntea unos compases y canta:



Dicen que Clavero ha muerto

y en San Juan es sepultado

¡No lo lloren a Clavero;

Clavero ha resucitado!”



Es el coronel Francisco Clavero en persona, que al saber de la llegada de Varela, ha logrado escapar del Hospital de Hombres de Buenos Aires y pese a sus años y heridas viene a dar al pueblo su último aliento y así se hace conocer. Felipe Varela lo abraza emocionado, la montonera lo aclama.
Se incorpora al “Ejército de la Unión Americana”, con su grado efectivo de coronel de la Nación. Junto a Clavero, Varela toma parte en la ocupación de La Rioja y la tarde del 10 de abril de 1867 está en Pozo de Vargas en la última y desesperada carga de la montonera al compás de la zamba famosa de Vargas, que luego tendría letra puesta por los vencedores, mientras los vencidos cantarían:



“¡Sables contra fusiles!

¡Pobre Varela!

¡Que bien pelean sus tropas

en la humareda!

¡Otra cosa sería

armas iguales! ...



Nada más se sabe del coronel Clavero. ¿Habrá muerto en el Pozo de Vargas cargando contra la artillería y la infantería de Taboada oculta en el monte? ¿Cayó en la cruel retirada a Jachal? ¿En los difíciles tránsitos por la cordillera, tras el Quijote de los Andes (Varela), para sorprender Salta el 10 de octubre? ¿Acaso en la toma de esta? ¿O en el posterior exilio en Bolivia?. No se ha encontrado el diario de Felipe Varela, ni la nómina de sus jefes y oficiales, para saber su suerte. Lo cierto es que durante muchos años se esperó en los contrafuertes andinos el regreso del sargento de San Martín y coronel de Rosas. Muchos esperaban que en las noches de guitarreadas junto al fogón, viniera un forastero y tomando el instrumento volviera a decir como en Jachal:



“Dicen que Clavero ha muerto

y en San Juan es sepultado

¡No lo lloren a Clavero;

Clavero ha resucitado!”