lunes, 12 de noviembre de 2007

20 DE NOVIEMBRE, DIA DE LA SOBERANIA NACIONAL



El 20 de noviembre se recuerda el Aniversario de la "Guerra del Paraná" que diera lustre a nuestra Patria con los distintos hechos que marcaron significativamente nuestro pasado. Por eso el 20 de noviembre, aniversario del combate de Vuelta de Obligado, es para los argentinos el Día de la Soberanía.

Allí el 20 de noviembre de 1845 en las costas del Río Paraná, se batieron con alma y vida las tropas argentinas hasta quedar sin munición, y vencidos por la superioridad de las fuerzas invasoras, con armas de alta tecnología como los nuevos "barcos de guerra a vapor" y los cañones estriados de carga posterior. La Flota Inglesa al mando del Almirante Inglefield y la francesa al mando del almirante Lainé. Después del bombardeo y al desembarco, las cargas de bayoneta se repitieron y los principales jefes argentinos fueron heridos en combate. Los gritos de Viva la Patria se repetían y en medio del combate, la banda de Música del Regimiento Nº 1 de Patricios por orden del General Lucio Norberto Mansilla, tocó el Himno Nacional Argentino, coreado a gritos de rabia por los bravos que defendían la posición. Por eso el 20 de noviembre, recordamos en nuestra Patria, el 160º Aniversario del Día de la Soberanía Nacional ".

Fue una honrosa derrota de las Fuerzas de la Confederación Argentina , pero no fue el fin de la Guerra. La victoria de las Fuerzas Navales Franco-Inglesas fue un gran problema, porque forzaron el paso del Río Paraná y dominaron todo el río, para proteger sus buques mercantes, pero NO podían avanzar tierra adentro fuera de las costas, comerciando con sus cien buques cargados de mercaderías en los principales puertos de la Mesopotamia , el Paraguay y el Uruguay. Pero el sentimiento de toda la Nación Argentina se oponía a ello.

Soberanía Nacional que defiende el Brigadier Juan Manuel de Rosas, por la ambición desmedida de los Gobiernos de Gran Bretaña, de Francia y del Imperio de Brasil. Oportunidad donde se deshace: el proyecto de independizar la Mesopotamia (gestionado por los interventores extranjeros en el tratado de Alcarás, entre Urquiza y Jefes unitarios. Se termina la intervención naval Anglo-Francesa. Y poco después, el 13 de julio de 1846, Sir Samuel Tomás Hood, con plenos poderes de los gobiernos de Inglaterra y Francia, presenta humildemente ante Rosas "el más honorable retiro posible de la intervención naval conjunta". Que el Restaurador de las Leyes lo haría pagar en un bien ganado "precio de laureles". Donde finaliza la posibilidad de Intervenir al Paraguay, y que el Uruguay pase a ser una colonia francesa.

Previamente las potencias europeas se habían desligado del Imperio de Brasil y no le permiten intervenir en la contienda y las "utilidades comerciales" del ambicioso proyecto. Teniendo que definir la ocupación definitiva de las Misiones Orientales recién después de Caseros, con la colaboración de Urquiza, cuando derrotan al Gral Oribe en el Uruguay primero y a Rosas en la Confederación Argentina.

El anciano General San Martín desde Francia envió una carta a Rosas el 11 de enero de 1846, donde le escribía sobre: "… la injustísima agresión y abuso de la fuerza de la Inglaterra y de la Francia contra nuestro país…. ". Tal fue su sentimiento que en carta anterior a la contienda, ofreció su espada y que se subordinaba a Rosas para combatir al enemigo que acechaba y atacaba a nuestra Patria.

El fin de la Guerra del Río Paraná se logró luego de la derrota de los invasores el 4 de Junio de 1846 en el combate en "El Quebracho", lo que llevaría al cese de las hostilidades por parte de Gran Bretaña y luego Francia y el posterior reinicio de las relaciones comerciales y amistosas con la Confederación Argentina , y con el Brigadier General Juan Manuel de Rosas, defensor de la Soberanía Nacional.

San martin y el Bloqueo anglofrances.

Un prominente comerciante inglés, Jorge Federico Dickson, dirigió una respetuosa carta al Gral. San Martín requiriendo su opinión sobre la invasión anglofrancesa al Río de la Plata, sabiendo el comerciante que la opinión del Libertador, reconocido militar americano autoexiliado en Europa, tendría enorme influencia en las legislaturas de ambos países agresores y en la opinión pública, y desalentaría las intenciones de los más belicistas (en noviembre ya se había producido la guerra del Paraná y se temía una invasión terrestre). San Martín no perdió el tiempo y le contestó a dicho comerciante el 28 de diciembre de 1845 con el siguiente análisis:

“...Bien es sabida la firmeza del carácter del Jefe que preside la República Argentina...con siete u ocho mil hombres de caballería...fuerza que con gran facilidad puede mantener el General Rosas, son suficientes para tener en un cerrado bloqueo terrestre a Buenos Aires, sino también impedir que un ejército europeo de 20.000 hombres, salga a más de treinta leguas de la capital, sin exponerse a una ruina completa por falta de recursos, tal es mi opinión y la experiencia lo demostrará a menos (como es de esperar) que el nuevo ministro inglés, no cambie la política seguida por el precedente...”.

Esta carta a Dickson, como era de esperar, provocó un gran revuelo. En carta a Guido del 10 de mayo de 1846 le expresa:

“...ya sabía la acción de Obligado, de todos los interventores habrán visto por este echantillon que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que el abrir la boca...”



Vuelta de Obligado
(Alfredo Zitarrosa)

Noventa buques mercantes,
veinte de guerra,

vienen topando arriba
las aguas nuestras.

Veinte de guerra vienen
con sus banderas.

La pucha con los ingleses,
quién los pudiera.

Qué los parió los gringos
una gran siete;
navegar tantos mares,
venirse al cuete,
qué digo venirse al cuete.

A ver, che Pascual Echagüe,
gobernadores,

que no pasen los franceses
Paraná al norte.

Angostura del Quebracho,
de aquí no pasan.

Pascual Echagüe los mide,
Mansilla los mata.
(Alfredo Zitarrosa)

"Guerra del Paraná" por la Soberanía Nacional

En enero de 1845 Francia e Inglaterra deciden la intervención militar a la Confederación Argentina , y que debían adoptar la insólita forma de una impuesta "mediación" forzosa.

Gran Bretaña designó como "mediador" a Sir William Gore Ouseley, quien fue el primero en partir en el vapor de guerra "Firebrand". Francia nombró al Barón Deffaudis, partidario del Ministro Thiers y de brillante actuación en México cuando el conflicto con Francia de 1838. Ouseley llegó a Montevideo el 27 de abril de 1845 y algo después arriba Deffaudis al Plata. Los "mediadores" se apoyaban en imponentes escuadras navales de guerra. La Inglesa al mando del Almirante Inglefield y compuesta por nueve buques a vela y tres vapores de guerra, con 136 cañones último modelo estriados y de retrocarga "Peysar".

La Francesa al mando del Almirante Lainé, se componía de 3 grandes fragatas, cinco corbetas y bergantines a vela y dos vapores de guerra, con 282 cañones-obuses estriados y de retrocarga "Paixhans" que disparaban balas de 80 libras .

El 12 de mayo Ouseley, presentó una nota amenazante al gobierno de Buenos Aires, reclamándole el cese de la guerra en la Banda Oriental y el retiro de tropas y fuerzas navales.

El 17 de junio ambos comisionados ordenaron la inmediata suspensión de hostilidades en el Uruguay.

El 21 de Julio los ahora "interventores" presentan un "ultimátum" a Rosas. Conceden 10 días para el retiro de tropas argentinas y el retiro de los barcos de Brown de Montevideo.

El 22 de julio la marinería anglo-francesa desembarca en el Uruguay para reforzar las defensas de Montevideo. El 2 de agosto la Flota Naval franco-inglesa captura la escuadra de río del Alte Brown, quien había recibido órdenes expresas de "evitar todo incidente y no abrir el fuego".

Era la guerra disfrazada de mediación.

Ante ese hecho Juan Manuel de Rosas elevó los antecedentes a la Legislatura de Buenos Aires, que lo autorizó "para resistir la intervención y salvar la integridad de la patria". Ouseley y Deffaudis recibieron pasaportes para salir de Buenos Aires. La guerra había empezado.

El 30 de agosto, después del bloqueo naval de los puertos del General Oribe, Colonia del Sacramento es saqueada por Garibaldi y los mercenarios extranjeros contratadas por los unitarios. El 5 de setiembre le toca el turno a Martín García, el 20 a Gualeguaychú y a fines de octubre a Salto. Sólo Paysandú resistió los embates del aventurero italiano y evitó su saqueo y depredación.

El 13 Rosas suspende los pagos de los bonos de la deuda externa (incluidos los pagos a la Casa Baring Brothers de Londres).

El 17 de octubre Rosas ordena al embajador argentino en Londres Dr Manuel Moreno que reclame enfáticamente y si no tiene respuesta satisfactoria que exija sus pasaportes.

El 18 se concreta el bloqueo naval de todos los puertos argentinos.

El restaurador logra el apoyo del cuerpo diplomático extranjero en Buenos Aires, incluso del francés M. Mareuil, y de unos 15 mil residentes galos y británicos, que firman un petitorio solicitando la No intervención.

El 20 de octubre Sir William Gore Ouseley informa al Foreing Office sobre: "El reconocimiento del Paraguay como nación Independiente, conjuntamente con el posible reconocimiento de Entre Rios y Corrientes y su erección en Estados Independientes, asegura la navegación del río Parana y del río Paraguay"

(John F. Cady – "La intervención extranjera en el Río de la Plata " – Ed Losada.)

El 23 se retira del país el embajador francés (firmante del petitorio a favor de Rosas)

Los "interventores" recibieron refuerzos en barcos y en hombres, al llegar el Regimiento Británico Nº 45 y muy pronto tras la Flota Naval Conjunta, se reunieron más de 90 navíos con mercaderías de diversas banderas, listos para vender en el litoral y en el Paraguay.

Para el desembarco los ingleses recibieron 600 infantes de marina y los franceses 200. También sumaron una Batería de cohetes a la Congreve. Y comenzaron la navegación, por el río Paraná. 160 años del Combate de "Vuelta de Obligado" – Día de la Soberanía Nacional "



La defensa de la "Vuelta de Obligado":

El Brigadier Gral Juan Manuel de Rosas, ordena organizarla sobre el río Paraná en el lugar denominado Vuelta de Obligado (San Pedro), donde las fuerzas al mando del Gral Lucio Norberto Mansilla habían fortificado la costa y colocado una fila de chalupas y pontones sosteniendo gruesas cadenas de costa a costa, para impedir el paso de los buques.





De buques de guerra se habían desmontado los cañones para la defensa, eran 5 baterías con un total de 30 cañones antiguos, lisos y de avancarga, con balas de calibres de 8 a 20 libras servidas por 100 artilleros al mando del Capitán de marina Thorne y lo protegían tropas de Infantería y de caballería para repeler posibles desembarcos.

El Regimiento Patricios al mando del Cnl Rodríguez, la caballería a cargo del Cnl Santa Coloma, los cuerpos de milicias rurales al mando del Tte Facundo Quiroga (el hijo del Tigre de los Llanos), fueron los más destacados. El 20 de noviembre el combate comenzó a las 8 de la mañana con intenso fuego de artillería desde los buques, los cañonazos se confundían con los gritos del paisanaje a órdenes de Mansilla, con vivas y cantos a la Patria.

La Banda militar de Patricios toca los compases del Himno Nacional que es coreado a grito pelado, mientras las muerte los rodeaba. A la tarde comenzó el desembarco de los invasores. Fueron quedando sin municiones y destruídas las baterías. La pelea se prolongó hasta caer la tarde y con lucha cuerpo a cuerpo, con contraataques de la caballería. Derrocharon heroísmo, dejando a sus jefes heridos, con 250 muertos (incluído el Héroe de la recuperación de Malvinas y Soldado de Patricios, el "gaucho" Antonio Rivero), y 400 heridos de un total de 2.160 combatientes criollos.

El parte de Batalla del Jefe Francés Trehouart a su gobierno, es el mejor homenaje e los héroes argentinos, que dice: "Siento vivamente que esta gallarda proeza, se halla logrado a costa de tal pérdidas de vidas, pero considerando la fuerte oposición del enemigo y la obstinación con que fue defendida la plaza, debemos agradecer a la Divina Providencia que no haya sido mayor".

Mientras el Almirante inglés Inglefield, en su informe de guerra lo califica, "Bizarro hecho de armas, desgraciadamente acompañado por mucha pérdida de vidas de nuestros marinos y desperfectos irreparables en los navíos. Tantas pérdidas han sido debidas a la obstinación del enemigo", informa a la Corona Inglesa el bravo marino.

Al amanecer del día siguiente continuaron su navegación por el Paraná. Los buques de guerra atacantes sufrieron serias averías y de los 90 mercantes que acompañaban la Flota , solo 52 pudieron pasar de inmediato, por el paso forzado. Comerciaron libremente con Entre Ríos, Corrientes y el Paraguay pero no estuvieron tranquilos, siendo atacados en forma contínua desde la costa.

" La Guerra del Paraná" se desarrolla, con los combates del 2 de enero de 1846 , el "2do encuentro de Vuelta de Obligado" con los argentinos al mando de Thorne, con artillería volante y lanceros de caballería que enfrentan el desembarco de 300 infantes de marina al mando del Cap Honthan, que continuará con los combates de "Tonelero" , "Acevedo" , "San Lorenzo" y la "Angostura del Quebracho", donde el 4 de junio de 1846 el Gral Mansilla los enfrenta nuevamente, desde la barrancas del Quebracho, al norte de San Lorenzo. Logrando una aplastante victoria argentina, que significa el fin de la aventura colonialista.

"Obligado" fue para Inglaterra y Francia, una victoria militar y una grave derrota política y comercial.

Consecuencias de la Guerra :

El Brigadier Juan Manuel de Rosas, defiende la Soberanía Nacional ante la ambición desmedida de los Gobiernos de Gran Bretaña, de Francia y del Imperio de Brasil.

Se opone e impide con las fuerzas que dispone, que las potencias realicen la "libre navegación" de los ríos interiores de la Confederación Argentina. Que las Grandes Naciones no puedan comerciar libremente con las Provincias Mesopotámicas, sin pagar impuestos ni hacer Aduana.

Hasta Caseros, la Confederación Argentina , no reconoció la Independencia del Uruguay y del Paraguay, la incorporación de las Misiones Orientales al Imperio del Brasil y la anexión del Brasil de grandes extensiones de territorio del Norte de Uruguay. ( ex -Misiones Jesuíticas gobernadas desde Buenos Aires antes y durante el Virreynato del Río de la Plata – "Los 30 Pueblos Jesuitas" - )

Finaliza el proyecto "secreto" de independizar la Mesopotamia (gestionado por los interventores de Francia e Inglaterra en el "Tratado de Alcarás", y firmado entre Urquiza y las Provincias mesopotámicas con acuerdo con los Jefes unitarios exiliados en el Uruguay y Brasil.

Se termina la intervención de las Fuerzas navales anglo-francesas, y poco después, el 13 de julio de 1846, Sir Samuel Tomás Hood, con plenos poderes de los gobiernos de Inglaterra y Francia, presenta humildemente ante Rosas: "el más honorable retiro posible de la intervención naval conjunta".

A lo que el Restaurador de las Leyes les haría pagar con un buen precio ganado, "en honores y de laureles":

- El fin del Bloqueo Naval de Francia e Inglaterra a los puertos argentinos.
- Devolver la Flota Argentina capturada.
- Devolver la Isla Martín García.
- Saludar la Bandera Argentina con 21 cañonazos, por parte de cada una de las Flotas intervinientes.
- Reconocer la Soberanía Argentina y la NO navegación de los ríos interiores.

Finaliza la posibilidad de Intervenir al Paraguay, y que el Uruguay pase a ser una colonia francesa. Las potencias europeas alejan la posibilidad de la ingerencia del Imperio del Brasil.

Es el momento del máximo poder interno y de la admiración de los pueblos de América y de Europa, hacia el Brigadier General don Juan Manuel de Rosas.

"A aquellos argentinos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su Patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempo de la dominación española; una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer." (Carta de San Martín a Rosas. 10 de Junio de 1839).
(Eduardo Jara - Periodista)

En marzo de 1849, Rosas contestó una carta al Libertador en los siguientes términos:

"Nada he tenido más a pecho en este grave y delicado asunto de la intervención, que salvar el honor y dignidad de las repúblicas del Plata, y cuando más fuertes eran los enemigos que se presentaban a combatirlas, mayor ha sido mi decisión y constancia para preservar ilesos aquellos queridos ídolos de todo americano. Usted nos ha dejado el ejemplo de lo que vale esa decisión y no he hecho más que imitarlo.
Todos mis esfuerzos siempre serán dirigidos a sellar las diferencias existentes con los poderes interventores de un modo tal que, nuestra honra y la independencia de estos países, como de la América toda, queden enteramente salvos e incólumes."
(Juan Manuel de Rosas).

Por el repecho
(Alfredo Zitarrosa)

Ahijuna por el repecho
vienen llegando ya los ingleses
Dan gritos en una idioma que nadie entiende
que nadie entiende

Arriba con esos fierros
naide se dueble
Meneándole el sable siempre que a ellos les duele
que a ellos les duele

No entiendo porque formarse todos en línea
ahora se entretienen
Gritan como descosidos quien los entiende
quien los entiende

Toditos duros parejos mirando al frente
mirando al frente
Que los parió a los gringos que se nos vienen
que se nos vienen
Que los tiro a los gringos...hijuna gran siete


sábado, 10 de noviembre de 2007

"UN TUMOR ME PUDRE LA LENGUA"




Juan José Castelli fue Vocal de la Primera Junta de Gobierno surgida en Buenos Aires el 25 de mayo de 1810. Para entonces, ya no era un desconocido en la apartada aldea que se incorporaba en febriles jornadas, a la caudalosa corriente de la historia mundial. En las postrimerías del régimen virreinal, quien se consagrará como el orador de la Revolución, ya se destacaba como un hábil abogado porteño tenido en cuenta por la élite criolla del Puerto. Comprometido con las vicisitudes que acompañan, en el Río de la Plata, al desmoronamiento del imperio español en América, Castelli será protagonista de sonados episodios. Así ocurre cuando por orden del Virrey Liniers, fue arrestado en Montevideo el médico inglés Diego Paroissen con papeles comprometedores pertenecientes a Saturnino Rodríguez Peña, en los que este urgía la coronación de la infanta Carlota Joaquina. En esas circunstancias, Castelli asumió la defensa de Paroissen y otros implicados. Todavía no había aparecido signo alguno de su enfermedad.

El joven abogado había adherido a la corriente carlotista y fue uno de los firmantes de la memoria redactada por su primo, Manuel Belgrano, reivindicando los derechos de la Infanta al trono de Buenos Aires. La infanta era hermana de Fernando VII y esposa del regente de Portugal, país este último muy sometido la influencia de Inglaterra. En cierto momento , la infanta reclamó para sí los derechos vacantes de la monarquía española y logr+ó el apoyo, bien que fugaz y a todas luces ingenuo de algunos de los partícipes en el proceso que se iniciaba de la Revolución y la Independencia.

La importancia del incidente es doble. Por un lado es demostrativo del impacto que la cambiante situación europea de principios del siglo XIX iba teniendo sobre los círculos ilustrados de criollos que en la capital virreinal veían acercarse la hora de grandes decisiones. Por otra parte, se considera el escrito de Castelli, presentado en defensa de los procesados, como el basamento jurídico más importante del Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810. En esa defensa, Castelli desarrolla la argumentación, que se expondrá más tarde en el célebre Cabildo, sobre el derecho de los pueblos americanos a reasumir su soberanía, como consecuencia de la caída de Fernando VII como prisionero de Napoleón.

Una azarosa biografía

Juan José Antonio Castelli nació en Buenos Aires el 19 de julio de 1764. Fue hijo de un protomédico veneciano, Angel Castelli Salomón y de una criolla, María Josefa Villarino y González de Islas. Comenzó sus estudios en el Real Colegio Convictorio de San Carlos y los prosiguió en Córdoba , en el Colegio de Monserrat. Decidido a seguir la carrera de Derecho, fue a la Universidad de Chuquisaca, en el Alto Perú, y obtuvo la licenciatura en 1788. Vuelto a Buenos Aires abrió un estudio. Poco después, en 1796, a instancia de su primo Belgrano, fue nombrado secretario interino del Consulado de Comercio y , tres años más tarde, designado Regidor del Cabildo.

Estaba casado con María Rosa Lynch, con quien tuvo seis hijos. En 1801 fue cofundador de la Sociedad Patriótica, Literaria y Económica, escribiendo en el Semanario de Agricultura y en el Telegráfo Mercantil. A partir de los hechos del 25 de Mayo de 1810, aparece decididamente enrolado en el partido morenista, que encarnaba, para algunos autores la versión local de un jacobinismo nacionalista e hispanoamericano (Fernando L. Sabsay – A. J. Pérez Amuch+astegui, La sociedad argentina, Génesis del Estado Argentino, Fedye, 1973). Su pertenencia a esa corriente quedó ratificada en su actuación como vocal de la Junta de Mayo, y en su apoyo incondicional a las medidas propuestas por el Secretario de la Junta, Mariano Moreno, al punto de convertirse en el ejecutor fiel de las directivas más draconianas emanadas de aquél, tales como el fusilamiento de Liniers y sus seguidores en Córdoba y de las autoridades mlitares y civiles de Potosí en la campaña del Alto Perú.

Con el fusilamiento de Liniers, que daría lugar a severas diferencias y cuestionamientos políticos en las filas de los patriotas, se procuró cortar de raíz las tentativas de la contrarrevolución por volver a levantar cabeza, asegurando el control revolucionario sobre las intendencias de Córdoba y Salta, dejando expedito el camino al Alto Perú. En éste se concentraba una poderosa fuerza realista al mando del general Goyeneche.

Rumbo al Alto Perú

Designado representante de la Junta en el Ejército Expedicionario al Alto Perú, comandado por Antonio González Balcarce, Castelli alcanzó durante el desarrollo de esta campaña militar los ribetes más destacados de su actuación revolucionaria. Después de un breve encontronazo desfavorable en Cotagaita, el ejército patriota alcanza su primer y gran victoria en la batalla de Suipacha, el 7 de noviembre de 1810.

Conforme a las directivas recibidas de la Junta de Buenos Aires, y ratifi cadas en esa oportunidad, Castelli ordenó el fusilamiento de los jefes españoles: mariscal Vicente Nieto, capitán de fragata José de Cordova y Rojas y don Francisco de Paula Sanz, gobernador de Potosí. En pocas semanas toda la región minera de Potosí estaba en manos de los patriotas.

En su calidad de representante de la Junta, Castelli, que con frecuencia chocaba en materia de opiniones e ideas con el segundo jefe del Ejército Expedicionario, coronel Juan José Viamonte, demostró una vez más ser poseedor de una inquebrantable determinación. Encaró, con mano férrea, importantes reformas administrativas: reorganización de la Casa de Moneda de Potosí, reforma de la Universidad de Charcas y la propuesta de conceder a los indios el derecho al voto.

Estas medidas revolucionarias y los encendidos discursos de Castelli en cada pueblo y aldea a que arribaba el ejército patriota, convocando, a la indiada a sumarse a la Revolución, le granjearon la hostilidad de los hacendados y popietarios mineros altoperuanos, legendarios explotadores de la masa indígena.

Las proclamas y apelaciones de Castelli estaban lejos de limitarse a la retórica. Desde las gradas de Kalassassaya, en el Tiahuanaco, proclamó, por instruccciones de la Primera Junta, la libertad del indio, desbaratando el poder de mineros y encomenderos.

Es muy probable que, ya para entonces, los primeros síntomas de una tumoración en la lengua empezaran a manifestarse, estimándose como probable punto de partida del proceso maligno que insidiosamente se desarrollaba, la quemadura accidental con un cigarro de los que era inveterado fumador.

A todo esto, la tregua acordada entre el jefe español Goyeneche y Castelli, después de la batalla de Suipacha, no fue respetada por el militar realista, quien, con fuerzas superiores y mejor equipadas asaltó por sorpresa el campamento patriota en Huaqui el 20 de junio de 1811, infligiendo a las fuerzas revolucionarias una dura derrota que las obligó a replegarse, volviendo el Alto Perú a manos del ejército realista.

La enfermedad y el amargo repliegue

Todo sería entonces, para Castelli, amargura y decepción. El jacobino nacionalista, el patriota emancipador de indios y esclavos, el tribuno de Mayo, el gran orador, deberá enfrentar los progresos acelerados del cáncer de lengua, ya identificado por los médicos que lo asisten. Simultáneamente, las autoridades porteñas, atrapadas por los intereses localistas que veían con hostilidad la proyección de la Revolución más allá del Puerto y su reducido hinterland, aprovechan la oportunidad. Hacen responsable a Castelli del desastre de Huaqui, por lo que es separado de su cargo y desterrado. En diciembre de 1811 se le inició sumario, siendo su juez un tío de Mariano Moreno, el Doctor Tomás Antonio Valle. Daban comienzo los sinsabores del Proceso de Desaguadero.

Preso en una escuela mientras es juzgado, Castelli inspira al narrador argentino Andrés Rivera un libro que lo hará merecedor del Premio Nacional de Literatura 1992. En la obra, La revolución es un sueño eterno, el personaje Castelli imaginado por Rivera, da cuenta de su padecimiento:

" Escribo: un tumor me pudre la lengua. Y el tumor que la pudre me asesina con la perversa lentitud de un verdugo de pesadilla.

¿Yo escribí eso, aquí en Buenos Aires, mientras oía llegar la lluvia, el invierno, la noche?

Y ahora escribo: me llamaron – ¿importa cuando? – el orador de la Revolución. Escribo: una risa larga y trastornada se enrosca en el vientre de quien fue llamado el orador de la Revolución. Escribo: mi boca no ríe. La podredumbre prohibe a mi boca, la risa.

Yo , Juan José Castelli, que escribí que un tumor me pudre la lengua, ¿sé, todavía, que una risa larga y trastornada cruje en mi vientre, que hoy es la noche de un día de junio, y que llueve, y que el invierno llega a las puertas de una ciudad que exterminó la utopía pero no su memoria?" ( La revolución es un sueño eterno, por Andrés Rivera, Alfaguara, 1995)

El proceso a Castelli fue prolongado. Los jueces no llegaron a pronunciarse. Murió antes, derrotado por el cáncer de lengua, el 12 de octubre de 1812.

En Buenos Aires, el impulso inicial de la Revolución se había detenido. Comerciantes y hacendados porteños pugnaban por contener el proceso desencadenado en Mayo de 1810 en los estrechos límites de sus mezquinos intereses. Pero el 8 de octubre, días antes de la muerte de Castelli, la aldea mercantil fue conmovida por la revolución que derrocó al Primer Triunvirato, punta de lanza del sesgo europeizante y portuario de la élite dirigente de Buenos Aires. Con la revolución del 8 de octubre de 1812 emergía un movimiento, encabezado por el teniente coronel José de San Martín, orientado a retomar la senda de la emancipación hispanoamericana. La Revolución, "ese sueño eterno", se desvanecía, sólo para renacer, tenazmente, una y otra vez.

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martes, 6 de noviembre de 2007

MATANZA DEL INDIO TOBA


“Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengamos historia, no tengamos doctrina, no tengamos héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece así como una propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas”. Rodolfo Walsh.


Elegí este texto de nuestro entrañable Rodolfo Walsh como umbral de nuestra segunda aguafuerte histórica porque hoy es un día de duelo, de luto para la joven historia de nuestra provincia: un nuevo aniversario de la masacre de Napalpí, 82 años después de aquel infausto 19 de julio de 1924, en el que por orden del entonces gobernador federal del territorio nacional del Chaco, Fernando Centeno, por aire y por tierra efectivos de la fuerza de policía del territorio, producen el etnocidio de alrededor de entre 250 y 300 personas tobas –todos ellos argentinos, hay que recordar y subrayar, la mitad de ellos mujeres y niños-, atacados de sorpresa, vil cobarde criminalmente, mientras realizaban una huelga pacífica por condiciones laborales dignas, en realidad, apenas un poco más humanas. Y 82 después, aquí y ahora, en nuestro julio de 2006, en nuestra Plaza Central de Resistencia, lo siguen haciendo y ojalá que lo sepan, que los sepamos escuchar y actuar en consecuencia.



El pueblo toba (qom), Napalpí y los problemas de la tenencia de la tierra y la explotación laboral: en las dos primeras décadas del siglo 20 asistimos en el Chaco al proceso de constitución y consolidación del sistema capitalista. Las materias primas a extraer son el tanino del quebracho colorado (acá emerge la figura del gran cartel “la Forestal, la compañía monopólica de origen inglés), el azúcar (acá vemos aparecer ahora al imperio del Ingenio de las Palmas, también de procedencia británica) y luego, el algodón; las dos compañías inglesas dueñas de grandes extensiones de tierra, cada vez más por esos años en acelerada extranjerización de nuestro suelo (les suena conocida, familiar esta realidad ocho décadas después), mediante apropiación de los territorios en los que viven nuestros pueblos originarios, que son vendidos a precios irrisorios por el estado nacional –o simplemente cedidos a veces, como parte de pago de deuda o de acuerdos veniales- con estos pueblos incluidos (como todavía hoy pasa en la Argentina). Ambas compañías con moneda propia, puerto y ferrocarril y ejército mercenario a sus órdenes. Y mano de obra barata, muy barata y sometida a una salvaje sobreexplotación (con la anuencia de las autoridades civiles y militares): mayoritariamente aborígenes (en especial tobas), correntinos, santiagüeños y paraguayos.


Vale la pena, es indispensable leer los textos del historiador Nicolás Iñigo Carreras sobre este período y en especial, el de Vidal Mario, periodista y escritor de nuestra provincia, cuya obra nos honra, “Napalpí, la herida abierta” (que por suerte va por su tercera edición), como también la carta de lectores que hoy publicó el diario norte del comprovinciano Dionisio Justino Ávalos. De todos ellos abrevo ahora para narrar desocultar desde ellos y con ellos y para ustedes y con ustedes, radioescuchas, la trágica historia de crímenes colectivos que todavía gozan de perfecta impunidad.


Hacia 1924 el Chaco ya asoma como el primer productor nacional del algodón (de menos de 100 hectáreas sembradas antes del 900 pasamos a más de 50 mil). Las tierras entonces en poder de los tobas y de otras naciones originarias son harto codiciadas y arrebatadas por la fuerza del capital extranjero y las políticas de entrega de las autoridades del país.


Ahora ya estamos en julio de 1924, en la Reducción o Colonia Aborigen luego llamada Napalpí (que significa cementerio, Lugar de los Muertos, de los ancestros, espacio sagrado, en qom, lengua toba). Fundada en 1907, está ubicada a 120 kilómetros más o menos de Resistencia, capital del por ese entonces territorio nacional del Chaco. Su población, toba, ronda las 900 personas.


Han discutido en asamblea qué van a hacer ante las tres grandes preocupaciones que los desvelan: el implacable acoso que acecha su hábitat, que se apropia de sus tierras y amenaza el espacio que aún les queda, el bajísimo precio que cobran por la cosecha del algodón, en vales, y la negativa del gobernador Fernando Centeno de que abandonen el territorio del Chaco, hacia Tucumán, donde los atrae el mejor precio que se paga allí por la zafra, poco pero en pesos. Deciden entonces realizar la primera -y única- huelga agrícola aborigen de la historia de la Argentina. Nace así, desde el fondo de su propia historia, renace, un movimiento político reivindicativo de los pueblos originarios. Pedro Maidana, cacique toba, es su líder. Hombre de casi dos metros, fuerte, alto y letrado. El viento lleva aquí y allá esas voces rebeldes y el movimiento cunde en otras etnias del Chaco.


¿Qué piden? Condiciones dignas de trabajo, el respeto por la tierra en donde viven y trabajan, que se les pague en pesos y no en vales, cese del maltrato físico y respeto por sus creencias. Y libertad para desplazarse por el país.


Fernando Centeno, el gobernador del territorio, es intransigente. La reunión con Maidana en Napalpí fracasa porque un enviado suyo transmite a los tobas que ninguna de esas peticiones podrán ser satisfechas, públicamente se las tilda de “inadmisible”, se habla de agitadores instigados por intereses foráneos, en fin, el discurso que ya deberíamos conocer, la letra teñida de sangre de los asesinos de la historia y sus escribas amanuenses: en los diarios de la época leemos a Centeno agitar el fantasma de la “sublevación”, del “peligro indio” y a sus esbirros de “el malón que se avecina”, “la chusma desalmada y criminal y desagradecida”. Centeno manda entonces, vía telégrafo, al ministro del interior un pedido para que éste le envíe tropas del ejército de línea para sofocar la sublevación. Y el ministro dispone que la Tercera División Militar tenga sus tropas listas ante una posible emergencia.


La huelga empero era pacífica. No ofrecerían sus brazos para el trabajo tan mal pagado. El hambre empezó a cundir. Y desde Resistencia las voces apocalípticas hacían galopar a los jinetes del Apocalipsis. Curioso: aparecía el mito de la cautiva blanca violada (cuándo y cuánto tardaría en aparecer la verdad, la trágica verdad sobre el origen del criollo como producto, las más de las veces de una violación en serie de la mujer aborigen).


El 16 de julio del 24, como escribe hoy Dionisio Justino Ávalos y podemos leer en los libros de Vidal Mario e Iñigo Carreras, sale de Resistencia hacia Machagay el comisario de órdenes Sáenz Loza, con cuarenta policías nacionales para reforzar la concentración de las fuerzas que aguardan la orden para actuar. Sáenz Loza es ya en esa época un personaje conocido por su brutalidad. Se ufanaba de sus contactos políticos en Resistencia, y después de la masacre de Napalpí sólía exhibir orgulloso, sobre su escritorio, un frasco de vidrio donde conservaba, en alcohol, orejas de tobas, arrancadas como trofeo de guerra de lo que llamaba pomposamente “batalla”.


El 18 de julio el gobernador Centeno da la orden al jefe de policía del Territorio Nacional, argumentando una supuesta indefensión de los colonos blancos ante la amenaza inminente de un malón toba, para que vaya con 130 efectivos y algunos civiles a la zona del conflicto y que procedan a rodear la reducción donde se concentraba la huelga aborigen.


En la madrugada del 19 de julio del 24 se produce el cerco. A las 9 de la mañana, para sacarlos de la espesura del monte donde estaban tobas, aparece un avión biplano, propiedad de la Escuela de Aviación del Aeroclub Chaco, denominado Chaco II, piloteado por el sargento Emilio Esquivel, acompañado por el civil Juan Browls. Primero arrojaron caramelos. Los niños corrieron hacia ellos y las mujeres detrás de ellos y con esos dulces arrojaron una sustancia química que produjo el incendio de las tolderías y del monte que era su refugio. No hubo resistencia. No había armas.


Cuando comenzaron a salir


80 años después dos sobrevivientes, mujeres ambas, tobas, de 102 y 92 años relatan desde los recovecos aún y por siempre sangrientos de su memoria, las imágenes de esa furia asesina que las despojó de su gente, qom y de su tierra y cultura, que las marcó a fuego el resto de sus vidas. Evoco en especial las palabras de Melitona Medina. Las guardo en mí como antídoto contra cualquier resignación y olvido, esas formas con que los mercaderes de la impunidad nos ofrecen una coartada moral y se nos ríen con su mejor cara y sonrisa congelada de carnaval del horror.


“Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece así como una propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas”.

Y nos viene muy bien ahora, nuevamente, en el final, evocar esa voz de Walsh –la que quisieron acallar con su desaparición en 1977 pero que a pesar de todo el horror o por eso mismo nos sigue hablando sobre el sentido e importancia crucial de la historia-, nos viene muy bien digo porque ante la pregunta de dónde puede leerse esa historia y quién la investigó y cuándo y desde dónde en nuestro Chaco, la respuesta es en el libro del periodista escritor Vidal Mario –Iñigo Carreras es de Buenos Aires-, en los textos del profesor Barreto y alguno de Marcos Altamirano, o bien, en una carta de lectores del diario norte, escrita por Dionisio Ávalos. Todos textos que nos honran, como también los de los periodistas escritores e historiadores llamados autodidactas Guido Miranda, Carlos López Piacentini, Ramón de las Mercedes Tissera y la novela histórica “Rebelión en la selva” de Crisanto Domínguez, que dan cuenta de un complejo proceso histórico que se da en las décadas del 20 y del 30 y que tiene por foco central la lucha entre los trabajadores de La Forestal, del Ingenio de Las Palmas, de los colonos de las cooperativas agrícolas en el interior del Chaco (criollos y aborígenes e inmigrantes), por un lado, y las fuerzas del capital extranjero y de las oligarquías terratenientes locales y sus salvajes condiciones de explotación laboral, por el otro, en su búsqueda de consolidación del capitalismo en estas tierras, mediante el disciplinamiento de los trabajadores por la represiones autollamadas ejemplares. Para que no protesten, para que no reclamen sus derechos, para que sean en suma mano de obra barata.


Pero el común denominador de todos estos textos y autores es que son escritos y escriben por fuera de la universidad y de las carrera de historia. Y si bien podemos decir que hasta el 60 eso es entendible –la UNNE fue creada hace 50 años-, la pregunta que me hago es pero y ahora, qué excusa hay para mirar al costado y no investigar sobre nuestra dolorosa y casi virgen historia chaqueña. Valga como ejemplo que lo único que salió como investigación universitaria publicada sobre Napalpí es un texto autoproclamado como “Napalpí, la verdad histórica”, cuyo propósito es contestar “académicamente” a Vidal Mario sobre la veracidad de su libro, descalificado como leyenda negra, acudiendo como única fuente a los documentos policiales y a un periódico fuertemente oficialista (imagínense ustedes, por ejemplo, haciendo lo mismo con el caso de Margarita Belén). En esos documentos lógicamente las victimas son culpabilizadas y la masacre reducida a escaramuza. En esos documentos como en muchos textos de nuestra historiografía, para nombrar a los tobas se apela a términos como “salvajes”, “bárbaros”, “indiada” o “chusma”, y abunda en los partes la siguiente feroz afrenta: “murieron tantas personas y tantos indios”. Ahí hay entonces un paradigma de qué se entiende por historia y qué se debe entender por investigación. La dictadura del 76 triunfó allí, en términos generales, salvo honrosas excepciones, ideológicamente.


82 años después la investigación se reabre, hay una causa abierta, el descubrimiento de una fosa con presumiblemente 300 cadáveres, un pueblo toba que no olvida y sigue luchando por su dignidad. Porque la historia a veces es una llaga abierta que puede transformar un dolor indecible en nueva mirada, en ojo de justicia, en verdad y darnos una formidable lección. Hoy nos interroga desde la plaza 25 de mayo y desde el Chaco profundo cuya destino es también el nuestro


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CABALLO CRIOLLO


Se denomina así al conjunto de yeguarizos descendientes puros de los traídos los ibéricos en la época del descubrimiento y conquista de América, y que han adquirido caracteres propios a través de 4 siglos de adaptación al medio ambiente americano.

Eran, en consecuencia de inmejorables condiciones los primeros caballos traídos al Río de la Plata, ya que además de su excelente origen debieron ser elegidos entre los más fuertes y resistentes de la madre patria con el fin de que fueran capaces de resistir las privaciones e inconvenientes de todo orden a que los sometían los largos y penosos viajes transoceánicos de la época.

Una vez en América abandonados en un medio salvaje a raíz de la destrucción de Buenos Aires, comenzó de inmediato una nueva selección, la natural, con el perfeccionamiento fisiológico consiguiente a la áspera lucha por la vida. Cuando Garay repobló la ciudad de Mendoza, a orillas del Plata, los españoles en sus excursiones al Sur sólo encontraron caballos hasta las costas del Salado, es que hasta allí se habían extendido los descendientes de los que trajo el primer fundado de Buenos Aires.



El caballo criollo prestó servicios inapreciables, en las luchas por la organización definitiva del país, también en la organización económica de la nación, el cuidado de las haciendas, la fundación de las estancias. Transcurridos más de tres siglos, que fueron de selección natural para el caballo, comienza su decadencia, cuando llegó la mestización.. Cruzar las soberbias manadas criollas con puros de carrera fue casi una obsesión, y tuvo en este caso resultados negativos, se reemplazó una sobresaliente máquina animal, a la que se había llegado mediante la larga selección natural, por un producto de selección artificial en el que se apreciaron más los caracteres externos de conformación y velocidad, que el buen funcionamiento del motor, en virtud del trabajo a que debía ser destinado.

Luego de 50 años los estancieros de que se habían quedado sin buenos caballos de silla. En el año 1910 los ganaderos se convencieron de que para volver a tener buenos y útiles caballos de silla, era indispensable reproducir por selección los pocos ejemplares criollos que iban quedando. En 1916 en Argentina se resuelve abrir los registros Genealógicos de la raza Criolla a fin de controlar la más severa selección. Pero la obra de resurgimiento debió ser completada con las, pruebas funcionales. , Pues sin estas se le restaba energía, rusticidad, energía y demás excelentes cualidades para el trabajo que posee en alto grado el caballo criollo. En Uruguay el caballo criollo tuvo su propia identidad debido al tipo de establecimiento donde se criaban, y por el trabajo de la Sociedad de Criadores siguiendo las directrices del standard de la raza.


Hoy día podemos decir que la orientación de la raza se basa en dos aspectos: funcional y morfológico. En cuanto a lo funcional se distinguen, la Marcha sobre 750 kms en 15 días iniciada en 1946, donde se toma en cuenta la resistencia en el esfuerzo continuado, rusticidad y poder de recuperación. Pruebas de Rienda que evalúan la buena doma, docilidad y ligereza, las paleteadas, la clasificatoria para el Freno de Oro en Brasil; la Integral que consiste en una prueba morfológica y una funcional. Existe también un certificado de calidad para el criador que es el Registro de Méritos, donde accede el reproductor que acredita ya sea por méritos propios y de sus hijos o de estos últimos, condiciones morfológicas y funcionales de valor, que transmite a sus descendientes.

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viernes, 2 de noviembre de 2007

LOS CONVENTILLOS Y LA FIEBRE AMARILLA DE 1871


Desde su fundación hasta principios del último tercio del siglo XIX, la ciudad de Buenos Aires fue azotada por varias pestes que probaron la fortaleza de su población, el desempeño de las autoridades sanitarias, el heroísmo de algunos, que ofrendaron sus vidas en pro de la comunidad.


Esta peste histórica, que señaló el capitulo más trágico de la historia de nuestra ciudad, no fue casual, sino debida a una serie de circunstancias, tales como la procedencia de Asunción del Paraguay, su itinerario por la vía fluvial paranaense, la negligencia grave de la Junta de Sanidad del Puerto de Buenos Aires, el afincamiento en el barrio de San Telmo, la pérdida de tiempo y recursos en la innecesaria persecución de los inmigrantes y finalmente su propagación a través de los barrios parroquiales de Buenos Aires por el mosquito Aedes aegypti.


La peste que diezmó a la población de Buenos Aires, en el primer semestre de 1871, había provenido de Asunción; se propago luego a la ciudad de Corrientes y finalmente, a través de la vía fluvial paranaense, penetró en nuestra ciudad, radicándose con toda cizaña en el barrio de San Telmo.


En Asunción, el máximo apogeo se había producido en diciembre de 1870, propagándose luego a los pueblos ribereños del río Paraguay. Las noticias sobre la fiebre amarilla en el Paraguay creaban un estado de aprensión en los porteños. El 29 de diciembre de 1870, el doctor Luis Tamini, municipal del barrio de San Telmo, propuso el ensanche del Lazareto Municipal, como medida de precaución, en el caso de que se produjese una epidemia.


No obstante las medidas tomadas por las autoridades sanitarias de la Capitanía de la Ciudad de Corrientes, el 9 de enero de 1871, el flagelo epidémico arraigó en esa ciudad mesopotámica, cuya población no sobrepasaba los 15.000 habitantes. De inmediato se estableció una cuarentena de 15 días para los barcos que partían hacia Buenos Aires y aquellos que hacían escala en Corrientes, a fin de contemplar todas las embarcaciones que tenían como destino el puerto de Buenos Aires. Sin embargo a veces se burlaban esas disposiciones, tal como aconteció con el vapor Columba, que habiendo partido de Asunción el 5 de enero, no tocó en los puertos argentinos del Paraná, y arribó a Montevideo, y desde allí siguió viaje hacia Buenos Aires.


El 11 de enero, Arístides Cote falleció de tifus icteroide en el Hospital General de Hombres, pero al practicar la autopsia el Dr. Larrosa señalo que el deceso se había producido por una ictericia. Esta noticia provocó cierta alarma entre las autoridades sanitarias, a tal punto que la Municipalidad ordenó la construcción de dos pabellones en el Lazareto Municipal y dictaminó que se practicaran las visitas domiciliarias en las casas de inquilinato, bodegones y fondas y en cualquier lugar donde hubiera hacinamiento, imponiéndose multas a los infractores.


En la segunda semana de enero, la población comenzó a intranquilizarse, pues había la alarma de que existía cólera en la ciudad. Una noticia periodística fue premonitoria de la entrada de la fiebre amarilla: “las defunciones habidas ayer, 19 de enero, dentro del municipio ascienden a 40. Desgraciadamente esto hace creer que estamos propensos a ser amagados por algún flagelo, pues en épocas normales, el número de defunciones rara vez excede de 28 a 30 individuos”. Si bien las estadísticas no lo recuerdan, se da como fecha de iniciación de la epidemia el 27 de enero de 1871 con tres casos identificados por el Consejo de Higiene Publica de San Telmo. Las mismas tuvieron lugar en dos manzanas del barrio de San Telmo, las viviendas situadas en las calles Bolívar 392 y Cochabamba 113, primeros focos de iniciación y propagación de la mortal epidemia.


En Bolívar 392, pequeño inquilinato de 8 cuartos de material, la fiebre amarilla atacó sin piedad a una familia. El italiano Ángel Bignollo de 68 de años de edad y su nuera Colomba de 18 años, contrajeron la enfermedad siendo asistidos por el Dr. Juan Antonio Argerich, quien no pudo detener el desenlace fatal. En el certificado de defunción el Dr. Argerich expresó que el deceso del primero se debía a una gastroenteritis, y el de la segunda a una inflamación de los pulmones. Ese diagnóstico, expresado erróneamente a sabiendas, tuvo la finalidad de no alarmar a los inquilinos de la casa y a los vecinos del barrio; pero en la notificación que Filemon Naón, comisario de la Sección 14, elevara al jefe de la policía, Enrique Gorman, se expreso que ambos eran casos de fiebre amarilla.


El excesivo calor, la gran sequía que asolaba a la ciudad y las deficientes condiciones sanitarias, favorecieron el desarrollo del mosquito Aedes aegypti por los barrios de la ciudad. Las autoridades sanitarias, comisiones de higiene y los facultativos comprometidos con la salud pública, ignoraban al enemigo oculto, del cual poco se sabía y nada se sospechaba.


La Comisión de Higiene de San Telmo solicitó a los vecinos del barrio, el cumplimiento de las siguientes medidas higiénicas:


1) Hacer fogatas con maderas, alquitrán y otros combustibles, cuyo humo no sea nocivo, para desinfectar la atmósfera.

2) Blanquear las viviendas interiores y exteriores.

3) Desinfectar y asear las letrinas con cal.


En la sesión del 7 de febrero, la Municipalidad acordó que los cadáveres de los amarílicos fuesen inhumados en el Cementerio del Sud, seis horas después de ocurrido el deceso. Se prohibieron las inhumaciones de los apestados, en el Cementerio del Norte. El 9 de febrero la peste salió de su foco primitivo y prosiguió su marcha por toda la ciudad.




[editar] Desalojo de los inquilinatos y persecución de los inmigrantes
La Comisión Popular, atenta a los nacimientos de los distintos focos de la peste, había verificado que estos se relacionaban con los lugares en que existían aglomeraciones humanas. El articulo publicado por el diario La Nación, de fecha 5 de Marzo de 1871, intitulado La mortalidad y sus causas, decía: “… la fiebre ha buscado el punto de mayor aglomeración y desaseo y lo ha atacado sin piedad. Inmediatamente que se han hecho cesar las causas de la propagación, la peste ha desaparecido encerrándose de nuevo en su guarida primaria. Sabido es que un nuevo foco de peste se había anunciado en la calle Paraguay, entre Artes y Cerrito. Averiguando el hecho, resultó que el lugar atacado, teniendo capacidad para cincuenta personas, alojaba trescientas veinte. Pero había algo peor… con un objeto que no es fácil adivinar, el locador o dueño de esa casa no consentía que se sacasen las basuras que se hacían diariamente en ella, que no serían pocas ni de buena calidad. Iba amontonando en el fondo de la casa donde hacia 10 meses que se estacionaban, por manera que, cuando se sacaron, fue necesario ocupar 10 grandes carros de los que hacen el servicio municipal. Allí dio su asalto la fiebre amarilla, atraída sin duda por los inmundos efluvios de aquella atmósfera, y la primera victima que hizo fue el mismo dueño o arrendatario de la casa, en seguida fue atacada su mujer y murió…”


El día 9 de marzo, a 4 días de la aparición del articulo de La Nación, en un acuerdo entre las autoridades del Municipio, la Comisión Popular y el Gobierno, se dispuso proceder al inmediato desalojo de todos los conventillos de la ciudad, en el término de cinco días, y bajo la pena de que pasado el tiempo y no cumplida la disposición, se emplearía la fuerza publica.


Mientras aumentaban las víctimas de la epidemia de fiebre amarilla, los miembros de la Comisión Popular recorrían los barrios más afectados, echando a la calle a todos los habitantes de los inmuebles donde aparecía el terrible mal. Especialmente encargados de la misión fueron Juan Carlos Gómez, Domingos Cesar, Manuel Argerich y León Walls. A veces eran acompañados por miembros de la Comisión de Higiene, y siempre por un piquete policial con orden de actuar cuando surgían dificultades.


La mayoría de las veces la resistencia era mucha. No solo se desalojaban los inquilinatos, también se incineraban todos los mubles, ropas y demás cosas que hubieran estado en contacto con los enfermos.


Fueron los conventillos los que padecieron este tipo peculiar de requisa. Los pobres inmigrantes allí hacinados, recién llegados al país y medio muertos de miedo por el espanto que los rodeaba, recibían la visita de la nutrida comisión, con la que apenas podían entenderse las más de las veces por desconocer el idioma. Los desdichados, desarraigados, perdidos en medio de la locura en que se hallaban sumergidos, contemplaban entre desolados y temerosos a esos señores que les impartían órdenes, incomprensibles la mayoría de las veces. Cuando comenzaban las requisas, los echaban a los empujones a la calle, casi siempre sin dejarles recoger sus pertenencias. Es natural que se resistieran, que gritaran, que intentaran salvar lo poco que tenían. Pero todo cuanto había en la casa estaba condenado a ser quemado.


El conventillo era encalado, desinfectado y luego cerrado. Los comisionados y la policía se iban y quedaban los inmigrantes en la calle librados a su suerte. Como la mayoría de los inmigrantes eran italianos, hubo verdadera saña contra ellos. Una prueba de psicosis colectiva anti-italiana la ofrece el historiador norteamericano Alison William Bunkley, al decir: “…se culpo de la epidemia a los inmigrantes italianos. Se los expulsó de sus empleos. Recorrían las calles sin trabajo, ni hogar, algunos incluso murieron en el pavimento, donde sus cadáveres quedaban con frecuencia sin recoger durante horas. Había un gran pedido de pasajes para Europa. La compañía Genovesa vendió 5.200 pasajes en quinces días…”.




[editar] Escenas trágicas
A mediados del marzo, se había producido el éxodo de las dos terceras partes de la población de San Telmo. Las familias y comerciantes abandonaban sus hogares y huían despavoridos hacia pueblos de campaña, olvidando a veces en el apresuramiento, cerrar las puertas de las viviendas. Por esta causa fue incesante la actividad cumplida por el personal de la Comisaría 14, a cuyo frente se hallaba el comisario Lisandro Suárez. Permanentemente, durante el día y la noche, el personal policial recorría las calles, y al encontrar una casa abandonada la cerraba con candados, remitiéndose la llave al jefe de la policía. Poco a poco, San Telmo se despoblaba por la peste, y ese barrio tan dinámico se volvía sombrío a medida que la fiebre amarilla penetraba en sus casonas, convertidas en grandes inquilinatos. Gran cantidad de casas estaban abandonadas, expuestas a la voracidad de los ladrones.


En la madrugada del 17 de marzo, Manuel Domínguez, sereno de la manzana 72, notó que la puerta de la casa situada en la calle Balcarce 384 estaba abierta. En cumplimiento de su deber llamó, y al notar que nadie contestaba, penetró en el inquilinato, y encontró el cadáver de una mujer, con una criatura de pecho, mamando. Condolido ante esa situación, el sereno levantó al niño y lo entregó al ayudante quien lo remitió al departamento de Policía. La madre se llamaba Ana Cristina, residía con su marido enfermo en el barrio de la Boca, del cual había sido conducida en el carro de pobres a la casa antedicha, que estaba abandonada. Esta trágica escena pudo haber motivado al famoso cuadro del pintor uruguayo Juan Manuel Blanes.


Al tiempo que el gobierno nacional y el provincial decretaban feriado hasta fin de mes, la Comisión de Higiene decidía finalmente adoptar la grave medida de aconsejar al abandono de la ciudad. Era una cumplida demostración de impotencia ante la calamidad reinante, y si bien ya Buenos Aires estaba semi vacía, la actitud de las autoridades, aumentó el pánico. Ya el 9 de abril el diario La Nación aconsejaba desde su editorial el éxodo de la ciudad.


El editorial pintaba exactamente la triste realidad que se vivió en abril de 1871. El consejo de evacuar llegó tarde, cuando la ciudad ya estaba evacuada a medias y desordenadamente pero, si bien agravó la fuga, las autoridades tomaron medidas para alojar a los fugitivos. El gobierno provincial ya tenia listos, aquel 11 de abril, cien vagones del Ferrocarril Oeste en Moreno, dispuestos para alojar a familias pobres y preparaba otros cien en Merlo, además de setenta carpas en San Martín (hoy Ramos Mejía). A su vez, la Comisión Popular dispuso la preparación de casillas de emergencia.


En la primera quincena de abril, el terror epidémico había penetrado en los hogares porteños. El abandono de las casas y la huida de las dos terceras partes de la población, en la cual se contaban legisladores, funcionarios de gobierno, miembros de la Corte Suprema de Justicia y profesionales diversos, constituyeron la prueba fehaciente de la excesiva mortandad. Desde el 30 de marzo hasta el 13 de abril, fueron inhumadas 5.377 víctimas de la epidemia.


El progreso de la epidemia, el abandono de la ciudad de unos 62.000 habitantes, que habían huido presas del terror, la feria declarada a las actividades administrativas, con excepción de los indispensables organismos del estado, la clausura de las escuelas y de las iglesias, el cierre del puerto, transformaron a Buenos Aires en una gran aldea silenciosa.


A pesar que se expendían pasajes gratuitos para salir de la ciudad, es indudable que la falta de transporte se debió principalmente al apuro. La enfermedad dio motivos de sobra para que algunos inescrupulosos obtuviesen dinero, haciendo pagar traslados a un costo extraordinario, o exigiendo fortunas por el pago de ranchos miserables a las afueras de la ciudad. Las casas abandonadas ya habían provocado la codicia de numerosos ladrones. Muchas familias, a su regreso, encontraron sus casas virtualmente saqueadas.


A mediados del mes de abril, la epidemia comenzó a declinar, y en mayo la población regresó a Buenos Aires, a sus casas, con la esperanza de volver a su vida cotidiana.




[editar] A modo de conclusión
Hacia 1871, cuando Buenos Aires comenzaba a cambiar su fisonomía colonial por la de una metrópolis moderna, el flagelo de la peste se abatió sobre la ciudad. La epidemia tuvo pronto sus mártires y sus héroes, sus momentos trágicos y sus anécdotas.


No por azar la fiebre amarilla azotó Buenos Aires. Distintos factores decretaron la desgracia: las obras de salubridad inexistentes, viviendas precarias, escaso o nulo control sanitario, y una casi actual despreocupación oficial por el bienestar de la población.


De los habitantes de la ciudad, 14.000 aproximadamente perecieron. Nunca como entonces la igualdad ante la muerte se hizo tan evidente. Noches y días, carros fúnebres llevaban montañas de cadáveres, que saturaron el Cementerio del Sur, y demandaron la creación del de la Chacarita. La Reina del Plata cayó estoicamente durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento.


En San Telmo se vieron los primeros casos de fiebre amarilla, en enero de 1871, propagándose rápidamente a los barrios de Monserrat, Balbanera, San Nicolás, San Miguel y Catedral al Sud. La hipótesis más cuestionada era que los soldados que regresaban de la guerra del Paraguay, como así los inmigrantes enfermos, propagaban el mal. No se conocía la etiología del flagelo, y la inoperancia terapéutica colmaba los limites razonables, se suministraba quinina a altas dosis, diaforéticos, revulsivos cutáneos, tónicos amargos y hemostáticos...


Creado el cementerio de la Chacarita, el Ingeniero A. Ringuelet instaló las vías de un ferrocarril que llevara los casos fatales desde Centro América y Corrientes, transportados por “La Porteña”. Hospitales y lazaretos trabajaron a ritmo agotador, morían médicos y enfermeros, mientras se arbitraban medidas desesperadas. La Cruz de Hierro, primera orden de caballería argentina, fue destinada a honrar a los conductores de la defensa civil. Los ejemplos de altruismo se multiplicaron.


Se imputó injustamente el desarrollo de la epidemia al hacinamiento en los conventillos, y quizás con más verdad, al sucio Riachuelo y a los saladeros. Estas circunstancias fueron potenciadas por lluvias persistentes, con la formación de pantanos, y un calor intenso, que favorecieron la proliferación del mosquito, real responsable de la epidemia, de quien aun no se sospechaba.


En el mes de junio, la fiebre amarilla se alejó para siempre. El gobierno proclamo su mea culpa, y se impulsaron las medidas de salubridad y saneamiento que, de haberse adoptado antes, sin duda hubieran impedido en mucho la propagación de la enfermedad.


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