martes, 6 de noviembre de 2007

MATANZA DEL INDIO TOBA


“Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengamos historia, no tengamos doctrina, no tengamos héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece así como una propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas”. Rodolfo Walsh.


Elegí este texto de nuestro entrañable Rodolfo Walsh como umbral de nuestra segunda aguafuerte histórica porque hoy es un día de duelo, de luto para la joven historia de nuestra provincia: un nuevo aniversario de la masacre de Napalpí, 82 años después de aquel infausto 19 de julio de 1924, en el que por orden del entonces gobernador federal del territorio nacional del Chaco, Fernando Centeno, por aire y por tierra efectivos de la fuerza de policía del territorio, producen el etnocidio de alrededor de entre 250 y 300 personas tobas –todos ellos argentinos, hay que recordar y subrayar, la mitad de ellos mujeres y niños-, atacados de sorpresa, vil cobarde criminalmente, mientras realizaban una huelga pacífica por condiciones laborales dignas, en realidad, apenas un poco más humanas. Y 82 después, aquí y ahora, en nuestro julio de 2006, en nuestra Plaza Central de Resistencia, lo siguen haciendo y ojalá que lo sepan, que los sepamos escuchar y actuar en consecuencia.



El pueblo toba (qom), Napalpí y los problemas de la tenencia de la tierra y la explotación laboral: en las dos primeras décadas del siglo 20 asistimos en el Chaco al proceso de constitución y consolidación del sistema capitalista. Las materias primas a extraer son el tanino del quebracho colorado (acá emerge la figura del gran cartel “la Forestal, la compañía monopólica de origen inglés), el azúcar (acá vemos aparecer ahora al imperio del Ingenio de las Palmas, también de procedencia británica) y luego, el algodón; las dos compañías inglesas dueñas de grandes extensiones de tierra, cada vez más por esos años en acelerada extranjerización de nuestro suelo (les suena conocida, familiar esta realidad ocho décadas después), mediante apropiación de los territorios en los que viven nuestros pueblos originarios, que son vendidos a precios irrisorios por el estado nacional –o simplemente cedidos a veces, como parte de pago de deuda o de acuerdos veniales- con estos pueblos incluidos (como todavía hoy pasa en la Argentina). Ambas compañías con moneda propia, puerto y ferrocarril y ejército mercenario a sus órdenes. Y mano de obra barata, muy barata y sometida a una salvaje sobreexplotación (con la anuencia de las autoridades civiles y militares): mayoritariamente aborígenes (en especial tobas), correntinos, santiagüeños y paraguayos.


Vale la pena, es indispensable leer los textos del historiador Nicolás Iñigo Carreras sobre este período y en especial, el de Vidal Mario, periodista y escritor de nuestra provincia, cuya obra nos honra, “Napalpí, la herida abierta” (que por suerte va por su tercera edición), como también la carta de lectores que hoy publicó el diario norte del comprovinciano Dionisio Justino Ávalos. De todos ellos abrevo ahora para narrar desocultar desde ellos y con ellos y para ustedes y con ustedes, radioescuchas, la trágica historia de crímenes colectivos que todavía gozan de perfecta impunidad.


Hacia 1924 el Chaco ya asoma como el primer productor nacional del algodón (de menos de 100 hectáreas sembradas antes del 900 pasamos a más de 50 mil). Las tierras entonces en poder de los tobas y de otras naciones originarias son harto codiciadas y arrebatadas por la fuerza del capital extranjero y las políticas de entrega de las autoridades del país.


Ahora ya estamos en julio de 1924, en la Reducción o Colonia Aborigen luego llamada Napalpí (que significa cementerio, Lugar de los Muertos, de los ancestros, espacio sagrado, en qom, lengua toba). Fundada en 1907, está ubicada a 120 kilómetros más o menos de Resistencia, capital del por ese entonces territorio nacional del Chaco. Su población, toba, ronda las 900 personas.


Han discutido en asamblea qué van a hacer ante las tres grandes preocupaciones que los desvelan: el implacable acoso que acecha su hábitat, que se apropia de sus tierras y amenaza el espacio que aún les queda, el bajísimo precio que cobran por la cosecha del algodón, en vales, y la negativa del gobernador Fernando Centeno de que abandonen el territorio del Chaco, hacia Tucumán, donde los atrae el mejor precio que se paga allí por la zafra, poco pero en pesos. Deciden entonces realizar la primera -y única- huelga agrícola aborigen de la historia de la Argentina. Nace así, desde el fondo de su propia historia, renace, un movimiento político reivindicativo de los pueblos originarios. Pedro Maidana, cacique toba, es su líder. Hombre de casi dos metros, fuerte, alto y letrado. El viento lleva aquí y allá esas voces rebeldes y el movimiento cunde en otras etnias del Chaco.


¿Qué piden? Condiciones dignas de trabajo, el respeto por la tierra en donde viven y trabajan, que se les pague en pesos y no en vales, cese del maltrato físico y respeto por sus creencias. Y libertad para desplazarse por el país.


Fernando Centeno, el gobernador del territorio, es intransigente. La reunión con Maidana en Napalpí fracasa porque un enviado suyo transmite a los tobas que ninguna de esas peticiones podrán ser satisfechas, públicamente se las tilda de “inadmisible”, se habla de agitadores instigados por intereses foráneos, en fin, el discurso que ya deberíamos conocer, la letra teñida de sangre de los asesinos de la historia y sus escribas amanuenses: en los diarios de la época leemos a Centeno agitar el fantasma de la “sublevación”, del “peligro indio” y a sus esbirros de “el malón que se avecina”, “la chusma desalmada y criminal y desagradecida”. Centeno manda entonces, vía telégrafo, al ministro del interior un pedido para que éste le envíe tropas del ejército de línea para sofocar la sublevación. Y el ministro dispone que la Tercera División Militar tenga sus tropas listas ante una posible emergencia.


La huelga empero era pacífica. No ofrecerían sus brazos para el trabajo tan mal pagado. El hambre empezó a cundir. Y desde Resistencia las voces apocalípticas hacían galopar a los jinetes del Apocalipsis. Curioso: aparecía el mito de la cautiva blanca violada (cuándo y cuánto tardaría en aparecer la verdad, la trágica verdad sobre el origen del criollo como producto, las más de las veces de una violación en serie de la mujer aborigen).


El 16 de julio del 24, como escribe hoy Dionisio Justino Ávalos y podemos leer en los libros de Vidal Mario e Iñigo Carreras, sale de Resistencia hacia Machagay el comisario de órdenes Sáenz Loza, con cuarenta policías nacionales para reforzar la concentración de las fuerzas que aguardan la orden para actuar. Sáenz Loza es ya en esa época un personaje conocido por su brutalidad. Se ufanaba de sus contactos políticos en Resistencia, y después de la masacre de Napalpí sólía exhibir orgulloso, sobre su escritorio, un frasco de vidrio donde conservaba, en alcohol, orejas de tobas, arrancadas como trofeo de guerra de lo que llamaba pomposamente “batalla”.


El 18 de julio el gobernador Centeno da la orden al jefe de policía del Territorio Nacional, argumentando una supuesta indefensión de los colonos blancos ante la amenaza inminente de un malón toba, para que vaya con 130 efectivos y algunos civiles a la zona del conflicto y que procedan a rodear la reducción donde se concentraba la huelga aborigen.


En la madrugada del 19 de julio del 24 se produce el cerco. A las 9 de la mañana, para sacarlos de la espesura del monte donde estaban tobas, aparece un avión biplano, propiedad de la Escuela de Aviación del Aeroclub Chaco, denominado Chaco II, piloteado por el sargento Emilio Esquivel, acompañado por el civil Juan Browls. Primero arrojaron caramelos. Los niños corrieron hacia ellos y las mujeres detrás de ellos y con esos dulces arrojaron una sustancia química que produjo el incendio de las tolderías y del monte que era su refugio. No hubo resistencia. No había armas.


Cuando comenzaron a salir


80 años después dos sobrevivientes, mujeres ambas, tobas, de 102 y 92 años relatan desde los recovecos aún y por siempre sangrientos de su memoria, las imágenes de esa furia asesina que las despojó de su gente, qom y de su tierra y cultura, que las marcó a fuego el resto de sus vidas. Evoco en especial las palabras de Melitona Medina. Las guardo en mí como antídoto contra cualquier resignación y olvido, esas formas con que los mercaderes de la impunidad nos ofrecen una coartada moral y se nos ríen con su mejor cara y sonrisa congelada de carnaval del horror.


“Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece así como una propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas”.

Y nos viene muy bien ahora, nuevamente, en el final, evocar esa voz de Walsh –la que quisieron acallar con su desaparición en 1977 pero que a pesar de todo el horror o por eso mismo nos sigue hablando sobre el sentido e importancia crucial de la historia-, nos viene muy bien digo porque ante la pregunta de dónde puede leerse esa historia y quién la investigó y cuándo y desde dónde en nuestro Chaco, la respuesta es en el libro del periodista escritor Vidal Mario –Iñigo Carreras es de Buenos Aires-, en los textos del profesor Barreto y alguno de Marcos Altamirano, o bien, en una carta de lectores del diario norte, escrita por Dionisio Ávalos. Todos textos que nos honran, como también los de los periodistas escritores e historiadores llamados autodidactas Guido Miranda, Carlos López Piacentini, Ramón de las Mercedes Tissera y la novela histórica “Rebelión en la selva” de Crisanto Domínguez, que dan cuenta de un complejo proceso histórico que se da en las décadas del 20 y del 30 y que tiene por foco central la lucha entre los trabajadores de La Forestal, del Ingenio de Las Palmas, de los colonos de las cooperativas agrícolas en el interior del Chaco (criollos y aborígenes e inmigrantes), por un lado, y las fuerzas del capital extranjero y de las oligarquías terratenientes locales y sus salvajes condiciones de explotación laboral, por el otro, en su búsqueda de consolidación del capitalismo en estas tierras, mediante el disciplinamiento de los trabajadores por la represiones autollamadas ejemplares. Para que no protesten, para que no reclamen sus derechos, para que sean en suma mano de obra barata.


Pero el común denominador de todos estos textos y autores es que son escritos y escriben por fuera de la universidad y de las carrera de historia. Y si bien podemos decir que hasta el 60 eso es entendible –la UNNE fue creada hace 50 años-, la pregunta que me hago es pero y ahora, qué excusa hay para mirar al costado y no investigar sobre nuestra dolorosa y casi virgen historia chaqueña. Valga como ejemplo que lo único que salió como investigación universitaria publicada sobre Napalpí es un texto autoproclamado como “Napalpí, la verdad histórica”, cuyo propósito es contestar “académicamente” a Vidal Mario sobre la veracidad de su libro, descalificado como leyenda negra, acudiendo como única fuente a los documentos policiales y a un periódico fuertemente oficialista (imagínense ustedes, por ejemplo, haciendo lo mismo con el caso de Margarita Belén). En esos documentos lógicamente las victimas son culpabilizadas y la masacre reducida a escaramuza. En esos documentos como en muchos textos de nuestra historiografía, para nombrar a los tobas se apela a términos como “salvajes”, “bárbaros”, “indiada” o “chusma”, y abunda en los partes la siguiente feroz afrenta: “murieron tantas personas y tantos indios”. Ahí hay entonces un paradigma de qué se entiende por historia y qué se debe entender por investigación. La dictadura del 76 triunfó allí, en términos generales, salvo honrosas excepciones, ideológicamente.


82 años después la investigación se reabre, hay una causa abierta, el descubrimiento de una fosa con presumiblemente 300 cadáveres, un pueblo toba que no olvida y sigue luchando por su dignidad. Porque la historia a veces es una llaga abierta que puede transformar un dolor indecible en nueva mirada, en ojo de justicia, en verdad y darnos una formidable lección. Hoy nos interroga desde la plaza 25 de mayo y desde el Chaco profundo cuya destino es también el nuestro


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